miércoles, 7 de enero de 2009

Asesinato Social

Los trapos mojados eran lanzados violentamente contra la pila. Las gotas de jabón salpicaban en la cara de doña Irma, a veces llegaban hasta su ceño fruncido. Su respiración empezó a acelerarse. Tomó un gran suspiro y...

- ¡David! Bajale el volumen a esa cochinada, estoy harta de oir esos alaridos! - gritó la madre desde el cuarto de lavado.

- Como jode esta señora. No comprende que no son alaridos...es música, mi música. - se dijo en voz baja.

Todo en esa habitación estaba siendo estremecido por las voces guturales que emitían los parlantes de la computadora de David. Hasta el póster con un patrón irreconocible, que se suponía era el nombre de un grupo, rodeado de un pentagrama invertido y una crucifixión donde Cristo parecía tener cuernos y una erección.

- ¡David! Es la última vez que te lo digo. Bajale el volumen a esa cosa, parecen perros y gatos agarrándose.

- Mami es música, entienda, es música. Cuando me pida que le baje el volumen a la música lo hago, pero los únicos alaridos que hay que callar aquí son los suyos.

Inmediatamente, la penumbra y el silencio inundaron el cuarto. Las luces, el telvisor, los alaridos, todo se apagó.

- ¡Suba el breaker! Mami...¡le voy a decir a mi papá! Usted nunca me deja en paz,

David tomó su silla y la lanzó al suelo. Se tiró en la cama y se durmió, para tratar de desvanecer el enojo.



Era viernes, faltaba casi hora y media para el atardecer, las nubes anaranjadas y el aire fresco invitaban a disfrutar el final del día, y como era viernes, de la noche, madrugada, y posterior resaca.

El vaivén del tintineo delataba la presencia del muchacho. Cualquiera pensaría que era el gato y su collar, pero no, David no había terminado de abrochase las botas, y las hebillas bailoteaban sin control.

Ya pactada la reunión social se disponía a engalanarse en sus atuendos imponentes, totalmente negros y publicitando alguna banda de música pesada, botas altas y pulseras con picos y clavos. Era su uniforme, el cual variaba si acaso cuando iba a visitar a su abuela. Su uniforme y el de muchos.

Mientras se ponía delineador de ojos negro, cantaba el coro de la canción que sonaba por todo el cuarto, pero solo se podía entender palabras aisladas como “cunt”, “christ”, “satan”, “fuck”. El adoraba la música con temática satánica, y entre más blasfema fuera, mejor. A pesar de que frente a sus amigos si acaso se consideraba ateo, y ante a su familia nunca se atrevía a negar ni aceptar la fé católica, solo titubeaba y abrazaba el beneficio de la duda.

Sus ojos listos significaban el fin de su ritual estético, y ya estaba presto a verse con su círculo social.

- Bueno mami, ya me voy

- ¿Cuando volvés? - respondió doña Irma con un tono sospechoso.

- Más tarde, en la noche seguro.

- Cuidado viene muy tarde, y nada de hacer loqueras.

- Si si bueno, hasta luego.

- Ay espérese, lo tengo que persignar.

- Bueno bueno.

El corazón de David empezó a palpitar muy rápido justo cuando comenzó a girar la perilla de la puerta, lo cual expondría su escandalosa facha a la juiciosa opinión pública. Sabía que todas las miradas le pertenecerían a lo largo del trayecto hasta el punto de encuentro. Su música no eran alaridos, era una expresión de odio hacia los dogmas de la sociedad, su apariencia era una forma de vida, no una moda adolescente o una blasfemia incoherente, al menos según él, pero pocas veces se había sentado a debatir sobre religión con alguien

La parada del autobús estaba cerca de su casa, así que en pocos minutos lo abordó. Su nerviosismo aumentó y no por nada. Tal si fuera una morena en minifalda, todos clavaron sus ojos en él. Los cuchicheos le botaban la cara por la vergüenza que sentía al imaginar todos los comentarios burlistas suscitados por su presencia, se sentía desnudo.

Se dedicó a buscar asiento rápidamente, pero para su mala suerte, no había ninguno. Fue el único pasajero de pie hasta la siguiente parada.

Al cabo del tiempo llegó a su destino. Estaba a unos pocos pasos de sus amigos, que a lo lejos ya se hacían notar. Una negra multitud había casi que tomado por la fuerza la plaza.

Ellos mismos se hacían espectáculo público. Tenían un soez vocabulario y vociferaban blasfemias contra un grupo cristiano que predicaba la salvación a compás de tres cuartos con acordes de principiantes. Dios no reparó en darles mucho talento.

- ¡Mirá quien viene! Es Balzamuth – dijo un miembro de la negra multitud a los demás. Mientras otro se lanzaba encima de David para darle un abrazo.

- ¿Qué pura vida Sucubus? - respondió casi ahogándose.

- Acá en todas, cagándome en Cristo por ser el maldito mesías de los descerebrados cristianos.

- Mejor cuénteme dentro de cuanto nos vamos a la fiesta. Necesito alcohol urgentemente, mis venas están hartas del sobrio amor de Dios en ellas.

- En media hora.

Una carcajada rompió la atmósfera y llamó la atención de ambos.

- ¿Qué, cuál es el chiste? - preguntó el amigo de David

- Mae mae, ojo: Habían un emo, un punk, un metalero y un gótico en un bar... -

- ¡Ah no!, mejor ni me lo cuente, es más viejo que cagar sentado.

- Que amargado, ¿qué es que te gustan los emos? - dijo David

- Nada que ver, a esos malditos los odio. Son un poco de carajillos que solo saben mariquear y cortarse. Es pura moda esa cosa.

- ¿Me va a decir que a usted nunca le han dicho que usted anda de negro solo por moda? - inquirió David

- Si si, pero nosotros somos de verdad, nosotros sentimos el odio en la sangre, no es moda, es un estilo de vida.

- Supongo...pero, ¿para qué blasfemar tanto contra esta gente si lo que buscamos es que nos respeten?.

- Es divertido ¿no?.

De pronto unos silbidos interrumpieron la plática. Un muchacho desgarbado, caminaba cerca de ellos. Su cara era irreconocible, se perdía entre su pelo lleno de productos de salón, y una suéter morada y negra con gorro ocultaba el resto de su cabeza. Tenía el pantalón tan tallado que podían apreciarse las rodillas casi como si estuvieran desnudas.

- ¿Qué hace en la calle a estas horas emo cabrón? Su mama lo va a regañar.

- Si, largo de aquí, vaya córtese a su cuarto si no quiere que lo matemos. - decían los amigos de David.

Un escupitajo le aterrizó en cara y las carcajadas reventaron. El jóven se inmuto y apresuró el paso. Entonces alguien envuelto en una gabardina negra se interpuso en su camino y lo empujó.

- ¿Para donde cree qué va? - dijo

- No me toque – respondió en un tono cortante.

Otra figura de negro llegó a acosarlo y pronto el enjambre se hizo alrededor de la presa.

Primero eran empujones, y cuando cayó al piso, comenzaron las patadas y los golpes, la negra multitud se había lanzado casi en su totalidad encima del emo. David entre ellos. Él solo estaba viendo, cuando de pronto notó que un amigo suyo se salió de la muchedumbre con las manos llenas de sangre y los ojos totalmente descubiertos en asombro.

Pronto todos se apartaron también, asustados por la sangre y dejaron al jóven acosado descubierto con un puñal ensartado en el estómago. Él sostenía el mango con sus manos mientras vomitaba sangre y pedía ayuda, pero la dispersión de todos fue inmediata.

Luces azules dieron vuelta por todos los edificios circundantes y las sirenas empezaron a sonar.

David también corrió lejos, no sabía a donde ir, pero si lo relacionaban con esto sabría que no podría depararle algo bueno.

La adrenalina no daba abasto y David se arrecostó sobre una pared, justo a tiempo para no ser atropellado por la ambulancia que irrumpió en el paso peatonal por el cuál corría.

