domingo, 13 de enero de 2013
Esperando la muerte
El negocio se movía lento hoy, la voz le salía granulosa, seca, forzada. Promocionaba sus rollos de culantro con una dicción entre senil y etílica. La cacofonía josefina era un adversario ya muy difícil de vencer para este viejo aniquilado, razón por la cual, en una ciudad con cada vez menos oportunidades y cada vez más oportunistas, el culantro era solo una fachada para afincarse un campo en los diversos negocios complementarios. Hacía de todo, vendía cigarros sueltos, tomaba pedidos de guaro de contrabando, destilado por un socio en Sagrada Familia, compraba cosillas robadas, relojes Casio, baterías de celular, controles de televisor, y un sinfín de chucherías rezagadas hace varios años de las últimas tendencias tecnológicas, como un baúl del recuerdo para algunos, pero una realidad necesaria para las masas cabizbajas que se paseaban por el Mercado Borbón.
El olor putrefacto del mercado ya había quemado sus receptores olfativos; su ropa casi harapienta, con manchas de pintura, huecos y otros síntomas de la vida dura le daba un aspecto de indigente, pero no lo era, pues pagaba un cuartucho de 50 mil el mes detrás de la iglesia de Barrio México. Estaba sentado en un tronco hecho banca, sobre una mesa plegable medio desvencijada, tan derruida que no se molestaba en guardarla, simplemente la dejaba en los linderos de la calle y volvía al día siguiente, siempre estaba ahí.
La jornada se le iba esperando que fueran las 6 para entregar una garrafa de guaro. Eso le depararía más ganancias que todo el resto del trabajo del día, además era una oportunidad abierta para calentar la garganta con un poco de licor, para sacarse de adentro la tensión.
Las ganas de largarse lo desconcentraron de las ventas, prefirió prestarle atención a la espina que tenía clavada: ya estaba harto, rondaba los 70 años, los últimos veinte o más cumpleaños nadie se los celebró, y no veía futuro sino ser un topador improvisado hasta el día que se muriera, porque las perspectivas eran negras, sin estudios ni familia, y una salud deteriorada.
Los lazos significativos ya no eran más, sus hijos, uno en Estados Unidos no le manda plata en resentimiento a los fajazos, las carajeadas, y las largas jornadas de trabajo. Otro, en la cárcel por quién sabe qué, desde antes del juicio ya tenían años de no verse. Nunca se casó, solo tuvo unos contados amoríos con lo que le salía, un tiempo estuvo juntado. Se sentía solo, abandonado por la vida. Se preguntó ¿Si hoy me muero, a quién le va a importar? Suspiró hondo, y engavetó todo, no quería escarbar donde podían morderlo.
El celaje se tiñó anaranjado y las últimas ventas de la tarde eran feroces, una señora rechoncha y cargando pesadas bolsas fue preguntando, vendedor por vendedor el precio del culantro, cansada de la misma respuesta, cuando llegó donde Chepe compró dos rollos sin siquiera preguntar cuánto, solo sacó un denso menudero y lo soltó en las manos cuchareadas del señor. Una moneda de diez se le deslizó entre los dedos y fue a dar al caño. Ni lerdo ni perezoso, posó la manota curtida sobre el caño, y en lo que palpó la moneda, algo se encontró sus dedos, una papa que venía rodada, encabezando una caravana de tubérculos mientras, unos 50 metros arriba, un chinamero se llevó las manos a la cabeza y empezó a refunfuñar. Logró atajar todas las que le cupieron y rápidamente se las echó en el bulto, sin siquiera secarlas, porque el hilillo de agua de caño mojó un par. Por aquello, apartó la plata del culantro de mañana, se echó las cosas al hombro, y garrafa en mano, se fue temprano a la cantina donde debía entregar.
Las tablas viejas, con la pintura descarapelada tenían un vórtice, resguardado por una cortina de cuentas de madera y un biombo de Pilsen en un pueril intento de guardar el buen nombre y la dignidad de sus clientes. En ese momento, un martes a las 5:30 de la tarde, parecía un avispero ese lugar. La oscuridad ocultaba algunos rostros, la barra estaba abarrotada de siluetas silenciosas que daban broche de oro a su faena diurna en esa gruta. En las mesas se interpretaban rituales de cotejo de dudosa procedencia, algo alejados de los cánones de belleza impresos en los calendarios y posters viejos pegados en la pared. El cantinero le ofreció a Chepe el primer fogonazo,
–Pa que aproveche el tiempo. –le propuso el cantinero–.
