domingo, 20 de junio de 2010

Desinterés inducido

A penas alcanzaba su mano izquierda a rascar la piel bajo el grillete de la derecha. las cadenas eran cortísimas y el escozor generado por el sudor que emanaba su cuerpo dada la infernal temperatura de esa celda lo tenía loco. Estaba famélico, sentado sobre el cemento musgoso por la humedad del piso, contra la pared de ladrillos ennegrecidos de añejos, donde se filtraban aguas estancadas y apestosas.

Se decretó un silencio incomodo. Aunque se oían tintineos de cadenas y gotas de agua, tal vez alguna rata chillando ocasionalmente. De vez en cuando había contacto humano, cuando se podía escuchar la tos seca y enfermiza de algún colega prisionero, o el llanto recurrente y desgarrador de otro. Casi como si los pocos ruidos que se suscitaban fueran veneno para la esperanza…y así, Martín prefería el silencio incómodo, pero inocuo de realidades grotescas transportadas por sonidos reprochables.

Él trataba de resistir ese vórtice interior que drenaba sus energías y dejaba su cuerpo casi inerte, débil e incapaz de moverse con fluidez, que imponía toneladas de peso sobre los párpados que sólo podían cerrarse para capitular a la muerte. Su poca fuerza con costos bastaba para alzar forzosamente su mano derecha, y con ello constatar las casi nulas fuerzas remanentes y el enorme trabajo que tomaba. Su mente en cambio, contrastaba enormemente a lo que el petrificado y pálido cuerpo expresaba: estaba maquinando miles de cosas, ideas, memorias, todos ellos prendiendo brasa a los amagos de ira que retorcían el estómago, sustentados por ese arrepentimiento que siempre se sucede después de saber que el infierno vivencial de la celda pudo haberse evitado con menos negligencia de su parte. Las secuencias del pasado, como fotogramas que recababan en las situaciones que fueron comprando su tiquete de entrada a la actual reclusión ideológica. ¿Ideológica?, el enojo hacía si mismo se triplicaba con esa palabra. Quería tomar las imágenes congeladas y reinterpretarlas, y lo hacía. Cerraba los ojos, fantaseaba con diálogos y gestos que hubieran cambiado el rumbo de sus decisiones, alejándolo del punto de no retorno.

Si, si, te compro ese periódico… Ok, yo llego a la reunión, ¿es en la librería Nuevo Bolívar, eh?... ¿Cuándo era la manifestación?... Si, bueno, escondete en mi casa, que los milicos no te encuentren… y la fantasía continúa.

¿Por qué dejó que el repudio lo dominara cuando veía a Jorge venir en sandalias y boina? ¿Y esa barba, se la dejó crecer?. En el liceo Jorge no era así, pero resulta que se hizo militante. Su vida siempre transcurrió alejado de las categorías políticas. ¿Qué el capitalismo yankee voraz tiene tentáculos en el parlamento? ¿Qué el presidente era un reformista de mierda, que le capitulaba a la burguesía imperialista?. A él no le importaba, su vida transcurría en paz, y las cosas son así, es el orden natural y sus periódicos y protestas no iban a cambiarlo. Para Martín simplemente Jorge era de esos que criticaban y criticaban y no hacían nada por la vida. Así pensaba, eso dijo, y de tal modo actuó…como deseaba haber escuchado las voces de alarma.

Ni cuando llegó la dictadura militar acató a suponer que algo malo podía pasarle. Continuaba indiferente. Eso es política, yo no me meto en eso. Nada más no te involucrés en más cosas de zurdos y no te van a desaparecer. Olvidate de esas cosas Jorge. No me vas a convencer de ir a la guerrilla; mejor me quedo acá y nada me va a pasar.

Y comenzó la represión…No, en mi casa no te podés quedar, perdón, pero no puedo. No supo más de Jorge. Y prefirió no nombrarlo más. Hasta el día en que los encapuchados lo sacaron de su casa, por supuestos vínculos con grupos de ultra izquierda anarquista. ¿Y si hubiera sido consciente de esa realidad? ¿Hubiera podido escapar a otro país? ¿O tal vez le podían dar asilo político en otro? ¿Y si simplemente nunca hubiera conocido a Jorge?

