domingo, 24 de octubre de 2010

Alienación Obcecante

Su mirada perdida delata que se ha sumido en aquel mar de signos y no puede entender el mundo sino dentro de los conceptos preconstruidos por un ajeno y dispuestos en su percepción como un lenguaje de programación que la hace útil, mas condiciona todos sus juicios, que tienen tintes de repetición, de usurpación convenida por el usurpado.

Algún ligero rechazo sufrido desde la sociedad la hace creerse distinta. ¿En qué difiere? Si en ella solo se encuentra mismo el apestoso hedor con el que se identifica al resto. Hedor tan distinto como el de quien muere alguien de viejo o por homicidio, vías distintas de sumisión al abismo, pero al final, el viejo como la víctima dejan de respirar, cierran los ojos, su piel se vuelve insensible como el cuero, dejan de ser, y en nuestras mentes no son sino un signo, una reminiscencia de lo que fue carne, hueso y sentidos. Pero a fin de cuentas ¿quién no ha sentido rechazo de parte de otros?. No por haber acogido el rechazo y el aislamiento como eje de vida se ha emancipado del mundo de las apariencias y el consumo, no ha dejado de ser una gota de aceite que lubrica los mecanismos de control. Aún así sigue creyendo que es distinta, que se ha salvado de ser una vulgar etiqueta (ni vistiendo de hippie, ni adorando a Satán, ni criticando con la copa de vino en la mano), pero no entiende que la gran modernidad se vierte sobre cada esquina, rendija y grieta, como un gas necio que se cree omnipresente, así pues para ella también hay lugar en el estómago de la bestia.

¿Eso es ella? ¿Una reminiscencia que optó por anularse y dejarse llevar por el torrente de almas perdidas?. Alma tan perdida, como el viejo o la víctima, igual de insensibles, igual de ausentes.

sábado, 2 de octubre de 2010

Imposición idílica

Detengámonos a contemplar la lluvia por un rato, tal vez allí obtengamos nuevos elementos de juicio para el análisis posterior; aunque las observaciones más primerizas poco ayudan a dilucidar la cuestión, y más bien acentúan la pizca de melancolía que amenaza con ahogarnos: Entonces, la lluvia no es sino una monótona miríada de elementos homogéneos que, por una decisión unilateral de la física de partículas, se condensó en miles de millones de gotas individuales que se precipitan contra el asfalto, contra el zinc, contra la tierra desnuda también; pero en el fondo no son sino extensión de una nube matriz que las condena a creerse multitudinarias y únicas, como los arrogantes copos de nieve, que dentro de sus delirios estéticos se ufanan de exclusividad, para finalmente ir y venir dentro de cuerpos acuosos. Hasta el rocío más gentil, contra su voluntad de terciopelo, se deja llevar por las emociones, y en algún momento de su vida tomará la forma de un granizo del tamaño (y el ímpetu) de un puño. Todos se engañan, pero no son sino elementos inalienables y englobados de la hidrosfera, de la misma masa cuyo factor común es la composición química, relación que las manejará caprichosamente sin que lo sepan, puesto que eso las condena a la sumisión de la ley de su tipo: siempre que haya sol se evaporarán, siempre que haga frío se congelarán, con la gravedad correrán hacia el mar, y demás imposiciones tácitas que a veces ignoramos. Así pues, el ciclo hidrológico aparenta regalarle ego al lago con más historia y fama, a la tormenta más violenta, al arrogante pero bello copo de nieve, sin embargo sus personalidades incipientes se ven enmarcadas dentro de ser simple y sencillamente agua, no aceite, ni arsénico, sino agua; así pues, cada una puede ser reducida a insulsas gotas (y no de rocío, sino de las vulgares, de las que no acarician las hojas de las plantas o las mejillas de los niños).

¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? Pues lamentablemente todo lo que me rodea sigue el orden lógico arriba expuesto, aunque al mismo tiempo, quisiera que todo eso fuera desterrado de mi vista. Sí, es correcto, las personas, históricamente determinadas en mi contemporaneidad, son reflejos del agua vital que en gran parte somos. Reflejos poco solemnes, igual de desesperados y con una percepción sobre la individualidad también de tergiversada: también somos parte de un todo pero nos hacen de creer que somos únicos a través de nuestros deseos. A fin de cuentas…mi astilla es una cosa muy mundana, y lo expongo a continuación.

Se me plantea inicialmente una dualidad dicotómica: me exigen tomar un curso de vida que sea mercantilmente viable, para poder indiferenciarme los demás miles pobres diablos que se ven compelidos a alquilar su voluntad, para impedirla, contravenirla, y ponerla a funcionar en pos de intereses externos a los propios, y convertirme en un ser deseable para otros, aquellos que pueden hacerme el favor de darme de comer, y al mismo tiempo, y de un modo más grotesco, reconocerme como persona, puesto que parece que el único tacto que puede identificarme en la oscuridad de la inexistencia humana, es aquel del choque agresivo entre pobres diablos compitiendo por una misma cosa, cuyos sonidos de guerra, sus arrebatos caníbales, son oídos por los generales que después decidirán si nos traen al mundo de las personas o nos dejan vagando en la dimensión de las ánimas. Aunque bueno, todo eso es relativo a la satisfacción de las necesidades más básicas de mi ser físico (como ya se sabe, atadas a una viabilidad mercantil laboral, para obtener así las migajas que llamamos salario, pase universal a los bienes de subsistencia), paralelamente, también tengo que mantenerme dentro de los paradigmas culturales, de género, etáreos, y demás, lo que se supone que debo ser, para así poder conseguir la paz psíquica, que se logra al no perturbar el decoro y el pudor de aquellos con los que me relaciono de algún modo, y con ello, no generar un caldo de cultivo para los dedos índices señaladores y las palabras enjuiciadoras que nos delatan como transgresores del orden establecido.

Pero al mismo tiempo, el otro lado de la dicotomía se manifiesta: se me reclama por ser conformista si no persigo mis magnas y altivas metas, si no trato de ser un objeto único dentro del mar homogéneo del que me obligan a ser parte para sobrevivir, o en el peor de los casos, se me juzgaría duramente por ser pobre y no tener fuerza de voluntad para acceder a las mieles del éxito. Se me hace sentir único a cada paso que doy, capaz, inteligente, hedonista, me proponen viajes a Europa, autos de lujo, la vida de un rockstar o por defecto, cualquier deseo que alimente la individualidad. Esta situación parece más ser un señuelo que una oferta realista, la máscara que utilizan para que nos dispongamos a las órdenes de la maquinaria que nos desgrana; esto nos comienza a indicar de qué manera, a pesar de presentarse como una dicotomía, tiene una raíz común, y simplemente posee dos caras distintas: la que vivimos y la que nos venden. ¿Raíz común?, pues sí, todo se remite a eso de vivir para otros (las migajas no son casualidad); en nuestra primera faceta de viabilidad mercantil, es bastante obvia la sumisión, mas en la quimera de las ilusiones y las fantasías de televisión, acarreadas por modelos profesionales, maquillaje y estudios de psicología del consumo, es un poco más difuso. Aunque todo comienza a aclararse cuando retomamos aquello de la paz psíquica que obtenemos cuando nos sometemos al hierro de las normas sociales, y así pues, nuestras necesidades (por cuya satisfacción nos esclavizamos a una rutina laboral) terminan por englobarse dentro de ese torrente de signos e imágenes, las cuales, si no son evocadas en nuestras acciones, si no las repetimos industrialmente, seremos castigados. Consecuentemente, el modo en que como seres humanos nos desenvolvemos, y el cómo configuramos nuestras metas, también será motivo de juicio externo…por ende, nuestros sueños e ilusiones devienen en sus utopías.