– ¡Ay, qué jueputa dolor de espalda me tengo! –se lamentó en voz alta–.
El cantinero, se encogió de hombros, hizo cara de resignación, y le dijo:
–Cuidado te morís, huevón, que ese guaro solo vos lo vendés así de barato.
Se recordó entonces, que hace días sentía una presión el pecho, que hace semanas no le paraba de arder la garganta y ya hasta tosía con sangre, que la pierna, que esto, que lo otro…,que no tenía ni seguro ni pensión.
– ¿Y si me muero hoy? ¿A quién le va a importar? Seguro los vecinos me tiran al Virilla en una bolsa solo para espantar las moscas y la hediondez. –pensó
Entonces sacó de la billetera una foto vieja y desteñida, el único recuerdo que aún tenía de sus hijos, le habían contado que vieron a su hijo mayor, en un Land Rover paseando en la playa, al parecer le ha ido bien en su exilio. Las tajantes arrugas se poblaron de discretas lágrimas, tendía a bloquear esos pensamientos, porque solo podían llevarlo a la desgracia, sabía que estaba liquidado, pero las cerraduras no aguantaron más y fue como la lluvia cayendo sobre la tierra árida y rajada. Pero nada creció, al contrario, se armó un lodazal que lo atrapó y lo tendió merced de la inundación monsónica que sobrevenía, cuando los añejos reproches volvían a machacar, como una avalancha de errores, malas decisiones y recuerdos dolorosos se le estrellaran en la cara, y de pronto la desesperación hizo presa de él, sucumbió a la claustrofobia, ya no quería seguir en esa carcasa, insignificante, que no representaba absolutamente nada en la realidad de otros.
En este punto ya acumulaba varios traguitos, decidió no exhibir más su exasperación y se dirigió a su casa. Tambaleante iba surcando las calles de la Zona Roja, mientras se reprochaba a sí mismo estar en esa situación. No aguanto mucho más y se tuvo que tirar al suelo en un zacatal, sus rodillas flaquearon, no se sabe si pudo más la borrachera o el llanto que reventó como una nube densa, negra y escupiendo rayos antes de la tormenta. Mientras se agarraba de los restos de una malla para reincorporarse, sintió que alguien le estaba arrebatando el bulto, con su poco dinero, sus papas para la cena y un par de chunches que compró robados, o sea, todo su miserable patrimonio.
Había dos piedreros tratando de asaltarlo. La adrenalina fluyó por él y logró lanzar a uno de ellos al piso, mientras el otro, sacó un objeto puntiagudo difícil de distinguir, y entonces las lágrimas brotaron de nuevo.
– ¡Matame desgraciado! Matame si querés llevártelo. – gritó retando al hombrecillo infundido en una suéter con gorro–.
Las lágrimas ya no eran de frustración, sino casi de nostalgia, no le importaba que lo mataran, sentía que el tosco apuñalamiento con una lata, una botella rota o lo que fuera el arma amenazante, era menos doloroso que el enredo que sería el día siguiente, sin un cinco para comprar ni el culantro que iba a vender.
Era una lucha de inconsciencias, el crack contra el guaro de contrabando. Sin embargo, el primero venció. Estaba tendido, sin su bulto, sin esperanzas para el mañana, pero entero, al menos en lo físico. No podía creer que a él le importaban más unas papas, que él al resto del universo.
Ya en su cama, se dio cuenta que estaba aniquilado, el resto de sus días serían un capricho mecánico, un fenómeno biológico. Con dolor se acostó, sabiendo que a la mañana se toparía con un horror peor que el mismo infierno al que quiso ser enviado al filo del vidrio roto: seguir a la deriva, en una muerte diferida, a cuentagotas.