Tantas películas mentales terminaron por agotarlo, y se desmayó. Eventualmente despertó, con la espalda adolorida pero algo conmovido por su descanso. Trató entonces de recordar algunas palabras e imágenes de su ilusión onírica; después con ella hiló algunas ideas desesperadas, y su cara dibujó una sonrisa anémica y reconfortante. Sintió que su pecho se desinflaba y las angustias se alejaban de a pocos. Soñó con las últimas palabras que le dijo Jorge: Sos un burgués, un facho, sos una mierda tan apestosa como esos milicos, sos un residuo del sistema. Nada nuevo, siempre le reclamaba de ese modo: Jorge cuestionando el tejido personal y moral de Martín, lo atacaba y lo injuriaba si no aceptaba de rabo a cabo las ideas que recién había leído de un texto de Bakunin o Kropotkin. ¿Cómo podía Martín culparse por no haber escuchado a un fanático, que solo acataba a insultarlo y explayarle peyorativos políticos, ante su incapacidad de convencerlo? ¿Era esa forma de revelarle su verdad absoluta, pisoteando su mundo y los pocos criterios que tenía sobre la sociedad?. Decidió entonces que hizo lo que pudo, que Jorge predispuso las condiciones para la incomunicación, y ese encierro que precedía a la muerte, era sólo una consecuencia fortuita que se salía de sus manos, producto de una relación infructuosa con un tipo que envenenaba su propia causa y la percepción de terceros. No es su culpa…no lo es…no lo es…es de Jorge…si, de Jorge.

Así, las reconstrucciones de las fantasías se tornaron en búsquedas incesantes de excusas para librarse de culpa. Pero hasta cierto punto no dejaba de tener razón: un muro infranqueable se había tajado entre Jorge y Martín, uno que los hacía hablar lenguas distintas, ver colores distintos, atender razones casi opuestas. La vena que resaltaba en la cabeza de Jorge siempre que discutían, se hizo titánica. Él siempre preguntaba por la organización a la que pertenecía fulano o zutano, y cuantos años tenía militando, no podía simplemente verlo a los ojos y charlar, descubrirlo. Únicamente sabía navegar entre sus etiquetas políticas -rescató Martín de una de sus reminiscencias.

Los pasos de varios carceleros aproximándose justificaban el acelerado latido del corazón del desdichado prisionero. Cuando por las rejas de la puerta de su celda vio las lustradas botas negras de unos tres hombres, supuso que ya no había más camino que recorrer. Abrieron la celda, lo levantaron, y se lo llevaron al patio trasero, al paredón.

domingo, 16 de mayo de 2010

Contradicciones de la Unidad y Cero a la Izquierda

Sintonizados en distintas frecuencias, se levantan trabas conceptuales, visiones de mundo que no les permite relacionarse realmente, comunicarse dentro del mismo marco de acepciones. De su lengua brota el mismo idioma que aprendieron de niños, pero sus corazones se desviven por distintas pasiones. Sus cuerpos podrán compartir espacio físico, más sus almas se encuentran en dimensiones indeterminables la una para las otras. Así se fundamenta la distancia emocional gigantesca que se taja entre el hombre que camina entre las piezas del ajedrez y las fichas mismas que con descreimiento observan al tipo, el único en ese tablero bicolor capaz de romper con el blanco y el negro, esgrimiendo colores ilógicos y desconocidos para las figuritas de plástico barato (algunas, de otros tableros, serán de mármol o de ébano, pero siguen sin conocer otro color más que el propio o el antagónico, más los matices, violatorios a sus dogmas, no son aceptables, perceptibles, apreciables). ¿Camina por sus propios medios? ¡Oh si¡, otra bofetada al sentido común que rige para el juego, dado que ninguna figura es capaz de moverse sin que una conciencia aparte, una determinación independiente a la figura en cuestión, decida darle rumbo; pero él podía arrogarse el derecho de hacerse camino al andar, haciendo gala de sus colores, escandalizando al mundo de las torres, los peones y los alfiles (cuyas funciones y atribuciones en el tablero distan y difieren formalmente, pero en el fondo no son más que estáticas piezas de un juego, de cuyas reglas jamás podrán escapar).