Claro, hay una forma de librarse de esta contradicción, al menos parcialmente. Será pues, sin chistar, acceder a regocijarse dentro de la enervante rutina laboral, dentro del esquema ético circundante, dentro del concepto de masculinidad (o femineidad, según el caso), practicando la religión dominante, etc. (aún siendo más castrante el trabajo, puesto que no solo compromete nuestras mentes y nuestras percepciones, sino que llega a enclaustrar al cuerpo y al tiempo, desdeñando nuestra calidad humana por varias horas al día). Es un tipo de masoquismo que, por supuesto, yo no practico ni entiendo; es la capitulación a la servidumbre (no tan) encubierta, a aceptar la supresión de la libertad real, y cambiarlo por toneladas de libertad aparente (y mediatizada). Tal vez acá nos demos cuenta que yo he enfocado este problema de un modo un tanto egoísta, puesto que la gran mayoría de los tristes mortales, no ven ninguna dicotomía, han optado por consumarse en los placeres superficiales que resaltan como única opción a la hora de llegar al hogar tras una larga jornada, de esas que disponen todas las facultades de una persona al servicio de otra, a la espera de algún beneficio residual, dando por un hecho la categoría moral de sabandijas que portan a cuestas, sabiéndose imposibilitados de acceder a los vinos y a las putas con las que sus superiores ejercen y materializan su posición social (aunque las corbatas de unos cuesten diez veces más que las de otros, siempre hay formas cada vez más extravagantes y desfachatadas de hacer valer). Y ya cuando en sus billeteras reside aquel beneficio famélico que obtuvieron tras besar el piso, tratan desesperadamente de lavarse el lodo que cubre su apellido criollo y su apartamento barato, cuyo motor es el afán de ser como los de arriba, ese es su impulsor: su inconformidad, la sistemática baja autoestima, implantado tras años y años de ver como le restriegan las hipotéticas y hedónicas quimeras, que poco a poco nos van desnudando sus propósitos homogenizadores y utilitarios.

Así pues, me niego a ser parte de ese individualismo truncado, ficticio. Solo rasga tímidamente las capas exteriores del alma, empero esta sigue sin ver la luz del sol, sin alimentarse, sigue sin oxígeno, y por ende, empequeñecida y ensombrecida. Que alcanza solo sonrisas fugaces, que se ven espaciadas por momentos de angustias para poder alcanzar de nuevo esas felicidades transitorias. Me declaro una gota que quiere dejar de ser agua, que sabe que ser el glaciar o lago es indistinto y falaz; aspiro a abandonar las coercitivas leyes de las personas, que funcionarán como destino, futuro y perdición para la mayoría. Pretendo no dejarme chantajear más por las amenazas de aislamiento y relegación, ni tampoco supeditaré mi vida a los deseos de aquellos con votos de consumo, capaces de disponer de mis esfuerzos. Esos terroristas que blanden sin asco los avatares de miles de negros muertos de hambre, mujeres arrodilladas con moretes en la cara, extranjeros vapuleados por la policía migratoria. O los desvergonzados que con una mano en la biblia (a veces para agregar peso divino a sus retorcidas palabras, otras para jurar contar únicamente la verdad sobre el banquillo de los acusados) me avizoran torturas infinitas en el infierno, pero que por otro lado, me prometen una vida eterna de gozo y gloria si me relego a una realidad ascética y frugal, si me arrepiento, perfecto complemento para poder soportar los embates interiores que suscita el ver a los jefes tomando vino y follando putas…la miseria del fracaso se mata con una ostia cada domingo. Tampoco me dejaré convencer por los que me dicen que tener como prioridad el crecimiento y prosperidad de este sistemita de engranajes que llaman economía, es la única vía para poder elevar la sacrosanta civilización al lugar primordial que se merece, y cualquiera que atente contra los valores de la nación y la democracia, será perseguido tal si fuera el criminal más atroz. Eso no es una vida, es una tregua.

miércoles, 14 de julio de 2010

El Averno

La noche era fría y lluviosa. Las gotas suicidas ejecutaban una sinfonía somnífera, que junto a la baja temperatura, se predisponían condiciones para un sueño plácido. Aún así, estaba sentado al borde de la cama, viendo por la ventana, admirando las ramas mecerse suavemente. Tal vez eso me podía tranquilizar.