Viejos Esperando la Muerte de Francisco Amighetti
viernes, 14 de diciembre de 2012
Siervos del nuevo siglo
El limpiabotas ya resentía un poco el flagelo de su rodilla izquierda contra el cemento que se inmiscuía a través de un hueco cada vez más grande en el pantalón andrajoso. Los zapatos ya estaban limpios, de todos modos nunca estuvieron muy sucios, la pulcritud nunca fue el objetivo real, solo un medio para transmitir el verdadero servicio que allí se ofrecía, como cuando se invita a un café a una pretendida, no se hace en pos del líquido, sino para crear un espacio de coqueteo. Alargaba su súplica para contentar al extranjero. Lo conocía muy bien, a pesar de no saber su nombre si quiera, era un turista más. Seguía dándole a la refriega contra el cuero, sellaba las más microscópicas fisuras por donde se cuela el polvo, maquillando al curtido gringo, desgastado por decepciones y el rutinario cumplimiento de placeres artificiales, socialmente aprendidos, tan voluminosos que su materia se expandía hasta alcanzar su propia vacuidad, como un gas imperceptible, rechazado por las pocas cosas significativas que alguna vez tuvo: una esposa gorda y fea, que lo quería, un par de hijos y los amigos que se quedaron atrás en la cantina mientras él alcanzaba modesto éxito en su trabajo. Tan patético era el gringo, que solo la miseria de un viejo ejerciendo una profesión en peligro de extinción en un paisucho del tercer mundo podía contentarlo.
Su piel colorada estaba a punto. Los botones de la camisa hawaiana a penas atajaban la irreverente panza que borboteaba ufanosa cuando su patrón se echaba alguna carcajada. Daba una mirada a su periferia, como para presumir su posición a los tropicales transeúntes, algunos lo veían con un dejo de desprecio. Su ridículo talante insultaba a la muy cosmopolita ciudad josefina, ¿cómo se atreve a irrumpir con ese código de vestimenta playero en plena urbe? ¡Sacate a Jurassic Park de la mente! ¡Mi país existe en el mapa! ¡Somos la suiza centroamericana! Claro si es que la actitud del tipo abofeteaba el orgullo capitalino, nos ubicaba como lo que somos: un pueblito. Impotentes reminiscencias de rebeldía adolescente , fugaces y estériles, que olvidan que la suiza centroamericana compra ropa americana. Otros lo veían como un mal necesario, alguien tenía que hacerlo, a los extranjeros tenía que atendérseles, fuera con regimientos de ingenieros de todo pelaje, con exenciones fiscales y zonas francas, o con putas, monos, volcanes y limpiabotas, todos ellos siervos del nuevo siglo, entregados a la cultura de pele el diente y estire la mano, encubierta en perifollos académicos sobre emprendedurismo como en las tácticas de seducción de las dama de la noche.
El sol comenzaba a encandilarle los ojos, y es que ya se reflejaba en la punta del zapato con perfecta nitidez. Poco más podía hacer, poco menos que eso podía entregar, solo le quedaba el apellido y el trapo, ninguno se quita, se ensucian sí, pero siguen en su poder. Una sonrisa, escaso contacto visual, y un ansioso hueco en el estómago. Un billete verde le pasó el uno al otro, y la sonrisa se hizo espaciosa, natural. Ninguna pulpería trueca arroz por honor y dignidad. Diay, ¿qué le queda?
miércoles, 12 de diciembre de 2012
El casco amarillo
Cuando el autobús pasa frente a ese hogar, me es obligatorio ojearlo. Casi siempre se encuentra en el portón externo, por el lado de adentro, en su silla de ruedas, con unas gruesas medias expuestas por sus kam lung aferradas con velcro, y su sello distintivo: el casco amarillo de construcción, quién sabe por qué, pero lo tiene puesto. ¿Quién será? ¿Cómo se llamará? ¿Algo de razón habrá sobrevivido el largo camino, o ya se le zafaron todos los tornillos?