- Mierda – eso fue lo único que pudo articular, su opinión general del asunto.

Alguien lo tomó por los brazos y tan pronto volvió a ver, se le erizaron los pelos. Un policía, enorme, lo había apresado.

- ¡Al piso ya! - gritó el policía.

- Pero yo, yo...yo no hice nada. - titubeó David, lo cuál fue respondido con un puñetazo en la cara y la pérdida de conciencia.

Un fuerte movimiento lo despertó y golpeó su cabeza contra la puerta del camión de policía que lo transportaba. Sus manos estaban esposadas y todo en sus bolsillos había desaparecido.

Estaba consternado, arrepentido, asustado más que nada. Una persona había sido gravemente herida y el estuvo ahí, no lo detuvo, no lo criticó, tal vez murió, nadie sabe. Pero iba camino a algún lado, probablemente uno no muy bueno.

Se sentía sofocado por el intenso calor que hacía, y ni una gota de agua. Manchas de sangre decoraban el metal y su ferroso olor le daban ganas de vomitar.

El camión se detuvo, sintió alivió y un leve mareo por la brusca forma de manejar del chofer. Escuchó voces por unos segundos, después alguien empezó a abrir la puerta, y el sol del atardecer se introdujo por la rendija cada vez más grande, camuflando las manchas de sangre.

Una figura le indicó que saliera. Por fin pudo estirar las rodillas y ya no tenía que sentarse sobre sus manos. Un policía lo guió dentro de un edificio. Habían otros oficiales custodiando tipos en harapos con un fuerte olor a sudor y otros más pulcros pero con miradas penetrantes, las cuales ningún pasajero de bus prejuicioso podría emular.

- Este es uno de los camisas negras – informó el policía a el oficinista, el cual empezó a rebuscar papeles.

- ¿Su nombre es?

- David Fernández Camacho – respondió cabizbajo y con un tono lento David

- Edad

- Dieciséis

- ¡¿Dieciséis?!, cada día vamos peor. Oficial quítele las esposas, ya conoce la política con menores.

Y así prosiguió hasta que el oficinista obtuvo cuanta información necesitaba.

Lo condujeron hasta un sótano, el área de celdas. Un carcelero comenzó a abrir su celda.

- Espere, ¿no hay agua?.

- Si claro, allí – y señaló un estañón debajo de un grifo herrumbrado y lleno de líquenes que goteaba de vez en cuando.

- Ya no tengo sed .

La celda estaba sola, tuvieron algo de compasión. El servicio sanitario era una pieza de concreto, taqueada. Las heces flotaban desde hacía quién sabe cuándo.

Podía oir el televisor del carcelero, estaban dando las noticias

- Una turba descontrolada de bándalos atacó a un joven hoy, en media plaza central a vista y paciencia de todos. El joven sufrió de varios golpes y patadas y una apuñalada en el estómago. Lamentablemente murió camino al hospital. Hay siete detenidos, los cuales según el jefe de la policía, serán juzgados en las próximas horas. Oigamos las declaraciones del cruzrojista.

- Emm bueno, el masculino presenta desfiguración en el rostro, un ojo desorbitado, múltiples hematomas en todo el cuerpo. Una apuñalada letal en la zona de la panza, desangró toda su sangre y bueno emm, heridas incompatibles con la vida. Él murió camino al hospital, en la ambulancia. - dijo con un acento campirano y mala pronunciación un socorrista.

- Es hora de su llamada – dijo el carcelero.

- ¿Aló? Jorge...soy yo, David.

- ¿Que querés ahora?

- Es que...es que...estoy en la cárcel, en la cuarta comisaria, vení, pero no le digás nada a mami.

- ¿¡Qué putas hiciste ahora!? - respondió el hermano de David sumamente enfadado.

- Yo nada, pero mis amigos mataron a alguien.

- Ya voy para allá... - dijo lacónicamente

David no podía hacer más que sentir gran culpa, sentía el remordimiento carcomiendo sus tejidos y sabía que los problemas a penas estaban por comenzar.

- Su hermano está aquí.- anunció el carcelero.

- David...¿Qué hiciste?

- ¡Nada!, se lo juro, no hice nada – dijo David sollozo, a punto de reventar en llanto.

- Si si, no creo que hayás sido capaz. ¿Pero cuantas veces te dije que estas amistades no te sirven de nada? Solo andan juntos para sentirse más fuertes, para sentir que son alguien, porque fuera de ellos no son nadie. Así son todos, y no me refiero a tus amigos metaleros, sino a toda la gente que tienen que definir el mundo y a la gente con palabras cortas: trendie, punk, hip hopper. Critican a todos y no se ven en un espejo, todos son perfectos. No pueden tolerar a alguien que no quepa en su catálogo de estereotipos, y más rápido lo etiquetan y critican. Vos tenés mucho potencial como para que lo gastés con estas parias.

- Jorge pero no todos son así, no generalicés.

- Véalos...corriendo como los seres más miedosos del mundo. ¿Esos son los tipos que enjachan a todos? Blindados en picos y cuero, y no son capaces de afrontar las consecuencias de sus actos. ¿Qué es lo que buscan: a satán o a algún amigo real?

- Bueno pero...

- Listo señores, ya es hora de ir a la fiscalía – dijo un policía interrumpiéndolos.

- Jorge tengo miedo, yo no soy así.

- No, vos no sos así.

lunes, 5 de enero de 2009

Comunidad

La oscuridad solo era vencida por la tenue luz que escapaba por los bordes del gigantesco panel de vidrio polarizado ubicado en la pared, como de dos pisos de altura. Allí estaba el cuarto de control.

En la pared opuesta al cuarto de control, se encendieron unos pocos focos, vertiendo una gris luz y a la vez descubriendo una enorme insignia, que pendía unos ocho metros del techo, pero aún así estaba suspendida a casi veinte metros sobre el suelo.

La insignia era una estrella de siete picos y se levantaba encima de todo.

Acomodados en perfecta alineación, totalmente erguidos, habían unas dos mil figuras ahí dentro. Unísonos, todos vestían botas negras altas, camisetas negras con la estrella y pantalón fatigado.

Verlos inspiraba miedo y lástima. Maquinas programadas sin personalidad, alienados de todo lo humano.

Cascos ocultaban las expresiones. Tenían dos lentes de vidrio redondos para permitir la visión, cubría toda la cabeza en aleaciones metálicas, más estaba seccionado para poder levantar la careta y removerlo.

- ¿Cómo se sienten hoy hijos míos? - retumbo una voz por todo el edificio.

- Bien, orgullosos – replicó la totalidad de los hombres, con un tono invariable en la voz y sin exaltación alguna.

- No lo esperaba de otra forma –retumbó de nuevo – Sin embargo, nuestros informes revelan que uno de ustedes ha mostrado signos de inconformidad hacia nuestra acogedora comunidad. Haremos lo siguiente: Daré quince segundos, para que el rebelde pase al frente y exprese sus diferencias con nuestros métodos.

Todo permaneció inmutable, tan silente que solo la respiración coordinada de las filas se oía. La unanimidad fue rota entonces por el pequeño movimiento de cabeza de uno de los hombres, correspondido inmediatamente con la aparición de puntos rojos en la oscuridad del edificio, donde se hacían inciertas sus verdaderas dimensiones. Francotiradores amenazaban al transgresor de la totalidad.

Él desistió y no se movió ni un milímetro más.

Y así pasaron quince segundos, ningún rebelde, si existía, decidió darse a conocer.

- Bien pues, no quería llegar a esto, verdaderamente me apena, pero tendremos que obtener sus sugerencias por la fuerza. Adelante agentes.

Al término de la frase, se abrieron decenas de compuertas, justo debajo del cuarto de control. De ellas brotaba una intensa luz blanca, sobre la cual bailaban las ondas de densa niebla.

Inmediatamente, interminables figuras humanas cruzaron el umbral y se esparcieron por todos los rincones.

Portaban chalecos antibalas negros y enormes rifles. Se colaron entre las filas, inquiriendo indiscrimidamente todo a su paso.