Él trata de hablarles, hace una pregunta, espeta un saludo, y en el mismo español que pronunció el hombre responden las piezas, pero sus respuestas son inverosímiles, y las palabras que profieren no satisfacen el mensaje original, algo así como si las mentes no lograran establecer comunicación real, como si sus contextos, sus sentidos, sus pronósticos del mundo, sus vidas, fueran incapaces de relacionarse profundamente, más allá de una diplomacia formal, que con costos podía entablarse. La desesperación comienza a invadir al peatón detenido en el centro del tablero, pues, su tan humana sed de gente, de vivas conversaciones, de roce social, se ve insatisfecha ante esas figuras deshidratadas, secas, carentes de los fluidos del alma. Pronto, las fuerzas motoras externas, en pos de sus intereses, comienzan el juego. Adoctrinan al blanco a odiar al negro, y le atribuyen cada mal del mundo, y viceversa. El caballo blanco se come al caballo negro, se regocija con su sangre, sin tomar en cuenta que sus coincidencias, toda su forma, su biología, su estratagema de batalla, sus movimientos, son iguales, y lo que los separa es tan solo el color del plástico que los forma, material químicamente equivalente en ambos. El hombre no comprende el objetivo de la partida, pero se siente atrapado entre criterios encontrados; los negros lo acusan de blanco, y los blancos lo apuntan con el dedo y le culpan de ser negro (el daltonismo psicológico no permitió hacer cabida en sus estrechas mentes para lograr identificar otro color, sus lecturas sobre otras fichas sólo podía variar entre blanco, negro, alfil, reina, etc. Si de primera entrada no calzaba, pues se le forzaba dentro de algún esquema pre establecido, pero que jamás podría contener al espíritu indómito del humano). La lucha poco tiempo después culminaba, toda librada dentro de los términos pactados tácitamente por las voluntades superiores y exteriores, e impuestas sobre los demás. Era increíble para aquel hombre ver a cada ficha cumplir estrictamente los lineamientos en cuanto a sus movimientos, como cada uno aceptaba, a veces melancólico, a veces no tanto, el papel que se le asignó.


¡Jaque¡, un rey murió. A él no le importa cuál, el resultado será el mismo: se reacomodarán las fichas en sus posiciones iniciales, y la danza macabra, la fingida batalla comenzará de nuevo, y él seguirá atrapado entre inertes figuras del ajedrez ciegas y con un velo que no les permiten existir o ver por fuera de las reglas, que se baten día a día en una coreografía ajena a sus voluntades; tampoco son capaces de comprender lo que de aquella esencia, la del hombre, emana,. El inerme humano interpuesto en un rompecabezas que no le corresponde sufre las consecuencias de ser el enemigo de todos, dada su incapacidad de volverse ficha. Será por siempre el extraño del tablero, el que con sus pies se mueve libremente sin respetar los cuadros, sin miramientos por los turnos o el tiempo. El que puede configurarse fuera de los dominios de los invisibles dedos que hurgan, ponen y quitan, en las entrañas, el sentido común y las ideologías de los trozos de plástico anulados del mundo fantástico, condenados a no sentir el viento en la cara, a no conmover sus fibras con las más sublimes melodías del violín, a no plasmar con la pluma los nervios, las penurias o los amores, a no llorar con el recuerdo nostálgico del pasado, a no emocionarse con los planes utópicos del futuro, ni a desentrañar e interiorizar los placeres vivos del presente. Y entonces el hombre miró al cielo, extendió los brazos y comenzó a gritar, a cantar, a llorar.

lunes, 12 de abril de 2010

La tinta se hizo bilis

Con sonrisas benevolentes los tiranos nos fueron despojando de todo aquello que con sangre forjó el pasado, mientras nos contentábamos con sus canciones de cuna, nos calmaban sus dientes pelados prometiendo progreso y cultura. Y para cuando despertamos, la sonrisa en sus caras era ahora un goce diabólico, el delirio orgásmico que sentían al ver el cuerpo desnudo de un pueblo muerto de frío, que no le quedaba nada, ni la capacidad de pensar, de actuar, de criticar. Únicamente poseían sus manos callosas para ser esclavizadas, y así cavar más profunda su tumba.

lunes, 22 de marzo de 2010

Derecho Fetichizado

El mito se oficializa y se aplaude, el festival se inaugura.

Se recuerdan con nobleza los helénicos progenitores

y las copas de vino, champagne, whiskey y brandy

tintinean al son del brindar de futuros contendores ficticios.

Pactos tácitos, tratados de guerra inofensiva.

 

Otros en tanto, esperan al final del festín,

prometen lealtad y el sol les brilla.

Sus platos rebosan con fétidas sobras,

las larvas se retuercen entre los huesos de pollo

y los inferiores sirvientes se lanzan con furia sobre su botín,

sanguijuelas clientelistas de la trama más magnífica,

del engaño más grande…

 

Masificados fetiches de representatividad

legan a los Muchos la capacidad de hundir la mano

dentro de un pozo de aguas purulentas

donde las nefastas pirañas devoran los dedos

de aquellos que labraron la comida de su fiesta,

y aún así ostentan el descaro de decir:

Derecho sagrado la patria nos da.

 

Los colores se instalan en las banderas de las casas

y cifran frases prototípicas que repiten y repiten,

oraciones de cuatro palabras, como manifiestos ideológicos

que invocan mundos de ilusión y brillante porvenir,

demagogia que apela a la falta de memoria,

clavos atinados en los nervios del civil.

 

Terrorismo de estado.

Facetas antagónicas.

Negación personal.

¿No te da verguenza mentir?