Contrario a la lógica del entorno, no logré descansar mis párpados, algo me inquietaba, como un escozor, pero no estaba en mi piel, ni en mi cuerpo, simplemente algo no estaba en su lugar. Entonces hice a tomar del vaso con agua en mi mesa de noche, cuando sentí un extraño mareo, y noté el agua vibrar...¿será la inevitable verdad?. Oh, alucinaciones nocturnas tal vez…no, no era eso. Caminé hacia la ventana y sentí la misma frecuencia de mi cabeza vibrar en el vidrio. Abrí la ventana y una fuerte ráfaga de viento húmedo y gélido penetró en la habitación. Las trepidaciones de sus pasos agitaban violentamente la tierra e inquietaban el aire. Esa anunción en decibelios terroristas que hacían delirar a los incautos. Eran ellos, los transgredidos, los que ofendí con mis actitudes de fuero irreverente, los evadía, me iba a la deriva lejos de sus miradas críticas y su látigo, que con un golpe podían sacudir el mundo de cualquiera.

Yo sabía, maldita sea, las señales estaban en todo lado, pero no lo quise aceptar...¿Yo perseguido?¿Me estaban cobrando a estas alturas de la vida? ¿En serio tendría que acudir al exilio de mi propia identidad para saldar la deuda?. Mi esencia, mi don se transmutó en esporas, se incomodaron habitando mi carne y mis huesos, arrastrando mi infamia y mis derrotas, tachadas por mi inoperancia y mi negligencia, y se filtraron entre los poros para hacerse al vendaval invernal. Me sentí vacío, con la mente en blanco e incapaz de hilar pensamientos coherentes. Los pequeños remolinos de mi propio polvo danzaban con las gotas de lluvia, felices, ya no eran parte de mi, esa escoria sin honor.

Me precipité y grité, salí corriendo en ruta a el exterior de la casa, chocando contra cuanta pared me encontraba. Ya afuera, las ramas de los árboles parecían captar de la atmósfera pesada energías oscuras; se retorció forzosamente la madera de los troncos y formaban rostros tenebrosos, con sonrisas irónicas que irradiaban la satisfacción cínica de verme desposeído en el estrado. De pronto, parecía que todo se comenzó a disponer alrededor mío, en mi nublada vista veía los árboles moverse y disponerse en círculo, dejándome en el centro, a expensas de sus miradas. Hasta los más hábiles búhos parecían ser gárgolas expectantes en las copas, querían ver mi desfiguración inmaterial, querían ver como mi mente era sobrepasada en su capacidad, como era obligada a pensar lo impensado hasta entonces, lo pospuesto...

Pero los árboles eran si acaso lo más notorio del gran movimiento que poblaba la escena: más allá de la lluvia pesada y oscura, como torrentes de petróleo caídos de nubes pesimistas, bailoteaban sombras que volaban sobre mi cabeza, como carroñeros espectrales que se transfiguraban en medio vuelo, arrastrando sus borrosos cuerpos tras su cabeza fugaz, también se escuchaban risas y se veían ojos luminosos por acá y por allá, y demás consciencias que estaban allí para cumplir el contrato. Eran las 11:59, simplemente lo supe. Toda esta irrealidad me despertaba recuerdos de un pasado anterior a mi nacimiento, de pactos, de concordatos, de concesiones, de donaciones, del don…

Mi ideario y mi filosofía eran vanas suposiciones hasta entonces, me había traicionado día a día, mintiéndome a mi mismo. Vaciando las nubes, lloviendo siempre con sueños insulsos los campos a fertilizar, pero la semilla seguía guardada, no había arado aún el campo, diciendo, procrastinando el hecho, la tarea…lo pospuesto… Pues los mercaderes de la expectación no estaban muy de acuerdo con mis métodos en la agricultura de metas, me buscaban para cobrar, para cobrar las cosechas desperdiciadas a la infatua creencia injustificada de constancia y superioridad que yo siempre profesé.