Me pregunto, ¿qué pretende?, si cada vez que lo veo, siento algo en el pecho, miro mi débil reflejo, la cara aplanchada en la ventana, y siento una ansiedad tremenda, a sabiendas de que el tiempo va a retorcer mi piel, como el sol cuando agrieta la tierra árida, o el fuego arrugando el papel que se torna en ceniza. No puede ser una casualidad, sus intenciones me intrigan, particularmente, cuando me lo he encontrado, sentado en la parada de bus a diez metros del asilo, ceñido a su bastón con ambas manos, como tratando de exponerse aún más al mundo, de internarse en las vertiginosas relaciones modernas que poco debe comprender, tan lejano es a ello, que diez metros, pueden ser tomos enteros de enciclopedias de dudas resueltas y preguntas nuevas.
¿Pero qué quiere? Tal vez librarse de las paredes, de los otros viejos, aún más deprimidos, de las pastillas, los jarabes, la visión por defecto de un televisor mientras se espera la muerte. O simplemente, un aventurero venido a menos, pero cuyo espíritu no se extingue. A lo mejor lo juzgo de más, y disfruta todo eso, o tal vez quiera salir corriendo, aunque de la vejez nadie escapa.
¿Será un mártir? ¿Tratará de advertirnos algo? ¡Habrá entregado su vejez a la causa! Sí, eso es. Su oficio es ser un monumento, exhibiéndose en esa calle vecinal, transformada en carretera principal de improviso, que aglutina el atareado tránsito entre Heredia y Tibás, engorroso, como cinta transportadora que lleva y trae muchedumbres hastiadas, barnizadas de humo, quienes matan el tiempo (y su vida) mientras se pudren en los asientos del bus. Su objetivo, es conmovernos con su porte, hacernos pensar ¡carajo! Yo no quiero ser un viejo que se la pasa gastando los ojos viendo latas con ruedas ir y venir, yo no quiero que el tiempo me cobre tan duro todos los errores. Quiere dibujar más gruesos los trazos de la caricatura que lo llevaron a ese destino tan poco rimbombante, igual que los fumadores que atestiguan con sus laringectomías expuestas y prótesis fonatorias, narrando con escalofriantes voces zumbantes el cáncer que vencieron a medias. Lamentablemente, la mayoría lo pasa desapercibido, ni su casco amarillo, que ahora entiendo, es un faro, es una ruidosa provocación, despierta a todos, sino a unos pocos, como a mí.
O tal vez, solo sea un viejo senil…
viernes, 2 de noviembre de 2012
Dislocando la esencia
De vez en cuando trato de unir dos piezas, como un rompecabezas, pero los linderos desgastados de las piezas nunca se fusionan, y no son sino una burda evocación de algo que hay que dejar atrás con dolor.
Todo es confuso y me cuesta comprender que no tengo ya que unir piezas rotas y viejas, sino, empezar de nuevo, hundir los dedos en el barro y moldear mi propio destino. La única objeción que mantengo, es que la lluvia sigue sin caer, y la tierra sigue árida y polvorienta.
La misión está cumplida, a medias eso sí, su concreción largó parte de mi esencia a un lugar lejano y nostálgico. El arduo trabajo me apartó de todo lo que tenía, para dislocarme en otra realidad vacua de inspiración pero llena de sacrificios, y mientras caminé, fui dejando partes de mí, regadas por todo lado, amigos y vivencias cuentan entre los muertos.
Me siento exhausto. Quiero sentir el viento en la cara de nuevo, juntarme del suelo, reconstruirme y salir a vivir de nuevo todo lo que no pude. Sin embargo, las constantes inconclusiones me siguen haciendo sentir un extraño dentro de mi propio cuerpo. Vamos a ver qué depara la vida, mientras tanto, voy a dejar estas piezas tiradas, para nada sirven ya.
lunes, 15 de octubre de 2012
Limbo Salomónico
Me siento tan aturdido, tan desorganizado, tan desarmado, que renqueo entre un mundo y otro, y no me decido. Malogro mis días en la rutina, puesto que me niego a levantarme cada mañana con expectativas positivas, con ganas. Sin embargo, no me he convencido de abandonarla, mis convicciones por ahí se asoman de vez en cuando, y asfixian los ímpetus pequeñoburgueses, sin erradicar las ilusiones y los contrasten que causan las crisis.