A veces se detenían frente a alguien, vociferaban e increpaban coronando con un culatazo del rifle.

Un agente de control se posó frente a aquel que había perturbado la calma con su cabeza. Lo taladró con el semblante unos segundos y dijo: – ¿Eres tú verdad? Maldita comadreja malagradecida, deberían quemarte vivo.

Furibundo le lanzó un puñetazo al estómago, pero el cadete detuvo su puño. Oprimió tan fuerte la mano del agente que los dedos de éste estaban a punto de escurrirse entre los nudillos como si se tratara de una barra de mantequilla.

- ¡Suéltame sucia rata disidente! - dijo casi implorando, con tono de amenaza vacía.

Un rápido movimiento torció la muñeca, crujió hasta que las astillas de hueso traspasaron el cuero de los guantes del soldado. Su garganta se contrajo para emitir un grito ensordecedor.

El rebelde entonces rompió filas. Caminó y con su moción las luces rojas lo pintaron con amenazas de muerte. Para cuando había traspasado una fila ya todos tenían la atención sobre él. Los agentes se apresuraban a alcanzarlo. Iba ya pisando casi fuera de la formación cuando se oyó:

- Déjenlo, queremos oír todo lo que tenga que decir, somos una sociedad muy inclusiva.

Siguió avanzando, ahora todo se había calmado un poco, más había una gran tensión en el aire. Seguía pintado de rojo. Abandonada la formación detuvo su marcha. Dio media vuelta quedando de frente a todos.

Un reflector se encendió y de alguna manera le concedio la palabra. De nuevo la voz brotó.

- Ahora si cadete, permítase expresar sus críticas.

Examinó rápidamente su entorno. A los flancos estaban ya formados los soldados, a penas se distinguían, los delataba el reflejo de las luces en los visores de los cascos. Al frente, sus compañeros, varios ya postrados en el suelo, quejándose de algún golpe, otros inamovidos y serios, como siempre. Detrás, la omnipotente ventana del cuarto de control.

- Tengo que admitir que si, estoy en desacuerdo con sus métodos. Estoy harto de que nos impongan dogmas caprichosos, estoy cansado de no poder hablar sin ser espiado, no soporto más. Afuera me encantaba la buena comida, la música, hablar de temas polémicos. En cambio adentro solo nos permiten ver los noticiarios de la comunidad, leer sus periódicos parcializados, practicar sus deportes, me volveré loco...exijo un cambio...

- ¿¡Cambio!? - interrumpió violentamente la voz – El cambio es rotundamente inadmisible en estos confines. Nuestra reputación y éxito se basan en el establecimiento de férreos códigos de disciplina, y estos no son maleables a voluntad del disciplinado. ¡Es ilógico! Jaja, no puedo evitar reírme con la idea de cambiar regímenes por los sometidos a sus códigos. Si quiere también podríamos permitir que elijan el color de sus uniformes o la fragancia de las almohadas.

- Pues señor, difiero – y pronto se llevó las manos a la cabeza y empezó a hacer algo en su casco.

- ¿Qué hace cadete? - preguntó un soldado.

- Existir de nuevo...

- Pero, el casco, se lo está quitando.

- Si, soy alguien, demostraré lo que pienso, verán mi cara, sentirán lo que yo siento. Afuera siempre quise ser artista, pues supongo que al fin lo seré.

De pronto todos los soldados se irguieron y comenzaron a agruparse, y recitaron todos en coro:

- Artículo 57, Canon de comportamiento personal. Los internos en la Comunidad deberán portar siempre, sin excepción, el casco de reglamento. Expresiones corporales que puedan introducir ideas u opiniones subversivas y contrarias al bienestar general, serán reprimidas

- Mi obra maestra – y procedió a levantar la careta del casco, revelando una cara irrigada por abundante sudor y una espesa barba descuidada. Sus ojos mostraban un fuerte cansancio, hartazgo de todo, una intensa decisión de acabar con aquello que le molesta tanto.

-¡Reprimanlo! - ordenó lacónicamente la voz. In so facto a eso, una lluvia de proyectiles abatió al rebelde, cuyo cuerpo se tendió al suelo pintándolo de rojo. Pero su cara estaba expuesta, todos la vieron, ya el daño estaba hecho.

Cuando el eco de los disparos se disipó después de unos segundos, el silencio cubrió el recinto en un manto negro de incertidumbre. Las ideas en todos se acomodaban, nadie se movía a la expectancia de que alguien lo hiciera primero.

Un sonido metálico interrumpió la agitada calma: un casco estrepitándose contra el suelo. Un cadete nervioso veía a todos sin conocer la dimensión de su acto, pero todos podían verlo, sabían que sentía. Se sentía desnudo ante las miradas y las balas, sabía que ambos lo penetrarían juiciosamente sin piedad.

Los lásers se posaron en su cabeza, pero antes de ser asesinado, otro casco retumbó en el suelo, y otro, y otro. Los disparos respondían con rapidez a los rebeldes.

- ¡No toleraré una revuelta! - dijo la voz – Decretaré estado de emergencia.

En menos de un segundo, todas las compuertas por las que salieron los soldados se cerraron, las luces del cuarto de control se apagaron, y el sonido de un gas siendo liberado en el lugar empezó a inquietar a todos, agentes y cadetes.

Ahora contra el piso se estrellaban los cuerpos inconscientes de todo el que estuviera adentro. Pronto cada uno moriría, y nadie conocería nada sobre el episodio ese día. Después de todo nadie preguntaría por ellos, ni siquiera tenían nombre.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Les presento a mi pene: Leviathan

¿Han notado esa rara tendencia de la gente a ponerle nombre a cosas inanimadas? A mi se me hace un poco ridícula a veces.

Supongo que alguien que nombre a su Ferrari o sus nuevos implantes, intenta darle énfasis a esa posesión material. ¿Será orgullo, alarde, materialismo?. No sé, pero he decidido unirme a esta tendencia.

Les presento a mi pene: Leviathan.

Algunos dirán que suena muy jactancioso, otros que es complicado de pronunciar. En mi defensa, siempre digo que me encanta la mitología.

Pero más allá del nombre, creo que deberían notar lo extraño en elegir ese...órgano, específicamente. Hay manos, ojos, pies, engrapadoras, guitarras, computadoras, pero, elegí mi pene. ¡Pero lo único extraño es el nombre!

He ahí la razón por la cual le puse Leviathan. A nadie parece molestarle tal despliegue de pedantería...¿nombrar el pene? Dios, es algo que solo un verdadero patán haría, un acomplejado machista, que cree que haciendo demostraciones descaradas de virilidad le valdrá estatus social. Pero la única queja que recibo es la rareza del nombre.

Me siento como cuando era niño, jugaba con mis amigos “Guerra de países”. En resúmen, la dinámica consistía en elegir el nombre de un país y lanzar un balón al aire (interesante manera de amenizar los conflictos bélicos) mencionando el país de otro, y esa persona tendría que apechugar el perseguir a los demás. Yo siempre escogía Emiratos Árabes Unidos o Turkmenistán, algo complicado de pronunciar.

La diferencia de entonces, es que cuando tenía ocho años si quería aparentar tener conocimiento infinito y ganar posiciones en el escalafón del barrio (y tal vez atraer la atención de alguna niña, pero posteriormente me tope con la verdad: El conocimiento no atrae mujeres bonitas, a menos que conlleve títulos y dinero). Era tan fácil como abrir el atlas y aprenderme nombres raros de países raros.

Hoy mis actos son en forma de denuncia, mi granito de arena para cambiar a la sociedad. Algunos se apegan al comunismo, otros se convierten en bomberos voluntarios o limpian las playas siniestradas por derrames de petróleo. Pero yo elegí magnificar la imagen de mi pene, y mi porte de macho en sí, a modo de mini experimento social.

Como todo experimento decidí aplicar un poco el método científico. Algo me acordaba de lo que aprendí en el colegio.