El bosque ya era merecedor de un exorcismo. La tierra se tornó árida, gris y los árboles dejaron caer sus hojas, las cuales se volaron por todo lado, junto con las esporas y la lluvia, y tras un rugido omnipresente formaron una magna aurora en el cielo. Las ramas desnudas daban una idea esquelética de longevidad tortuosa, de senilidad, pero sus fornidos troncos aún estaban riéndose de mi, mientras las sombras danzaban contrapuestas a la mortecina luna, cuyo tenue fulgor rojizo moría poco a poco...

“Has pecado por última vez. Castigaremos las reiterantes transgresiones y burlas al balance universal, y haremos de justicia. Cobraremos la deuda de las promesas que no se cumplieron jamás.” – dijo la voz que se confundía con truenos.

Entonces toda la escena macabra empezó a reunirse en un solo punto: las hojas, el polvo, la lluvia, la tierra, todo, se arremolinó frente mío, alimentado por la luz de fuego se fundieron en un solo ente. Ni si quiera había suelo firme, solo una dimensión oscura que me rodeaba,...entonces de nuevo, se abrió el umbral.

Ya era hora...

Los avernos de mis tempestades se abrían de nuevo

La lava del infierno burbujeaba emanando pesadillas

Recalcitrantes recuerdos, de cuando me sumergí en esos ríos rojos

Como sentía que mi carne era cocinada en su propia inmoralidad

Tenía que entrar

domingo, 20 de junio de 2010

Desinterés inducido

A penas alcanzaba su mano izquierda a rascar la piel bajo el grillete de la derecha. las cadenas eran cortísimas y el escozor generado por el sudor que emanaba su cuerpo dada la infernal temperatura de esa celda lo tenía loco. Estaba famélico, sentado sobre el cemento musgoso por la humedad del piso, contra la pared de ladrillos ennegrecidos de añejos, donde se filtraban aguas estancadas y apestosas.

Se decretó un silencio incomodo. Aunque se oían tintineos de cadenas y gotas de agua, tal vez alguna rata chillando ocasionalmente. De vez en cuando había contacto humano, cuando se podía escuchar la tos seca y enfermiza de algún colega prisionero, o el llanto recurrente y desgarrador de otro. Casi como si los pocos ruidos que se suscitaban fueran veneno para la esperanza…y así, Martín prefería el silencio incómodo, pero inocuo de realidades grotescas transportadas por sonidos reprochables.

Él trataba de resistir ese vórtice interior que drenaba sus energías y dejaba su cuerpo casi inerte, débil e incapaz de moverse con fluidez, que imponía toneladas de peso sobre los párpados que sólo podían cerrarse para capitular a la muerte. Su poca fuerza con costos bastaba para alzar forzosamente su mano derecha, y con ello constatar las casi nulas fuerzas remanentes y el enorme trabajo que tomaba. Su mente en cambio, contrastaba enormemente a lo que el petrificado y pálido cuerpo expresaba: estaba maquinando miles de cosas, ideas, memorias, todos ellos prendiendo brasa a los amagos de ira que retorcían el estómago, sustentados por ese arrepentimiento que siempre se sucede después de saber que el infierno vivencial de la celda pudo haberse evitado con menos negligencia de su parte. Las secuencias del pasado, como fotogramas que recababan en las situaciones que fueron comprando su tiquete de entrada a la actual reclusión ideológica. ¿Ideológica?, el enojo hacía si mismo se triplicaba con esa palabra. Quería tomar las imágenes congeladas y reinterpretarlas, y lo hacía. Cerraba los ojos, fantaseaba con diálogos y gestos que hubieran cambiado el rumbo de sus decisiones, alejándolo del punto de no retorno.

Si, si, te compro ese periódico… Ok, yo llego a la reunión, ¿es en la librería Nuevo Bolívar, eh?... ¿Cuándo era la manifestación?... Si, bueno, escondete en mi casa, que los milicos no te encuentren… y la fantasía continúa.