¿Con qué cara hablás de equidad

de justicia, de progreso y de honestidad?

Cuando atrás están los financistas cobrando la campaña política.

Cada palabra del discurso es histrionismo puro           

 

 

Piraña A o piraña B. Escogé el dedo que te van a devorar.

Deshacete de las ilusiones de empoderamiento popular.

Si te encaminás al congreso, rezagados los ideales van a quedar,

conforme te acercás a la meta, apesta más el pantano,

se cansa el puño izquierdo en alto, y los colmillos brotarán,

las escamas también, será el escudo que te aislará del mundo,

el mundo real, que defraudaste y quedó atrás.

jueves, 18 de marzo de 2010

Asfixia Espacio-Temporal

El aire está más ralo que nunca,

los pulmones quedan insatisfechos,

del mismo modo que los ojos lloran daltónicos

ante la eterna pintura que se cierne y se ciñe

sobre su vista cansada

que apela por un dinamismo surgido

de los vientos acarreadores

 

Esos nutrientes son ahora inertes,

por última vez los árboles perdieron sus hojas

y la realidad azota en forma de calor apabullante,

de extrañeza ante la realidad espacial

del gris deshidratado, descascarado

con el que se tapiza

las paredes de la cotidianidad

del petrificado panorama,

a penas violentado por unas cuantas nubes

irreverentes, como los destellos de aquel hombre

 

Quiere escapar, volver a sentir, volver a ver,

redescubrir las texturas básicas de los universos

inmensos que siempre supo pero no tiene.

Reconstruir las conductas más básicas

en un nuevo marco de experiencias

que exciten los balbuceos en su pecho

y los convierta en gritos estremecedores

de cielos multihemisféricos

 

La esfera que contiene hasta entonces

todo su ser, está a punto de ceder.

La presión del ego que lucha por salir,

y el gigante finalmente maduró.

No pertenece más a ese mundo

donde las cosechas son insuficientes

para mantenerlo lúcido y en pie.

 

Por el cenit huyó, y dejó atrás

esa burbuja diminuta, descascarada,

decadente, mohosa, insuficiente.

Ahora navega entre espectros

de infinitos sentidos sinestéticos.

Ni olores, ni sabores, ni colores.

Todo es lo mismo:

Una sensación holística que rompe fronteras

Hila el tejido del universo y le da sentido.

Comprensión individual a través de la comprensión global.

 

 

martes, 12 de enero de 2010

Obsesiones Macabras

El sonido de los bloques de piedra hacia de banda sonora al meditar del hombre sentado en su banco ornamentado con dragones chinos y polvo de oro; un recuerdo lejano en medio desierto árabe, habitado por pequeñas dunas y casas cúbicas de terracota. La luz de la antorcha bailoteaba sobre su cara morena, cambiándole de tamaño la nariz constantemente, desapareciendo y creando arrugas en su turbante, delatando con el brillo los anillos en sus dedos, de oro, plata, y materiales insignificantes para el esclavo a la par suya, quién estaba un poco sorprendido por la presencia de su amo, al cual sólo había visto unas decenas de veces dándole órdenes al capataz, pero jamás tan cerca como para oír los gemidos de su interior. Los ropajes de seda y bordados artesanales, vistos bellísimos sobre el cuerpo ligeramente obeso del privilegiado amo, contrastaban con la túnica percudida, llena de hoyos, sudada y deshilachada del esclavo, que apilaba la estructura de un jardín elevado para la villa.

Aún con la extrañeza de la presencia superior el sumiso trabajador prosiguió levantando el pequeño muro de piedra, solo, sin ayuda de nadie más. En tanto, el otro hombre extendió una yesca hasta la antorcha y prendió una pipa de piedra que recién sacó de su bata. La inhaló un par de veces y la puso en sus regazos. Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a renegar murmullos, luego lanzó un suspiro cargado con denso estrés. Sacó de su bata una hoja de pergamino y, mientras fumaba otro poco de la pipa, lo leyó. Tras cada párrafo hacía una mueca distinta, pero todas destilaban un intenso dolor, súplicas por piedad, una explicación, una salida. Sin terminarla, guardó la carta, para no hacerse más daño. Se acomodó mejor en la silla, jaló intensamente la pipa y, como para distraerse, enfocó toda su atención al cielo. Trató de relajarse y su meditación se prolongó por varios minutos.

Las actividades de ambos hombres no tenían nada en común excepto el lugar dónde se llevaban a cabo, más aún así parecían estar funcionando en distintos niveles de existencia, puesto que la presencia de uno poco afectaba al otro.