Empecé por plantear una pregunta: ¿Qué tanto la magnificación y ostentación pública son caminos válidos para obtener beneficios en la sociedad?

Procedí a la investigación de fondo, que en realidad fue hablar del tema en bares con amigos, y preguntarle al psicólogo de mi mamá que pensaba al respecto. Y llegué a la conclusión de que la manifestación más obvia de este fenómeno se da en el campo sexual, el cual termina siendo la culminación de casi todo acto social.

Formulé la hipótesis: El concepto del bigger better es tan campante en los componentes de la sociedad, inclusive en aquellas élites “intelectualmente superadas”, como cuando éramos niños de ocho años. En nuestra infancia claro, era más obvia, no teníamos ni tacto ni sutileza, pero cumplía la misma función que en todas las etapas de nuestra vida: Impresionar, batallar por esa hembra en celo, por ese puesto de trabajo, por ser el macho alfa del grupo de matones, o en su defecto, escalar más alto en la sociedad.

Pensé en muchas cosas para poner a prueba la hipótesis: Comprar ropa nueva y fingir ser un joven empresario; decir que soy asesor legislativo y cautivar con una verborrea poseedora de total irracionalidad, más la cual sería imperceptible para la rubia despampanante que estaría a la par mía. Al final como ustedes ya saben, decidí hacer algo más sencillo y opté por hacer de mi pene una prosopopeya machista.

Leviathan y yo fuimos entonces de gira, con una misión importante bajo el brazo.

Siempre que se presentaba la posibilidad, hacía mención del bautizo de aquel miembro masculino, ya fuera en clases de historia, en la carne asada familiar, frente a mis amigas, hasta con la cajera del banco.

He recibido muchos comentarios. Un amigo, tipo promedio de la sociedad me dijo “Mae, le hubieras puesto 'Cuello de jirafa' o 'Perling'”. Un snob compañero de la universidad más bien opinó “Ciertamente suena jocoso, más la referencia a un monstruo bíblico tan conocido solo me hace pensar en su falta de creatividad y soez, reduciendo el erotismo a una vulgaridad carente de mística. Personalmente le llamaría tras algún titán griego” (de nuevo, ¡desplegando su sabiduría para que me rinda a sus pies!, ya me acordé porqué no le hablaba. Su pene tal vez sea una gigantesca biblioteca llena de libros que nunca ha leído, de la cual se ufana cada vez que lleva a una pseudo bohemia a sus sábanas.).

Al final, las pruebas lanzaron resultados un tanto extraños. No era exáctamente lo que esperaba. Pero bueno, después de todo simplemente hablar de mi pene no me brindaría un harén de féminas per se, pero como todo, con la interpretación adecuada pude leer lo que andaba buscando.

El sentido de normalidad en darle cara al pene era lo mismo, a su debida dimensión, que considerar normal a un viejo de sesenta años en un descapotable rojo con una esbelta mujer de unos veinte. El hecho de que se llamara Leviathan es como que el viejo tratara de conquistar a la mujer comprando una excavadora, es raro, pero al final ella sabrá que esa excavadora es síntoma de dinero, ergo, sex appeal.

Entonces obtuve mi resultado. Nadie puede escaparse de la dinámica social que pretende subir y subir, figurar. Algunos tratarán de exprimirle un jalón más al puro que el resto, otros de tener la decoración hogareña más exótica (pero inútil).

Podremos tener ingeniería genética e internet, pero seguimos comportándonos como cavernícolas, es más, a veces veo algún documental de chimpancés en National Geographic cuando me aburro de los tontos realities. Los monos son más simples, es como “psicología para tontos”.

En fin; nombrar mi pene va más allá de poder sustituir la frase “Voy a mojar la sardina” por “Voy a mojar al Leviathan”. Es una manera de burlarse de todos, desnudando su superficialidad (a pesar de que muchos creen haber vencido esa etapa).

El problema es que únicamente yo entiendo el chiste, y no tiene sentido reirse solo. Es como ver una comedia un jueves en la noche sin nadie cerca, no tiene la misma gracia. Es más divertido estar rodeado de gente en un cine con la que se pueda lanzar carcajadas, y mirar al otro con cara de “Ves, entendí el chiste”.

Ni yo me escapo de estas conductas. Pero para terminar déjenme reformar una frase popular que reza Tanto tienes, tanto vales. Tengo que admitir que el materialismo no es la única forma de figurar en la sociedad. Recordemos que hay hippies que rechazan a priori cualquier manera de consumismo, o gente que con costos puede costearse comida y un par de láminas de zinc para vivir, pero al fin y al cabo, todo mundo se circunscribe a círculos sociales, los cuales tienen jerarquías y conductas que las llevan a encabezarlas. Reformo la frase a: Tanto ostentas, tanto vales.





sábado, 29 de noviembre de 2008

A penas era septiembre

Hace tres semanas estaba de camino a la parada de bus, atravesando una avenida peatonal adoquinada, y como siempre, observaba el patrón del piso, y sus rupturas, como las costras de quien sabe qué cerca de los basureros, o los espacios vacíos, donde alguien por alguna razón removió un adoquín.

Había una bandera de Costa Rica hecha de papel, mojada y destruida en el suelo, y como no. hacía cuatro días se celebró la independencia, y todos fingieron tener fervor por el país y pegaron banderitas en la ventana, hasta el 16 de septiembre, cuando ya había pasado de moda eso de amar a su patria.

Subí la vista; alguien me ofrecía un volante, y por cortesía siempre los acepto. Aunque gracias al hecho de pasar de lunes a viernes a las 7 a.m y a las 5 p.m por ese mismo trayecto, ya casi podía predecir el encabezado del volante. Lo tomé y dije “gracias”.

Lo observé rápidamente y tuve que contener las ganas de decir en mi mente “¿Qué cabrones cursos baratos prostituyen ahora?”...estupefacto leí: “Cursos de personificación de Santa Claus, tan solo 25.000 el mes. Aprenda a sacarle sonrisas a los niños en sus regazos en un curso corto que le abrirá oportunidades laborales”.

Normalmente me hubiera sacado una pequeña risilla interpretar el mensaje pedofílico de doble sentido, o la demagogia en prometer oportunidades laborales para imitadores de Santa Claus. Pero lo que más me impresionó, es que, ¡a penas es septiembre!.

Supuse que simplemente era una premura poco común, pero...analicé un poco más el paisaje, y de las decenas de ventanales habían ya un par con parafernalias verdes, rojas y blancas...muñecos de nieve y gordos arios en traje de esquimal rojo (en medio trópico) saludaban desde el segundo piso a los transeuntes, que a penas y salieron con vida y sin hipoteca del día de la madre.

Pero bueno, en fin, desde septiembre tendrían muy en cuenta las promociones de esa ventana, para cuando su billetera volviera a tener algo para arrebatarle, además de los bauchers de la tarjeta de crédito.

Un par de días después, visité el supermercado, necesitaba unas cuantas cosas para sobrevivir...paté, queso maduro, salchichas importadas, etc etc.

El guarda de seguridad me miró extraño, como todo mundo lo hace supongo. Yo me limité a tomar impulso con el carrito y subirme en el, cada cinco o seis metros volvía a impulsarme, y así me hice a través de la puerta automática (no me gusta envejecer).

El aire acondicionado me tornó la pie de gallina, pero, de mi vista no se pudo escapar, un colosal gordo ario en traje esquimal rojo, bueno, un Santa Claus. Era ridículo, si el en vida hubiera sido luchador de sumo podría haber sido una réplica a escala. Era muy rojo, muy campante, llamativo, navideño, y siempre acompañado de un snowman. Al menos ahora había aire acondicionado.

Captaba muchas miradas ese estante navideño...pero, era septiembre ¿cómo diablos van a mercadear el nacimiento de Cristo a estas alturas? Es más: ¿qué tienen que ver el polo norte, los renos voladores, fábricas de juguetes, duendes y trineos con el nacimiento de Jesús?.