¿Por qué dejó que el repudio lo dominara cuando veía a Jorge venir en sandalias y boina? ¿Y esa barba, se la dejó crecer?. En el liceo Jorge no era así, pero resulta que se hizo militante. Su vida siempre transcurrió alejado de las categorías políticas. ¿Qué el capitalismo yankee voraz tiene tentáculos en el parlamento? ¿Qué el presidente era un reformista de mierda, que le capitulaba a la burguesía imperialista?. A él no le importaba, su vida transcurría en paz, y las cosas son así, es el orden natural y sus periódicos y protestas no iban a cambiarlo. Para Martín simplemente Jorge era de esos que criticaban y criticaban y no hacían nada por la vida. Así pensaba, eso dijo, y de tal modo actuó…como deseaba haber escuchado las voces de alarma.

Ni cuando llegó la dictadura militar acató a suponer que algo malo podía pasarle. Continuaba indiferente. Eso es política, yo no me meto en eso. Nada más no te involucrés en más cosas de zurdos y no te van a desaparecer. Olvidate de esas cosas Jorge. No me vas a convencer de ir a la guerrilla; mejor me quedo acá y nada me va a pasar.

Y comenzó la represión…No, en mi casa no te podés quedar, perdón, pero no puedo. No supo más de Jorge. Y prefirió no nombrarlo más. Hasta el día en que los encapuchados lo sacaron de su casa, por supuestos vínculos con grupos de ultra izquierda anarquista. ¿Y si hubiera sido consciente de esa realidad? ¿Hubiera podido escapar a otro país? ¿O tal vez le podían dar asilo político en otro? ¿Y si simplemente nunca hubiera conocido a Jorge?

Tantas películas mentales terminaron por agotarlo, y se desmayó. Eventualmente despertó, con la espalda adolorida pero algo conmovido por su descanso. Trató entonces de recordar algunas palabras e imágenes de su ilusión onírica; después con ella hiló algunas ideas desesperadas, y su cara dibujó una sonrisa anémica y reconfortante. Sintió que su pecho se desinflaba y las angustias se alejaban de a pocos. Soñó con las últimas palabras que le dijo Jorge: Sos un burgués, un facho, sos una mierda tan apestosa como esos milicos, sos un residuo del sistema. Nada nuevo, siempre le reclamaba de ese modo: Jorge cuestionando el tejido personal y moral de Martín, lo atacaba y lo injuriaba si no aceptaba de rabo a cabo las ideas que recién había leído de un texto de Bakunin o Kropotkin. ¿Cómo podía Martín culparse por no haber escuchado a un fanático, que solo acataba a insultarlo y explayarle peyorativos políticos, ante su incapacidad de convencerlo? ¿Era esa forma de revelarle su verdad absoluta, pisoteando su mundo y los pocos criterios que tenía sobre la sociedad?. Decidió entonces que hizo lo que pudo, que Jorge predispuso las condiciones para la incomunicación, y ese encierro que precedía a la muerte, era sólo una consecuencia fortuita que se salía de sus manos, producto de una relación infructuosa con un tipo que envenenaba su propia causa y la percepción de terceros. No es su culpa…no lo es…no lo es…es de Jorge…si, de Jorge.

Así, las reconstrucciones de las fantasías se tornaron en búsquedas incesantes de excusas para librarse de culpa. Pero hasta cierto punto no dejaba de tener razón: un muro infranqueable se había tajado entre Jorge y Martín, uno que los hacía hablar lenguas distintas, ver colores distintos, atender razones casi opuestas. La vena que resaltaba en la cabeza de Jorge siempre que discutían, se hizo titánica. Él siempre preguntaba por la organización a la que pertenecía fulano o zutano, y cuantos años tenía militando, no podía simplemente verlo a los ojos y charlar, descubrirlo. Únicamente sabía navegar entre sus etiquetas políticas -rescató Martín de una de sus reminiscencias.