Pero al cabo del tiempo, y con la misma mirada, de alguien ido del cuerpo, navegando entre los sabios astros en busca de una respuesta a sus preocupaciones, el alcurnioso señor se dirigió a su laborioso obrero, como si fuese a hablar con el mismísimo Sirio.

-¿Cómo te llamas? – inquirió, con un tono altivo.

El alto esclavo rápidamente examinó con sus azules todo el alrededor, ligeramente afligido por no haber advertido a ése a quien su amo le preguntaba el nombre. Después se atemorizó un poco al no ver a nadie entre las palmeras y la arena y creyó que tal vez había un ente sobrenatural cerca, pero después se percató de que tal vez la pregunta era para él. En ese momento colocó una piedra embarrada de estuco y dijo:

- Poco creo que le importe mi nombre, si es que a mi me pregunta. En todo caso, soy Amir, o al menos así me llaman desde que llegué aquí.

El hombre de finas sandalias y dedos regordetes retiró su mirada de Venus y volcó su atención sobre su tímido compañero de plática, quien no paraba de bregar ni para contestarle al dueño de su cuerpo y destino. Y aunque sus brazos se veían algo lastimados, y su corazón estremecía fuertemente en el pecho, su actitud no parecía ser la de alguien forzado a llevarse al límite.

- Mucho gusto, Amir, que, por lo que veo, no es el nombre que tus padres te dieron, después de todo tu apariencia te delata de otros rumbos. Me llamo Abdullah. He venido a este lugar para encontrar sosiego a mis pesares pero para mi sorpresa me encuentro con un esclavo trabajando en medio de la noche, realmente me sorprendes Amir.

- Sinceramente señor, no debería sorprenderle, puesto que no lo hago, con todo respeto, en honor a usted y su magnífica obra. Es un asunto de menor importancia. A la hora de dormir me vinieron fugaces imágenes de mi antigua esposa, pero me parece innecesario sufrir por un alma que descansa tranquila, y que ha desvanecido de su cabeza esa duda incesante sobre el significado de la muerte. Entonces, para retomar mi felicidad me sumerjo en alguna actividad, en este caso, su jardín.

Algo de aquello que dijo ese hombre se tornó inconcebible para el gran noble, emoción que expresó levantando su gruesa ceja derecha. Nunca antes había sabido de alguien encontrando felicidad en el trabajo manual, mucho menos cuando sus frutos no serían para sí mismo sino para otro, alguien que le robó la libertad, lo compró como si fuera una cabra y lo expuso a incesantes horas de sol abrasador. Precisamente la posesión de ése por aquél era una declaración de aversión al trabajo y egoísmo.

- ¿Un esclavo feliz?. Yo siempre imaginé su estado como el peor castigo, algo que jamás le desearía a nadie. Admito que algunas veces me he detenido a pensar en lo que sería si eso me llegara a pasar y me dan escalofríos con sólo pensar en no ser el que dictamina mi propio destino. Pero henos aquí, tú eres feliz en el vaivén de piedras y mi mundo se derrumba como la arena que escapa entre los dedos. ¡Miren todos!, Abdullah, Señor de muchos títulos está al lado de un esclavo clamando por ayuda. Será, Amir, ¿posible que tengas palabras de aliento para mi alma?, después de todo tu tono de voz suena cargado de experiencia.

- Pues de un esclavo poco puede esperar. Pero, ¿qué es aquello que ronda maliciosamente por su mente?

- He tomado malas decisiones, gracias a la avaricia…¡y es que ¿quién imaginaría que tantas caravanas serían enterradas bajo la arena?!, bueno, pues todos, igual decidí aventurarme a traer mercancías a pesar de las claras señales de tormenta. Todas mis monedas de oro se han ido en vano, puesto que compraron telas y artesanías que ahora están enterradas en la arena, rodeadas de cuerpos podridos de camellos en quién sabe dónde. Le prometí al Emir las más exquisitas decoraciones para su palacio en tiempo de escasez, aposté toda mi reputación retando las palabras de advertencia de los otros comerciantes. Me vi obligado a vender camellos y esclavos con tal de subsanar mis deudas. Una de mis esposas me ha dejado, un poderoso amigo mío canceló el compromiso que tenía con su hija y acabo de leer una carta de un prestamista cobrándome una nueva deuda y no tengo dinero para pagarla. Cada día son menos los que visitan mi hogar para fumar y hablar de negocios y de la vida. Pero son muchos los que vienen a preguntarme si subastaré alfombras o piezas de oro. Ya no sé qué hacer con mi vida. Todo se me fue de las manos.