Existo entre un limbo, mientras tomo una decisión de verdad. Soy tan frágil y tan débil, que esto de verdad me carcome, me inhabilita, me deja hecho un saco de potencialidades temerosas de florecer, de casarse irreversiblemente con un camino, y mientras tanto, se extingue poco a poco la pasión hacia todo, estancado en el tiempo, poco logro avanzar dentro del limbo salomónico. Las potencialidades se atrofian conforme pasan las lunas desérticas.
viernes, 13 de julio de 2012
El Paraguas
sábado, 24 de diciembre de 2011
Apilando tragos y remordimientos
Cada compás de la música lo golpea con algún recuerdo de su vigorosa juventud. Bailando pegado enamoró a más de una en aquellos días, a vista y paciencia de su barra de amigos, tan calurosos y fraternales, que en silencio lo vitoreaban con sus miradas y sus sonrisas de aprobación, casi admiración. Ahora dibuja en su mente esas caras, con colores percudidos, derruidos por los calendarios apilados. Solo puede recordar el gozo de la compañía, de la vida con sentido, pero ese sentimiento pronto evoluciona en su antítesis, al darse cuenta que no es sino una re edición mental de algo que no sucederá de nuevo. Las tonadas son oasis de nostalgia, el pasado entierra todo, olvida todo, es implacable, y las únicas heridas que sobreviven, son las del cuerpo, que cada vez soporta menos. Ahora cuesta ver, cuesta caminar. Cuesta encontrar algo de calor, porque el frío llega hasta los huesos. ¿Qué pasó desde entonces? ¿A dónde se fue toda esa gente? ¿En qué hoyo metió todo eso que ahora no tiene?
Toma un sorbo, lo degusta, detecta ese sabor que tanto caracteriza al whisky, y lo envidia, ¡ya quisiera él tener algo de sabor! Después gacha la mirada, y apoya la cabeza en una mano. La luz tenue impone una suerte de ley, donde nadie se vuelve a ver a la cara mientras el manto del soliloquio esté allí. Cada vez que un hombre le exige respuestas a su trago de turno, nadie puede entrometerse, y ese whisky estaba siendo interrogado de un modo tan despiadado que ni los torturadores de Pinochet o Videla podrían igualar el ímpetu de Fernando en la tarea.
Esa noche en particular se sentía diluido, como si un trago se dejara suficiente tiempo como para que el hielo escondiera su personalidad, y nadie distinguiera si es cerveza o ron. Se preguntó si algo de lo que hacía todos los días realmente le gustaba o respondía a alguna pasión; o si alguna de las personas que trataba constantemente era una amistad entrañable, una persona en la que pudiera depositar confianza y afecto, y no una mera relación por compromiso o por casualidad; si tenía algún anhelo, algún camino que seguir; si tenía algo a qué aferrarse para levantarse al día siguiente, para justificarse como ser humano, como digno de ocupar la misma biología de los grandes genios que millones veneran. No encontró nada.
Estaba diluido porque hace mucho el tiempo se tragó todo lo que él quiso ser, el peso de los años aplastó cada una de sus iniciativas, y le tocó asumir un rol pasivo, entregándole el papel protagónico a lo que la inercia del acomodo social quisiera hacer con él. No sabe si estaba predestinado a permanecer en su condición económica, y repetir la vida insulsa que acumularon sus padres, tíos y abuelos, o si nada más fue negligente en exceso. De nuevo ve el afiche de Heredia, su tinte amarillento y desteñido lo delata como una reliquia, y sabe que el papel resquebrajado es un espejo fiel, que refleja no solo su edad, sino algo más importante: el paso del tiempo monótono otorgándole fragilidad al papel y al alma. Lo que vio a color y con sabor, es ahora un rincón donde el polvo se acumula, una nimiedad que hace rato dejó de importarle al mundo. La música que antes era lo máximo, hoy es un remedo lleno de estática de lo que significó entonces, ya no mueve a las masas, ya no es una época, ya no es un sentimiento.