Los pasos de varios carceleros aproximándose justificaban el acelerado latido del corazón del desdichado prisionero. Cuando por las rejas de la puerta de su celda vio las lustradas botas negras de unos tres hombres, supuso que ya no había más camino que recorrer. Abrieron la celda, lo levantaron, y se lo llevaron al patio trasero, al paredón.

domingo, 16 de mayo de 2010

Contradicciones de la Unidad y Cero a la Izquierda

Sintonizados en distintas frecuencias, se levantan trabas conceptuales, visiones de mundo que no les permite relacionarse realmente, comunicarse dentro del mismo marco de acepciones. De su lengua brota el mismo idioma que aprendieron de niños, pero sus corazones se desviven por distintas pasiones. Sus cuerpos podrán compartir espacio físico, más sus almas se encuentran en dimensiones indeterminables la una para las otras. Así se fundamenta la distancia emocional gigantesca que se taja entre el hombre que camina entre las piezas del ajedrez y las fichas mismas que con descreimiento observan al tipo, el único en ese tablero bicolor capaz de romper con el blanco y el negro, esgrimiendo colores ilógicos y desconocidos para las figuritas de plástico barato (algunas, de otros tableros, serán de mármol o de ébano, pero siguen sin conocer otro color más que el propio o el antagónico, más los matices, violatorios a sus dogmas, no son aceptables, perceptibles, apreciables). ¿Camina por sus propios medios? ¡Oh si¡, otra bofetada al sentido común que rige para el juego, dado que ninguna figura es capaz de moverse sin que una conciencia aparte, una determinación independiente a la figura en cuestión, decida darle rumbo; pero él podía arrogarse el derecho de hacerse camino al andar, haciendo gala de sus colores, escandalizando al mundo de las torres, los peones y los alfiles (cuyas funciones y atribuciones en el tablero distan y difieren formalmente, pero en el fondo no son más que estáticas piezas de un juego, de cuyas reglas jamás podrán escapar).


Él trata de hablarles, hace una pregunta, espeta un saludo, y en el mismo español que pronunció el hombre responden las piezas, pero sus respuestas son inverosímiles, y las palabras que profieren no satisfacen el mensaje original, algo así como si las mentes no lograran establecer comunicación real, como si sus contextos, sus sentidos, sus pronósticos del mundo, sus vidas, fueran incapaces de relacionarse profundamente, más allá de una diplomacia formal, que con costos podía entablarse. La desesperación comienza a invadir al peatón detenido en el centro del tablero, pues, su tan humana sed de gente, de vivas conversaciones, de roce social, se ve insatisfecha ante esas figuras deshidratadas, secas, carentes de los fluidos del alma. Pronto, las fuerzas motoras externas, en pos de sus intereses, comienzan el juego. Adoctrinan al blanco a odiar al negro, y le atribuyen cada mal del mundo, y viceversa. El caballo blanco se come al caballo negro, se regocija con su sangre, sin tomar en cuenta que sus coincidencias, toda su forma, su biología, su estratagema de batalla, sus movimientos, son iguales, y lo que los separa es tan solo el color del plástico que los forma, material químicamente equivalente en ambos. El hombre no comprende el objetivo de la partida, pero se siente atrapado entre criterios encontrados; los negros lo acusan de blanco, y los blancos lo apuntan con el dedo y le culpan de ser negro (el daltonismo psicológico no permitió hacer cabida en sus estrechas mentes para lograr identificar otro color, sus lecturas sobre otras fichas sólo podía variar entre blanco, negro, alfil, reina, etc. Si de primera entrada no calzaba, pues se le forzaba dentro de algún esquema pre establecido, pero que jamás podría contener al espíritu indómito del humano). La lucha poco tiempo después culminaba, toda librada dentro de los términos pactados tácitamente por las voluntades superiores y exteriores, e impuestas sobre los demás. Era increíble para aquel hombre ver a cada ficha cumplir estrictamente los lineamientos en cuanto a sus movimientos, como cada uno aceptaba, a veces melancólico, a veces no tanto, el papel que se le asignó.