Más bien suena como el cuento que más de un fanático religioso tacharía de satánico, puesto que presenta influencias de “mitologías paganas” y “manifestaciones de magia y oscurantismo”. La verdadera navidad es instalar un portal, llenarlo de musgo, ponerle muchos santos italianizados, ovejas, su respectivo pastor, el ángel y la estrella de Belén, tal vez un río y montañitas...ah y la vaca (las señoras tampoco quieren envejecer y se divierten haciendo maquetas, no solo yo.)

Posteriormente, justo cuando arribe la navidad, se pone al niño Dios en su cuna (bueno yo lo ponía en una caja de fósforos), con la tez blanca como leche, las mejillas ruborizadas, sus rizos pelirrojos y ojos azules.

Servida la cena, se abren los regalos que hicieron fluir el aguinaldo hacia el olvido, se bebe el rompope (más ron que pope) y se hace un rezo. Bueno en mi casa es más como un poco de merengue y Joan Manuel Serrat, con vodka y pierna de cerdo, pero mis padres son ateos y son sinceros: usan las festividades navideñas para hacer fiestas, no para engañarse a sí mismos y mal dar culto a su mesías.

¿Ya ven? No puedo evitar repugnar la significancia de ese maldito aire navideño en pleno septiembre. Es casi como estar en una sala de lobotomía, donde a todos les ponen un casco con un montón de cables y luces, y les empiezan a lavar el cerebro con catálogos de perfumes y tiendas de juguetes.

Pero igualmente, conseguí mis víveres y no me dejé indignar más por la presencia macabra.

Un par de semanas después, ya en octubre, la perdición había comenzado. Y no había mejor forma de darse cuenta que, abriendo el refrigerador y viendo la caja de leche con motivos navideños.

Ya en la calle uno veía un par de autos con un ciprés amarrado en el techo. Las palabras aguinaldo, fin de año, regalos, vacaciones, playa, se oían frecuentemente, lo cual me causaba una nostalgia innecesaria.

La indignación ahora si no la pude ocultar. Los programas matutinos y sus efímeros reportajes sobre donde conseguir las mejores gangas y que tipo de muérdago obtener. Los guardas de seguridad me veían aún con más sospecha, tal vez creían que les iba a robar el aguinaldo, que de todas formas faltan dos meses para que les entreguen.

Parece que todo mundo se abstrae de la realidad poniendo cintas de colores y nieve falsa por toda la casa, pero me sigue pareciendo un acto inverosímil, irónico, hasta sarcástico casi.

Supongo que me dedicaré a seguir mi vida, esperando que el próximo año la gente tenga menos dinero y más hambre como para pensar en esas cosas, y se les caiga el negocio a estos ventanales pomposos.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Laberinto Onírico


Que molesto que es todo...ya no puedo sobrellevar mi rutina diaria, he venido en una espiral descendente, no me permite ni siquiera sentarme en mi oficina sin cabecear. Ya no puedo sostener el pulso firme en los dedos, y mucho menos aportar como antes en las juntas de la directiva. Ahora parezco un simple secretario tomando actas, a veces hasta confundo el año en que estamos cuando escribo las minutas.

La fatiga me tiene harto. Cuando a penas son las ocho de la mañana me siento como si la luna estuviera asomándose por la ventana.


Antes no tomaba café, ahora me siento indefenso sin una taza humeante en el escritorio, a las que usualmente les disuelvo una o dos tiaminas, a veces la receta ha comprendido anfetaminas, pero la verdad solo agravan el problema del sueño...todo por no querer dormir.

Anoche por ejemplo, decidí que iba a afrontarlo, trataría de dormir. El cansancio extremo me ingresó al sueño profundo en pocos minutos, a pesar de las dudas que tenía sobre querer soñar.

Y ahí empezó...mi sueño: De pronto, levanto la cabeza, estaba sobre mi escritorio, en mi oficina, pero todo estaba apagado. Al parecer me había tomado una siesta que se prolongó hasta la marca de salida. Supongo que mis compañeros no me despertaron por lástima, ya tenía muchas ojeras y se tornaban antiestéticas.


El reloj marcaba la media noche, y la penumbra completa cubría la planta. Todos se habían ido menos yo, que estaba solo en ese gigantesco espacio, lleno de cubículos, que a excepción de las fotos de uno que otro familiar, eran todos igualmente grises.

Por la ventana solo se veían nubes rojas, diría que eclipsaron al sol del ocaso, pero su color era tan intenso, que no podía ser jamás el sol, es como si las nubes se hubiera cubierto de sangro, que tal vez se evaporó a millones de litros por segundo del suelo empapado. Quien sabe que clase de tormenta podrían desatar.

El resto de la vista no era muy prometedora. Sesenta y siete pisos hacia abajo, en la acera, no se veía ni una sola persona transitando, de hecho, en las calles no habían autos, ni buses, ni nada... la ciudad se había enterrado en el silencio, sus sábanas eran rojas, y solo se oía la respiración del viento ferroso.


Las grúas, que usualmente adornaban el paisaje en constante construcción, estaban tan herrumbradas que un par no pudieron soportar más su brazo precipitándolo al piso. Muchos rascacielos tenían varias ventanas rotas y estaban en total abandono. Un tramo de la carretera elevada se había desplomado.


Todo estaba pintado con sombras, con un filtro rojo. Excepto la valla publicitaria que promocionaba una pasta de dientes, pero aún así, estaba totalmente empañada en suciedad.

No esperé a descubrir que más había, porque en realidad ya lo sabía...era esa pesadilla de nuevo.


Apliqué las técnicas de sueño lúcido que aprendí hace unos años en aquel curso de meditación...”Esto es un sueño, esto es un sueño...despertate!”


Inmediatamente abrí los ojos, empecé a gritar. Di un brinco fuera de la cama y caí de bruces en el piso...creo que me dio un ataque de nervios o algo así, porque de pronto empecé a arremeter contra mi cama, ese lecho que todas las noches me daba miedo. Primero volqué el colchón, removí una de las tablas que lo soportaba, y la empecé a estrellar contra la pared, hasta que se partió en dos

Por todo ese ruido mi perro llegó y comenzó a ladrar, lo que me hizo entrar un poco en razón, y pues ahí me encontré: Medio enrollado en la sábana, agitado, con los ojos casi desorbitados, y la tabla destruida de una cama en mi mano. Supongo que fue un reflejo...


Esa cama me aterrorizaba cada noche, era como un foso que se escondía bajo el cubrecamas, siendo el sueño la carnada perfecta. Su fondo era un pantano, las paredes llenas de musgo hacían resbalar a cualquier que tratase de escalar. Y si, la traté de destruir para no afrontar más mis miedos, pero evidentemente fue inútil.

Toda la vida tuve mal dormir. Desde pequeño me desvelaba leyendo novelas de ciencia ficción, que provocaban que terminara viendo marcianos con pistolas de desintegración térmica, hombres lobo tratando de saciar su sed de carne conmigo o un cuarto de tortura de la mafia neptuniana, donde las más extrañas bestias del sistema solar me atormentaban por información que yo no tenía.

Tuve que aprender a convivir con ello. Hasta que finalmente, cuando las pesadillas se tornaron incesantes, decidí por...no dormir, o al menos no entrar a la etapa de sueño profundo, lo que implicaría estrés y fatiga constantes.

Los recuerdos sobre la pesadilla de la noche anterior estaban tan frescos que no podía evitar ver constantemente por la ventana para confirmar que las nubes eran blancas y el anuncio de pasta de dientes estaba en buen estado.


A veces cuando alguien entraba a mi cubículo con una de esas típicas torres de carpetas, me lo imaginaba muerto.

Pero no pude evitarlo, caí dormido sobre el teclado...


Tan fresco estaba la pesadilla, que parecí haber ingresado en su continuación, como que si mi fatiga fuera tan grande, que realmente nunca me desperté por completo y el sueño quedó ahí en mi memoria a corto plazo, esperando a ser finalizado.