La incomprensión ahora era mutua. Para el esclavo era inexplicable como alguien podría carcomerse las entrañas con odio hacia sí mismo por no haber tenido más dinero para pavonear en las caras de los demás o atraer esposas cuyos nombres con costos recordaba. Para él no había nada que administrar, ni el hambre, ni las ganas de ir al baño, lo concerniente a eso era decidido por los capataces. Sin poder dirigir ni siquiera su cuerpo, sólo le quedaba la mente, más en todo caso le era totalmente inútil, así que eso de tomar decisiones, y aún más, acarrear consecuencias y dolor por ello era una cosa que le costaba comprender. Ya hacía mucho se le había olvidado como opinar y dar consejos, aún así sentía la obligación de ayudar a su amo en su penuria.

- Mire señor, usted tiene comida, tiene ropa, tiene el amor de varias mujeres. Tiene la vida resuelta, poco tiene que hacer para sobrevivir los años que le restan de vida. La congoja en su caso está de más.

- Oh, esclavo, tú no entiendes las dinámicas de la vida. Poco me faltaba ya para agregar un título más a mi nombre, ahora solamente he hecho el ridículo, y no he logrado subsanar mi estancamiento económico.

- Oh amo, si que las entiendo – dijo el esclavo.

Finalmente paró de trabajar, y se tiró sobre la arena cerca de su dueño. Miró a lo alto del cielo y por un par de minutos parecía buscar algo en éste.

- Mire, esa estrella. En Europa, de donde vengo, la bautizaron con mi nombre. El astrónomo de mi corte la catalogó. Yo era el señor de vastas tierras, hace tanto tiempo, que poco recuerdo, y más bien, desearía erradicar esos pensamientos de mi cabeza. Fueron tiempos oscuros, de sufrimiento. Al igual que usted yo dedicaba muchos días de mi vida a planificar como hacer crecer la montaña de oro; creía que sólo de ese modo podría expandir mi horizonte y mis goces, pero realmente, la satisfacción siempre transitó de lejos. Un desasosiego insistía en alojarse en mi almohada; sacaba sus tentáculos durante la noche y atrapaba mi cabeza en sus desilusiones y pesadillas. La noche: el momento en que mi mente dormía de las compulsivas planificaciones y tomas de decisiones. Poco a poco los cabos comenzaron a atarse, casi por un instinto de sobrevivencia, de otro modo me hubiera vuelto totalmente loco. Me dí cuenta que los amigos no eran tal, sino maniáticos que llenaban mi piso de babas fantaseando con mi trono, mi mujer, mis títulos. La inteligencia me legó la habilidad de ver detrás de los rostros las calaveras diabólicas llenas de odio. El poder sobre mis hombros logró atraer a los más mortales enemigos, que sonreían y brindaban en mi salón. El amor me tatuó torturas insubstanciales, en muerte y vida de mi esposa era imposible armonizar el afecto. A fin de cuentas era prisionero de mis ambiciones, había alcanzado todo, pero en la cima sólo cabía uno, y los elogios se transportaban sobre ráfagas que hacían a botarme, como si la hipocresía materializada me empujase al son de vítores. En todo caso, así era mi vida, y creía que podría sortearla hasta el día en que alguien me librara de ello, tal vez ahogándome o con el sutil beso de la daga. Pero para mi gran desgracia nunca previne que las raíces de todo esto alcanzarían a mi esposa, y un día simplemente amaneció envenenada. Sospecho que la asesina fue la hija de un noble que siempre trató de meterme en la cama. En todo caso, ya sin oídos sobre los cuales desahogar mis lamentos decidí escapar. Unos piratas en la costa me secuestraron y me vendieron como esclavo, poco recuerdo de eso, solo sé que para mi ellos tenían alas de ángeles. He de confesar que estar enjaulado en una caravana camino a esta villa, distaba poco de aquel ambiente hostil, dónde finalmente igual me encontraba solo, pero sin peligro de muerte. Ningún interés recae sobre mi anonimato, y no me hace falta ningún lujo real. Sinceramente eso de la libertad está sobrevalorado. Es una obsesión humana sin sentido, como el poder, la vida eterna, la inteligencia, el amor: nos juzgamos por cuánto de ellos poseemos y vivimos persiguiéndoles, pero si realmente las alcanzáramos nos daríamos cuenta de que su grandeza es sólo tan grande como los telones que se dejan caer para develarnos la escoria que en realidad yace en las almas de la gente. Por otro lado aquí, el plato de comida siempre estará en la mesa, y mis cavilaciones se restringen a nada. El trabajo me complace claro, después de todo me mantiene ocupado y me prohíbe resucitar las torturas que viví cuando mi sangre era azul. Le ofrezco mis cicatrices emocionales para ayudarle a meditar.