¡Jaque¡, un rey murió. A él no le importa cuál, el resultado será el mismo: se reacomodarán las fichas en sus posiciones iniciales, y la danza macabra, la fingida batalla comenzará de nuevo, y él seguirá atrapado entre inertes figuras del ajedrez ciegas y con un velo que no les permiten existir o ver por fuera de las reglas, que se baten día a día en una coreografía ajena a sus voluntades; tampoco son capaces de comprender lo que de aquella esencia, la del hombre, emana,. El inerme humano interpuesto en un rompecabezas que no le corresponde sufre las consecuencias de ser el enemigo de todos, dada su incapacidad de volverse ficha. Será por siempre el extraño del tablero, el que con sus pies se mueve libremente sin respetar los cuadros, sin miramientos por los turnos o el tiempo. El que puede configurarse fuera de los dominios de los invisibles dedos que hurgan, ponen y quitan, en las entrañas, el sentido común y las ideologías de los trozos de plástico anulados del mundo fantástico, condenados a no sentir el viento en la cara, a no conmover sus fibras con las más sublimes melodías del violín, a no plasmar con la pluma los nervios, las penurias o los amores, a no llorar con el recuerdo nostálgico del pasado, a no emocionarse con los planes utópicos del futuro, ni a desentrañar e interiorizar los placeres vivos del presente. Y entonces el hombre miró al cielo, extendió los brazos y comenzó a gritar, a cantar, a llorar.

lunes, 12 de abril de 2010

La tinta se hizo bilis

Con sonrisas benevolentes los tiranos nos fueron despojando de todo aquello que con sangre forjó el pasado, mientras nos contentábamos con sus canciones de cuna, nos calmaban sus dientes pelados prometiendo progreso y cultura. Y para cuando despertamos, la sonrisa en sus caras era ahora un goce diabólico, el delirio orgásmico que sentían al ver el cuerpo desnudo de un pueblo muerto de frío, que no le quedaba nada, ni la capacidad de pensar, de actuar, de criticar. Únicamente poseían sus manos callosas para ser esclavizadas, y así cavar más profunda su tumba.

lunes, 22 de marzo de 2010

Derecho Fetichizado

El mito se oficializa y se aplaude, el festival se inaugura.

Se recuerdan con nobleza los helénicos progenitores

y las copas de vino, champagne, whiskey y brandy

tintinean al son del brindar de futuros contendores ficticios.

Pactos tácitos, tratados de guerra inofensiva.

 

Otros en tanto, esperan al final del festín,

prometen lealtad y el sol les brilla.

Sus platos rebosan con fétidas sobras,

las larvas se retuercen entre los huesos de pollo

y los inferiores sirvientes se lanzan con furia sobre su botín,

sanguijuelas clientelistas de la trama más magnífica,

del engaño más grande…

 

Masificados fetiches de representatividad

legan a los Muchos la capacidad de hundir la mano

dentro de un pozo de aguas purulentas

donde las nefastas pirañas devoran los dedos

de aquellos que labraron la comida de su fiesta,

y aún así ostentan el descaro de decir:

Derecho sagrado la patria nos da.

 

Los colores se instalan en las banderas de las casas

y cifran frases prototípicas que repiten y repiten,

oraciones de cuatro palabras, como manifiestos ideológicos

que invocan mundos de ilusión y brillante porvenir,

demagogia que apela a la falta de memoria,

clavos atinados en los nervios del civil.

 

Terrorismo de estado.

Facetas antagónicas.

Negación personal.

¿No te da verguenza mentir?

¿Con qué cara hablás de equidad

de justicia, de progreso y de honestidad?

Cuando atrás están los financistas cobrando la campaña política.

Cada palabra del discurso es histrionismo puro           

 

 

Piraña A o piraña B. Escogé el dedo que te van a devorar.

Deshacete de las ilusiones de empoderamiento popular.

Si te encaminás al congreso, rezagados los ideales van a quedar,

conforme te acercás a la meta, apesta más el pantano,

se cansa el puño izquierdo en alto, y los colmillos brotarán,

las escamas también, será el escudo que te aislará del mundo,

el mundo real, que defraudaste y quedó atrás.