Otro trago llega de manos del cantinero. Ya las palabras comienzan a resbalar un poco. Sentía un tipo de claustrofobia, en el que el pasado poco provechoso le aplastaba la espalda, mientras en el pecho la preocupación sobre el futuro presionaba su corazón (y con futuro, hablamos de mañana, tal vez pasado mañana, ya que, la neblina no permite ver más allá), flanqueado por la casi inexistencia de su ser, solo sabía ya responder a estímulos mecánicos, a obtener un salario para vivir y tener un techo donde al menos no se mojara cuando llovía y pudiera cocinar los embutidos baratos de su nevera.
Volvía a ver al cantinero, jugando cartas con Pedro, se cruzaban algunas palabras, algunas risotadas, comentarios sobre el partido del sábado. Sabía bien cuánta basura hablaba uno del otro, y de los demás clientes recurrentes también, quienes todos a fin de cuentas eran solo usuarios de la misma terapia, pero difícilmente amigos que generaran algún tipo de calor. No encuentra sus caras verdaderas en ese manto oscuro, tampoco se encuentra a sí mismo, y por momentos se siente como un saco de órganos que cumple funciones biológicas, en un contexto social donde para sobrevivir necesita trabajar, y obtener un salario, lo que también hace, y asemeja más una función metabólica que una vida. Era una ameba, un protozoario, solo funcionaba, solo existía, pero el regalo magnánimo de la sapiencia humana, capaz de crear, de expresar, de apreciar, no era más que una función atrofiada en él.
La barra se anima con unas cuantas tertulias circunstanciales, para después volver al soliloquio. Ya son las doce, la música cesó y las luces se apagaron, era la invitación a terminar esa noche. El siguiente paso, era acostarse en la misma cama de siempre, probablemente la que vería el lecho de su muerte dentro de un par de décadas, ya que, en su vida, no pinta un panorama distinto. ¿Con qué motivo se despertará mañana? Se sentía como una de esas polillas con un tiempo de vida de 24 horas, en el que tienen que reproducirse, y morir. Se partía el lomo, para poder comer, y así tener energías para el siguiente jornal. Era útil, un ciudadano decente, pero la cédula no se acompaña necesariamente de una vida. Su rutina si acaso se rompía en los confines de esa cantina, que a su vez se volvía repetitiva, pero era el único respiro para sí mismo que podía dar, podía destruir su hígado, pero para su propio gozo, y no se estaba sudando la frente para enriquecerse al ingrato patrón. A fin de cuentas, no era nada, nada.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Apoteósico, nunca más.
La presión del hacinamiento nos impone el contorsionismo como habilidad esencial para sobrevivir, de otro modo nuestras extremidades se fracturarían o nos desangraríamos, tendríamos una muerte lenta, y nos pudriríamos entre la multitud, dejando la peste e infectando enfermedades, como el recato o el desdén, así como el ateo resentido profana palabras venenosas contra la gracia y el pudor. Pero el ateo renace para el próximo ciclo, y no solo él, sino muchos otros que no sobrevivieron. Y los sacerdotes se dan aconvencer a esa gran masa para entrar al cuadrilátero. Los tiempos cambian, ¿no es así?. Cambian los colores del cielo, las formas de las nubes, hasta las cordilleras nacen y mueren.
La incompatibilidad entre el sacerdote y el resto, se zanja cada vez más grande, hasta tal punto, que pronto no podrá tocarlos, no podrá mover ni a uno solo, como si fuera un fantasma, como si ellos fueran granos de arena que se deslizan entre sus dedos decrépitos. La institución que defiende con su sangre, su saliva y su castidad, perderá legitimidad eventualmente. Habrán muerto cien cordilleras y tres colibríes. Pero, los ríos siempre irán al mar, y la gravedad nos atraerá al centro del planeta.