Levanté la cabeza del teclado, y ahí estaba ese resplandor rojo desangrando el memo que la tachuela fijó en la pared prefabricada.

Por alguna razón sentí que tenía que llegar a algún lugar, y sabía exactamente a donde era: Al otro lado del largo edificio (malditos ingenieros), donde era la sala de reuniones, era.

El terror subió y subió por mi cuerpo, cuando colmó mi pecho llegó a mi cabeza, y la perdí, caí en estado de pánico y acaté a correr como desgraciado a través de ese laberinto prefabricado de murallas incoloras, solo bañados por unos cuantos rayos de intenso rojo.

Cuando aún mi silla daba vueltas, escuché un golpe a unos cubículos a mi izquierda, y mi corazón se aceleró, ya sabía que era.


Seguí corriendo, y a los pocos metros, sentí alguien se abalanzaba a mi espalda. Era uno de ellos...

Nos batimos en el suelo unos segundos, no tuve piedad, lo mordí, lo pateé, y finalmente logré escaparme, no sin antes propinarle una patada en la cabeza.

Esas criaturas eran hombres, o algo así. Tenían todos camisa blanca y corbata negra, el mismo estilo de zapatos y eran calvos. No tenían muchos rasgos faciales, solo pliegues en la piel donde asomaban intentos de labios y nariz, y se hundían unas depresiones donde debían ir las cuencas. La piel que los cubría asemejaban tejido de cicatriz. No tenían boca, eran mudos, pero un murmullo fantasmal brotaba como de la nada cuando estaban cerca, indistinguible, sabía que eran palabras solo por el fuerte siseo.

Cuando retomé mi curso vi que dos de ellos me seguían por el pasillo, no eran muy rápidos, pero eran muchos, y creo que podían teletransportarse a voluntad.

Traté de sortear mejor el laberinto, ya lo había hecho varias veces, y pues entonces medité un momento mi ruta, lo que me hizo ir más directo hacia mi objetivo y no golpear contra todas las paredes a mi paso.

Por fin logré llegar a la entrada del cuarto, resguardada por una puerta doble de madera gruesa...y la abrí.


Adentro, el cuarto parecía como el cuarto de control del laboratorio de un científico loco (o proyecto ultra secreto del gobierno), lleno de consolas, paredes llenas de cables y luces, y no había piso ni paredes, solo una malla metálica que permitía ver todo eso. En la pared opuesta a mi, había una mesa ovalada, con una mujer bellísima sentada con las piernas cruzadas en ella, tapándose los senos con el brazo derecho, mientras con el izquierdo me hacía señas para que me acercara.

Yo sabía que si lograba alcanzar a esa mujer, lograría acabar con las pesadillas, al igual que sabía donde quedaba ese cuarto, y como eran los hombres sin cara...ya había vivido eso, era instintivo. Pero, en ningún sueño, logré alcanzar a la mujer, no logré descruzar sus piernas ni quitar su brazo, mucho menos darle un beso, ella era mi salida, pero...siempre me cortaba la garganta uno de esos sin-rostro, siempre...y nunca podía alcanzarla...ese era mi mayor miedo: afrontar la frustración de nuevo, y no tanto el dolor “físico” que me causaba y el terror que me invadía...sino nunca advertir a ese maldito que siempre me degollaba. Era lo que quería evitar cuando dormía, la verdad.


lunes, 20 de octubre de 2008

Tributo a la Ventana

Me tome el vil atrevimiento de realizar un par de tributos a Carlos Salazar Herrera, en especial a su cuento "La Ventana". Solo espero que no se revuelque en la tumba por estos cortos párrafos que hice en su honor.

De rodillas al cemento destilaba el anuncio de su salida, usando el catre como escritorio. Tras cada párrafo sentía la brisa, impregnando el sabor a mar y orina.

Mientras exhalaba sus pulmones enteritos de ansias, su corazón latía más y más rápido, arítmico, por ese sueño de quitarle el herrumbre a la luna.


Se levantó con las rodillas pantanosas y siguió su día, su noche, su culpa, con la carta esperando por ahí la mañana.


Y así, la luna volvió a herrumbrarse y envió resabios de otros días.

El cartero ese día trajó la anunción exacta, programada, dentro de su bolsa. Ya había fecha para el día en que los pequeños duendes caóticos dejarían de velarla durante aquellas noches, postrada en su esperanza. Y ahora la luna, bailaba con la Osa Mayor...ya nada más hacían falta unas cuantas danzas más.



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El charco en el suelo, se alimentaba de gotas caídas del techo...caía una gota, comía un recuerdo...caía otra gota y de sus ojos emergía una poza. Las pupilas se abrían y abrían, pero no vencían a la oscuridad, más si al tiempo.


Los tímpanos vibraban al son del castigo, los llantos, los gritos, el tintineo...pero todo seguía oscuro, aún así, el dolor en su cuerpo era intenso, sus oidos le transferían cientos de pesares ajenos.


El fogón dibujaba abstracciones, provenientes de la mente de quien sabe quien, en su cara...esa noche había cambiado la ventana por esa llama.


Una taza de café estaba en una mesita a la par suya. Ya le habían robado un par de sorbos.

Su cuerpo estaba ahí, en la silla, no se movía, a excepción de los sorbos de insomnio. Su sombra se proyectaba por toda la sala, daba vueltas de acá para allá, caminaba en círculos y su oscura mano sobaba su mentón invisible.


Otro sorbo corría por sus venas, y la sombra se veía hasta la casa de enfrente, el adobe deliberaba con la penumbra aquella, le dio una palmada en la espalda. Ya la taza develó su fondo, y la noche frente al fuego se fue con ella.





Adjunto La Ventana de Carlos Salazar Herrera

El dijo, en una carta, que aquella noche regresaría... y aquella noche, ella estaba esperándolo.

Sentada en una banca de la salita, de rato en rato, desde la ventana, hacía subir una mirada por la cuesta...hasta la Osa Mayor.

Las casas, enfrente, blanqueadas con cal de luna, estaban arrugadas de puro viejas.

A veces, las luciérnagas trazaban líneas con tinta luminosa.

El viento venía sobre los potreros cortando aromas de santalucías, y entraba fragante por la ventana... igual que el gato de la casa.

Del filtro de piedra caían las gotas en una tinaja acústica. Caía una gota y salía una nota... Caía una gota y salía una nota...

Sobre los tinamastes del fogón, el agua del caldero cantaba como nunca.

Un San Antonio guatemalteco, se había puesto negro de tanto tragar humo de culitos de candela.

La llama sobre el pabilo daba saltos sin caerse. Era un duendecillo de fuego... Pero al fin, un gatazo de viento se metió por la ventana... y lo botó.

La mujer se fue para la cocina, le robó al fogón un duende y, protegiéndolo con una mano, volvió a la sala.

En aquel momento, entró él.


El nuevo duendecillo proyectó en la pared un abrazo inmenso.

--¿Qué querés?... -dijo ella cuando pudo hablar.

--Dame un vaso de agua de la tinaja.


Hacía...¡siete años! que tenía ganas de beber un vaso de agua fresca y pura de aquella resonante tinaja, porque allá... donde él había estado tanto tiempo, el agua era tibia y salobre.

Después... se puso a acariciar con sus miradas la salita de su casa. ¡Su casa!... ¡Su hogar!...


Entonces notó que su mujer le había hecho quitar los barrotes de hierro a la ventana...

Y con una mirada, destilando gratitud, le dio las gracias.


De Cuentos de Angustias y Paisajes, 1947

jueves, 9 de octubre de 2008

Culminación

En la habitación solo se lograba oir el vaivén rechinante de la mesedora.

**Es solo un borrador, no le he revisado la ortografía o el estilo, después lo hago, mientras, léanlo y opinen por favor :) **

El viejo contemplaba el mundo por la ventana de su estudio, como miles de veces lo había hecho, en esa y otras cientas de ventanas, era un ritual espectacular, tan solo una pequeña visión, pero el la sabía explotar, el podía generar un caudal de pensamientos impulsados por la curiosidad, la sed de conocimiento. Tratar de dimensionar la magnificencia y complejidad del baile de las hojas con el viento, por ejemplo, hacía a su mente volar por otros mundos, mundos donde una gran pizarra se erguía, siempre tratando de develar otro secreto más, otra divagación.