El rostro tosco del semita mostró una estupefacción completa. Sintió como su desesperación extrema deformó la realidad hasta traer a sí una respuesta inesperada viniendo de alguien aún menos esperado. Hasta cierto punto sintió miedo. Pero se dejó ir y amasó en sus manos la luz que recién bajo del cielo hasta sus manos. El esclavo se levantó, aún mirando a la cara de su amo, y continuó su trabajo.

- ¿Es que acaso me estás recomendando huir y dejar todo de lado? – preguntó el señor árabe, como quien le pregunta a alguien de sabiduría superior, a una autoridad, ignorando el hecho de que se dirigía a un costroso esclavo que no se había bañado en días.

- No, solo digo que yo huí y dejé todo de lado. Pero si le recomiendo que aleje ese cuchillo de su garganta. El poder nunca viene gratis, y por cada cosa buena que usted ha vivido gracias a él, otra mala vendrá a buscarlo, y entre más alto haya subido, más dolorosa será la caída.

- Gracias Amir, tu consejo será recompensado.

Y Abdullah se levantó de su silla, sacó el pergamino que detallaba una serie de cuentas pendientes, y la hizo arder en la antorcha. Después, se retiró y se perdió entre las sombras.

Pocas semanas después, Abdullah lanzó un banquete al que asistieron figuras importantes del emirato. Los que no sucumbieron al veneno, si lo hicieron con las llamas. Nadie supo qué sucedió con él, si se dejó hundir con todos los demás, o si huyó lejos de ahí.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Inexpresividad

El silencio sepulcral era el ambiente de cultivo perfecto para cuajar las emociones en el aire. Se respiraba amargo, incómodo, expectante. La incertidumbre aumentaba la distancia que de pronto se tajó entre ambos jóvenes: uno con la cabeza en las manos, encubriendo con pasmosa ecuanimidad externa la tormenta de pesares que revolvía sus entrañas. Y ella, contemplando la silueta de su novio, con el corazón en la mano en espera de una respuesta; mas la indecisión del futuro padre nublaba aquellas fantasías de apoyo que imaginó en el mejor de los casos. Su más terrible miedo comenzaba a reptar por el cuarto . Sentía como los ladrillos se acumulaban en su espalda, la comenzaban a hundir y a deformar, pero nadie estaba allí para ayudarla.

Si bien sus cuotas de responsabilidad eran idénticas, las cadenas que ataban al inexperto y abrumado joven a cumplir eran más delgadas. La puerta del cuarto estaba abierta, permeándose la luz del pasillo, esa que iluminaba la salida, que podría liberar el oxígeno de su densa constitución, que le permitiría, irónicamente, ingresar a un claustro de negación pretendida como infinidad libertaria, así pues, tentaba a ser la cachetada que lo despertaría de la pesadilla. Mientras, ella aún se aferraba a ese hipotético abrazo que sellaría la unión en los tiempos más oscuros.

Sus piernas lo levantaron del piso donde se había sentado, miró por unos segundos el semblante vidrioso de su compañera, y partió hacia la luz.

- Buscá la forma de no tener a ese chamaco

- Pero Jorge, yo no sé cómo hacer esas cosas, se necesitan contactos y plata y me puede pasar algo. Yo lo que quiero es que lo criemos juntos

- Tengo que pensar en todo Mariana, dejame respirar. Mi mama está diciéndome que me salga del cole para poder bretear a ver si acaso pagamos las deudas. No puedo tener un carajillo a estas alturas, nos palmamos de hambre todos. Si yo no voy a poder terminar el cole con la plata que tenemos, un hijo mío no saca ni sexto grado. }

El cuerpo del joven cruzando el umbral de la puerta proyectó sobre ella una sombra, el único despojo de contacto que podría pretender del tipo en huida, lamentablemente, ese trastrocamiento poseía las características banales y frías que solo la sombra, como oposición a la luz, puede proveer, bastante antagónico a la calidez que esperaba ella.

En todo caso, la sentencia era un hecho. Habiendo él abandonado ese cuarto, no existía ninguna fuerza en la tierra que lo hiciera volver. Ni el masoquismo más extremo lograría lo que el amor no pudo. Nunca más regresaría para encararla, no mientras el dilema se cuajara en esa habitación oscura y silenciosa.

Desnuda en el baño se palpaba el vientre, tratando de dimensionar lo que sucedía en su cuerpo. Cuando se aproximaba a una idea concreta los escalofríos se enarbolaban en el pecho. Se veía de perfil en el espejo y casi juraba que ya tenía un bulto. Lloraba imaginando los dolores de parto, se torturaba descubriendo las palabras con las que le diría todo a su madre. Pero no podía vivir de lamentos, tenía que asumir la realidad que tanto le asustaba.

El ambiente del desayuno era definitivamente extraño, Mariana siempre hablaba mucho con su mamá sobre la nimiedades cotidianas, pero su boca ahora solo se abría para comer cereal. La señora, ignorante del tormento, le trataba de hacer conversación pero las respuestas de la hija eran monosilábicas.

- Mami tengo que contarle algo – anunció angustiada la adolescente

- Ay Mari, ¿qué pasó? – respondió extrañada la madre


- Es que creo que hice algo muy malo– dijo con la voz quebrada y solloza

- ¿Qué torta de jalaste ahora muchacha?

Mariana trataba de repetir aquel discurso ensayado, esa súplica por piedad recitada frente al espejo, pero los nervios la hicieron temblar de cuerpo entero. De repente sintió un frío tremendo y las ganas de llorar empujaban en la garganta, trató de apretar los dientes para evitarlo, pero no pudo, y reventó en llanto.

Inmediatamente la madre se levantó de la silla, se arrodilló a la par de su hija y la abrazó.

- Decime lo que sea mi amor, si es tan grave prometo no enojarme, pero contame – concilió la señora

- Mami es que…aquel muchacho Jorge, es mi novio y di, tuvimos sexo. La cosa es que llevo dos meses de atraso, tengo síntomas de embarazo. Ya hasta me fui a hacer una prueba en la clínica, me la dan el martes.

La mujer en el piso petrificó una cara de perpleja estupefacción por varios segundos, después dejó su cabeza caer sobre los regazos de su hija y el llanto sobrevino.

Las lágrimas comenzaban a empapar el pantalón azul oscuro del uniforme de la colegiala. Ella tomó la cabeza de su madre y la alzó, suficiente para verla a los ojos.

- Mami, perdón, se lo juro que yo no quería que pasara – rogó, casi gimiendo

- ¿Por qué no te protegiste? ¿Por qué?

- ¡Yo no sé usar un condón! Son carísimos y si se los pido a usted fijo me mata; nosotras nunca hablamos de eso. Me hubiera sentido incómoda mami. Y lo peor es que Jorge no va a hacerse cargo. No puedo con esto, mi futuro va a ser demasiado difícil. – confesó alterada Mariana.

Las lágrimas continuaron corriendo el resto del desayuno. La madre se sentó en la mesa a brotar lamentos y lloriqueos sin dirigirle la palabra a su primogénita, la cuál esperaba una respuesta tangible con la que supiera que ya podría darle vuelta a esa página. De todos los escenarios que se imaginó, ninguno correspondía al sufrir sin sílabas ni oraciones que se precipitaba contra la madera.

Eventualmente la joven abandonó la cocina. El frío de la noche hipotética le erizaba los pelos, y nadie estaría allí para prestarle un abrigo o para hacerle un chocolate caliente. La adversidad mostraba sus colmillos y ella estaba cocinada y lista en el plato. Amparada en la nada, abrazada por el abandono, alimentada por el rechazo, así fue a clases, sin inspiración para respirar ni parpadear.

El caminar le daba energías a su mente autora de tramas oscuras y dolorosas que apestaban a predicción. Se abstraía del entorno y en vez de las chozas fabricadas con láminas de zinc de su barrio, veía un túnel oscuro que restringía el resto de su vida, que la alienaba de todo lo terrenal para encerrarla en una rutina esclavizante. En la noche cuando dormía soñaba con un ese embrión flotando en su interior que poco a poco se transformaba en un niño de unos seis años, acostado en posición fetal sobre una cama de cartones y bolsas de basura, todo costroso y envuelto en harapos. Después veía a este mismo niño vendiendo chucherías en la carretera, aspirando cemento en un callejón, peleando con otros por un trozo de pan mohoso. Ella reconocía sus ojos en ese pequeño.

La llave comenzó a girar el llavín y la puerta se abrió. La madre de Mariana botó las bolsas que llevaba en la mano tan pronto vio el cuerpo de su hija colgando de una viga. Aún estaba viva, puesto que mientras se mecía miró con ojos casi desorbitados a su madre, para poco a poco ir cerrándolos. La inspiración nunca apareció en ese pasadizo infernal. El llanto sin fin volvió a resonar en las paredes de la casa. Finalmente, dejó de parpadear y respirar. El peso sobre sus hombros era tal que colapso y se hundió hasta lo más profundo del abismo.


- Aló

- Si buenas, ¿se encuentra la señora Sánchez?

- Con ella habla

- La llamo de la clínica en donde su hija se realizó una prueba de embarazo. El resultado es negativo. Lamento decirle que todos los síntomas y demás, se debieron a un embarazo psicológico. Lo sentimos mucho por todo.