La estancia estaba iluminada por algunas pocas candelas, el movimiento del fuego en la mecha lo hacía pensar que la lumbre era una fuerza caótica resistiéndose a vivir en los límites de la mecha mecha, esa llama quería huir, deseaba volar, ir más allá de su realidad, pero el universo de la candela se lo impedía, con esa lucha eterna se identificó el viejo durante toda su vida. El piano permanecía callado a la par del librero, en el muro opuestos a la puerta, dos menesteres vitales para el. ¡Cuantas melodías dieron explicación y nombre a miles de sentimientos allí mismo!, bastaba con levantar la tapa del teclado para exhortar a sus dedos de lucirse con esos sonidos que evocaban la sinestesia con el corazón y el pensamiento. Su librero, verlo era lo más cerca a poder palpar el conocimiento del viejo, un rastro que dejaba en el trillo del saber, pero claro, su inexactitud se definía a partir de la experimentación que siempre llevó a cabo, tratando de huir de los esquemas que solo podían causarle impotencia.

Y el escritorio, en medio de la habitación, siempre pasaba lleno de papeles con ideas e inspiraciones regadas por todo lado, la vieja computadora, usada a modo de máquina de escribir, frente a la silla, que permitía contemplar la ventana. Nunca se sabía cuando mirar por ella rescataría una idea suelta que el papel no capturó. Pero, esa noche, la máquina de escribir yacía al borde de la mesa con una manta blanca encima, guardada, su misión había terminado. Solo había un papel, una pequeña carta, en la mesa, lacónica.

El sonido de la mesedora de pronto dejó de oirse, no se movía más, el viejo permaneció unos segundos inmovil antes de levantarse, y empezó a dar tímidos pasos, lentos, como si tuviera que volver a justificar su destino tras cada paso, pero poco a poco su cuerpo se dirigía hacia la cómoda detrás de su escritorio. Se posó frente a ella y abrió una gaveta tan ancha como el mueble mismo. Contenía docenas de diarios y álbumes de fotos, otra ventana, pero esta era hacia el pasado, los pensamientos que evocaba, eran nostálgicos, a veces hasta dolorosos, otras gratificantes, dependía de cual página del diario estuviera abierta.

“Domingo 5 de octubre del 2008.

A partir de este día consagro mis diarios, la bitácora de mi vida, como necesidad de satisfacer esa masoquista curiosidad de ver hacia el pasado, y no para grabar los grandes acontecimientos, no, no necesito una autobiografía ni dispondré de datos para los historiadores, eso permanecerá siempre en mi mente, sino más bien, lo hago para recordar esos pequeños detalles que no retendré, esas pinceladas que dieron color a mi vida y determinaron épocas de mi ser, esas cosas cotidianas que antes pasaba por alto, y de pronto, la era siguiente las borró y sin darme cuenta, las olvidé. La funcionalidad de este diario será, transportarme a mi pasado, ilustrándome esas cuestiones mundanas que ninguna anécdota recuerda: Aquella camisa, aquella canción, aquel bar, aquella cara, la realidad, eso quiero grabar, la realidad.”

Así empezaba el primero de sus diarios, aún conservado por Damian, el cual se cumplió la promesa, y a pesar de la pared jactándose de un Doctorado Honoris Causa, y tantas otras distinciones, el creía que su mayor logro, fue serse fiel, para bien o para mal, pero logró consumar su plan de vida, que a pesar de haber tenido grandes giros y traspiés (nada sale como se planea, he ahí lo interesante de idear planes, ver como no se realizan y los eventos sustitutos) había seguido grandes premisas, aunque el último paso aún tenía que darse y este tal vez, era el más difícil.

“Lunes 13 de octubre del 2008

Hoy fue un día sin mayores sobresaltos, logré levantarme temprano, por fin llegué temprano a clases en lo que va del mes, se me olvidó llevar la mensaulidad eso si, pero no importa, estoy ya en trámites para ingresar a la universidad, y eso me emociona mucho, es un mundo nuevo, no sé que me pueda deparar, espero que sea bueno.

Bueno creo que aún no soy muy bueno en eso de plasmar detalles, con el tiempo tomaré práctica, de todas formas me quedan muchos días antes de mi muerte, muerte...jaja, tengo dieciocho años y ya estoy pensando en mi muerte. En todo caso, he decidido usar material de apoyo, compraré una cámara digital y adjuntaré fotografías, supongo que una imagen habla más que mil palabras.”

Y así aparecía la primera fotografía: Damian se mostraba frente a un edificio con otros dos jóvenes y un profesor, todos abrazados y sonrientes, se leía en un rótulo “Academia de Bachillerato Sirius”, el ver esa imagen lo conmovió enormemente, eran otras épocas, era un adolescente inmaduro, soñador, pero ahí estaban los detalles, ese rótulo significó mucho para el, también sus amigos y su profesor, personajes que vinieron y se fueron de la vida, como un trámite más, con ello un estilo de vida, una era llena de picardía, de vida, los locales de pizza y bares se juntaban con las primeras divagaciones, para así forjar a un Damian con tantos sueños como energía, contrastando con el viejo de la mecedora...una lágrima cayó sobre la foto.

Dejó el diario y su álbum correspondiente en la gaveta, sin embargo no la cerró. Entonces miró sobre la cómoda, y vió el cuadro de su familia reposando en un tapete, observó detenidamente la imagen, su esposa, su hijo, su familia, los seres humanos más cercanos a él, los que probablemente llorarían más su plan, pero aún así comprenderían lo necesario que era. Aunque para el no sería fácil, no sabía que pasaría con ellos, si los volvería a ver, si nunca más los toparía, era incierto.


Comenzó a ponerse sensible, no deseaba vivir esto, el había proyectado otra cosa, precisamente quería evadir el doloroso momento de ver la vida pasar frente a sus ojos, ahora todo el esfuerzo que durante muchos años que ahora mostraban un lado negativo: una revisión de la vida con lujo de detalles, diarios narrando las pequeñas cosas que afectaron la vida de Damian, los llaveros, copas y demás souvenirs de a cuanto lugar fue a parar, las fotos de viejos amigos y eventos, la taza de té que le dejó su esposa minutos antes, todo le causaba nostalgia.

El piano que casi quería gritar alguna de las marchas negras que su maestro escribió pensando en la llegada de este momento, mostrando las distintas concepciones de la muerte que tuvo a lo largo de la vida, y el librero, suplicaba, mostraba como aún tenía espacio para más.

Ya un poco sollozo decidió beber la taza de té, quería herirse aún más, no podía no tener en cuenta toda su vida en ese momento, necesitaba recapitular segundo a segundo su camino.

“Lunes 19 de febrero del 2018

¡Al fin!! Hoy por fin me gradué, soy máster en Ciencias políticas, no puedo ni pensar en todo el largo proceso desde el día que ingresé a la primera universidad, hasta hoy. Cuanto sudor, cuantas lágrimas, cuantas glorias, es infinito. Desde mi estadía en Europa, hasta mis controversiales discursos como dirigente estudiantil, ha sido una época genial. Tengo 28 años, he publicado un par de libros, de política, de literatura, he sido cineasta, músico, cocinero, artista de circo, amante, deportista, he vivido, puedo decir que si, he vivido.

Pero me asalta una preocupación, creo que no podía faltar, yo y mis visiones oscuras de pesimismo...

¿Ahora qué sigue? Lamentablemente creo que esto sella algo importante, ha llegado el fin de mi desatada juventud, claro, no soy viejo, pero a partir de hoy me consideraré un adulto, si claro, un poco tarde dirán algunos, pero yo más bien no quiero portar ese título nunca, tampoco quiero ser un viejo cuarentón de esos que aparentan ser adolescentes. Supongo que mis días más intensos han pasado, tal vez no vuelva a probar la cocaína ni me despierte en un sillón con dos francesas conocidas de la noche anterior, eso me atormenta, mi alma es joven.

Pero tengo una misión, tengo un plan, será un cambio paulatino, aunque en unos años careceré de pelo y andaré siempre corbata, alrededor de un grupo de gente aburrida en traje entero. Adios años mozos, tendré que reducir mi experimentación a partir de ahora, poseo más responsabilidades, he decidido irme a vivir con mi novia, quien sabe, tal vez y hasta algún día tengamos un hijo...hijo...da miedo esa palabra, es como muerte o calvicie...”


La fotografía enseña a un Damian en toga abrazado de sus padres, con una cara de satisfacción, con alivio, su espalda parece ahora liberada. Varios compañeros de facultad estaban cerca, la mayoría extranjeros, probablemente ninguno se sentía tan enérgico como él, no tenían tantas expectativas, no tenían un plan.

Alguien se empezó a aproximar por las escaleras, Damian limpió sus lágrimas con las mangas de su camisa y rápidamente se ubicó en la ventana, apoyó sus brazos en el marco y empezó a fingir que contemplaba el paisaje una vez más, en caso que alguien decidiera entrar.

La puerta lentamente se abrió, y tímidamente se adentró la figura de la esposa del viejo.

    - ¿Mi vida?...¿Estás bien? - preguntó la mujer, con la voz entrecortada y suspiros de por medio, pero no hubo respuesta, mientras, ella concentró su atención en la mesa, vacía, con solo una carta en medio, y el resto de la estancia como lista para ser cerrada para siempre, eso la atormentó

    - ...Mejor que nunca – respondió tras el silencio

    - Pues no suenas muy convencido

    - No siempre hay que estar convencido de lo que hacemos, simplemente saber que es lo correcto

    - Si no estás seguro de la decisión es mejor no tomarla, los sentimientos son humanos no son cosa de avergonzarse, el miedo, la inseguridad...

    - ¡Dios mio mujer! No he llegado a donde estoy deteniendome a leer mi corazón, los sentimientos no me dan respuestas, no me dan patrones, solo han conseguido desviar mis ideas peligrosamente, las decisiones más importantes se toman con la cabeza fría, ¡Al diablo el corazón!

    - ¿Solo en eso piensas verdad? En objetos, en cosas, en teorías, en libros, en pensadores, en tácticas. No estás mejor que nunca, al contario, pareces llevar mil pesares encima, no eres feliz, observa tu mundo, tomando decisiones “prácticas”, sacrificando todo por otros y olvidando de tu propia salud emocional. Lo correcto no es solo lo que los intelectuales aprueben, sino lo que tu corazón acepte y concienta...deja de ver todo como un fenómeno por analizar, mira el mundo como un lugar para disfrutar, para sentir. No por haber cumplido tus pragmatismos eres ya inútil.

    - ¿Y qué quieres que haga ahora? ¿Que me siente todo el día a ver televisión y a charlas con esos pretenciosos que se hacen llamar amigos míos rodeados de copas de brandy? ¿Que pase todo el día en la Asamblea peleando por cuanto problema surga?

    - Contigo no se puede razonar, te has convertido en un viejo terco, no eres el mismo...pareces un sacerdote, vives por una causa que no es la tuya, una vez satisfechos los otros eres un artículo dispensable, te remuerde vivir, te duele sentir, la terquedad te imprime culpa.

    Indignada la mujer dio media vuelta y se fue, casi corriendo, con la cara entre las manos y reventada en llanto, conocía de pies a cabeza el plan de su esposo, el le permitió siempre leer sus diarios. Nunca tocaban ese punto en específico durante sus conversaciones, ella no quería ni imaginar cuando el arrebataría al mundo de su presencia.


El marco de la ventana cedió ante la presión del puño cerrado del viejo, que no podía sentirse peor en ese momento, se astilló un poco. Defraudó a la mujer que amaba a costas de evitar sus miedos, pues si, le remordía sentir remordimiento.


Pero era un hecho: Ni la más ardua planificación psicológica logró convencer a algún valiente de consumar su deseo, inclusive se armó con un revolver y una cápsula de cianuro, por si se diera el caso caso de un colaborador decidido por atormentarlo mucho y hacerlo vivir su muerte. Pero no sucedió, para tranquilidad de su amada, la cual no podía dormir cada vez que a su esposo se le ocurría una nueva forma de incitar a algún loco para darle punto y final a su camino.


“Jueves 6 de mayo del 2038.

Las canas me atormentan, verme al espejo y notar las líneas de expresión, la falta de pelo, y mis ojos ligeramente blancuzcos, no hacen más que despdrender la esencia de mi vida, mi cerebro aún funciona magníficamente, pero hace mucho ya vengo en decaída. 48 años, es mucho, siento su peso, sigo sin ser anciano, aún puedo tomar una bicicleta y dar un buen paseo, pero no es lo mismo...no es lo mismo.

En todo caso, algo me llena, soy feliz, mi nombre ahora es referente de cambio, mi nombre es conciencia, y este retumba en cada rincón de la sociedad, mis tesis lograron mucho, esas canas no son en vano, me las merezco, son casi un título de noble conjugado con muchas otras cosas, gracias Damian, por existir.”


La imagen mostraba al viejo en un podio, mucha gente estaba alrededor suyo, y al parecer un mar de gente frente a él, era importante ahora, sus expectativas y sus ansías habían empezado a concretarse.

Su misión había terminado, relativamente, al menos lo suficiente para llamarla satisfecha. Estaba ya enfermando, meses atrás había sufrido un infarto, su más grande temor estaba acechándolo, y el no permitiría que sus días culminaran en un cuerpo senil, deteriorado, incapaz de ser digno de las glorias de los buenos días.


El quería sentarse a leer página por página de los diarios, aunque no quería excederse, no permitiría vivir la variante de echar marcha atrás su destino y vivir uno aún peor, uno incierto regido por el caos de la naturaleza.


La taza de té ayudó a calmar un poco el tono de las tribulaciones mentales, hacía horas no hacía más que caminar a paso lento, pensando, urgando en las profundidades de sus memorias, ya era hora, la culminación de su mundo había llegado.

Hizo un verdadero desorden rebuscando entre sus diarios, uno específico, el cual abrió en una página y puso al lado de la carta. Después se dirigió al escritorio, se quedó inmóvil unos segundos. Su mano temblando entonces trató de abrir una gaveta a la derecha del escritorio, pero estaba con llave.

    -Demonios, ahora donde dejé a esta desgraciada

“¿Qué importa la fecha? Igual coincidirá con el día de mi muerte...

Solamente quería despedirme, los amo. Usualmente las responsabilidades más grandes eran las que tenía hacia terceros, pero hoy, la tarea inexorable, inevitable, es la que tengo conmigo mismo, perdón, pero creo que verme postrado en una cama es peor castigo que este familia, de verdad los amé toda mi vida, fueron el motor de mis últimos días”


Así rezaba escuetamente la carta, escrita a mano, las gotas de dolor bañaron el papel, el no lo quiso corregir, pensó que eso ayudaría a dar una mejor idea cuanto quería su perdón.


Tras un rápido vistazo encontró la llave en la bolsa del pantalón, y prosiguió a abrir la gaveta. Su revolver estaba allí, esperando a su amo darle la última orden.

Se paró en medio del estudio, encima de la alfombra, apuntó el arma a su sien.

    -Adios, juego asqueroso que te haces llamar vida, al fin develaré tu más grande secreto, no lo podrás ocultar más. Adios vida, adios todo, fue interesante la mayoría del tiempo.


Luego de sus últimas palabras, procedió a martillar la pistola. El ensordecedor estruendo dio paso a un silencio desolador. Sus “ideas” se esparcieron sobre el librero y el piano, salpicándolos de sangre y sesos. En el piso de abajo, solo se oía el incontrolable llanto de su viuda, desconsolada.