¿Llegará el día en que ese cuerpo se vuelva incontenible y se esparza por una superficie más allá del horizonte, más allá de lo que si acaso imaginamos? Bueno, no todos los clérigos usan siempre sotana ni votan por la castidad. A veces se ponen pieles más acordes, y como buenos arquitectos, nos moldean encierros amorfos, asimétricos, que serpentean en direcciones tan erráticas como nuestra voluntad libre, ¡libre al fin!. Casi estimula nuestros caprichos modernos, y es que los más rebeldes intereses, culminan apoteósicos, se convierten los nuevos paladines. Comenzaron puros en la naciente, arriba de la montaña, pero el devenir los entregó al mar como aguas negras. Son el nuevo Dios®, que ya no será relacionado con túnicas, cruces y vírgenes, sino con dólares, putas y cuanta marca pueda concentrar más poder divino sobre sí.
sábado, 7 de mayo de 2011
Patéticos choques
Gracias a que las mieles de la autoridad en nuestro sistema político-cultural están endulzado por accesorios de lujo como el poder, la fama, el dinero, las piernas abiertas de innumerables meretrices y la compensación de muchos complejos de inferioridad (que de vez en cuando impulsan la búsqueda incesante del protagonismo), allí se hacen converger los cuerpecillos de esos megalómanos. Ellos, aún teniendo dos brazos, un tronco, y una cabeza, como casi cualquier ser humano, parecen pesar más en nuestras mentes...sin embargo lo único que parecen tener en exceso es ego, el cual, sin ser modestos, puede equiparar la masa de algunos astros.
De modo lamentable, sus niñadas incongruentes e ilógicas, finalmente son asumidas como los intereses comunes de grupos de personas, de naciones, del mundo entero. En ese momento, cuando las riendas del mundo la toman los instintos más salvajes y egoístas del ser humano, es cuando la tubería de la mierda se desboca torrentosamente sobre nuestras cabecitas imperceptivas e ingenuas. Y todo, gracias a esas cápsulas de caca, los cráneos de los megalómanos, que dan la receta para que el contenido de su materia gris-café se generalice. Entonces, las semillitas se riegan por ahí, y todos, sin excepción, tenemos partículas fecales en nuestra lengua, en nuestros ojos, en nuestras venas, gracias a que de mierda vivimos y en mierda nos convertimos. ¿Qué pasa entonces, cuando un montón de insignificantes seres son incapaces de coexistir en el mismo espacio sin destruirse los unos a los otros?...¿tenés ventana?, sí, mirá para afuera.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Los titulares del conformismo
Se ufanan de tener la verdad en sus manos, en sus palabras declamadas al etéreo viento, debatidas dentro de la conciencia del intelectual enclaustrado en la academia ¿Pero cómo esas verdades retroalimentan y transforman la realidad cotidiana si su repetición incesante a la nada les priva de cuerpo de acción, les quita peso, y las hace entonces, lucubraciones banales, ni siquiera dignas de ruborizar o incomodar al más patético pseudotirano?
Las letras llaman a la rebeldía, al ajuste de cuentas, pero aún así, les cuesta trazar la mirada más allá de las páginas del libro, ejecutar la convocatoria a la que los insta el destino del rebelde. ¿Entonces de qué sirve el lograr ver los hilos de la enajenación humana, si no estamos dispuestos a buscar la cizalla para mutilarlos?
Tienen causa, pero no son rebeldes. Son pasivos con causa. Su corazón late un poco más rápido cuando ven el hambre y las lágrimas, no son indiferentes, pero no prende fuego cuando es necesario actuar para desenmascarar a los autores intelectuales de las injusticias del mundo. Los laberintos de argumentos, contra argumentos, tesis, síntesis, enunciados y demás, no les permiten ver más allá de sus propias narices, puesto que, los problemas trascendentales, y los encargados de solucionarlos, no son dignos de ensuciarse las manos, ni de manchar su nombre, ni de turbiar las aguas de la conformidad humana, que impone la uniformidad con las que nos sujetan. Y al final, son una trampa mortal para cualquiera que se plantee el cambio social, puesto que su miedo, su tibieza, su indeterminación, y su mente pusilánime, reproduce las etiquetas satanizadoras con la que se tacha al revolucionario y al rebelde. Sin darse cuenta, le siguen el juego al monstruo feo que tanto estudian. Conocen cada parte constitutiva, cada órgano, cada instinto de voraz ataque. Pero insisten en verlo por televisión, sentados en la comodidad del sillón, como si el monstruo se fuera a ahogar solo sin llevarnos a todos al mismo agujero. Cuando se dan cuentas, el tope del agua calma, está por encima de sus cabezas, y sin darse cuenta, ahora respiran del mismo líquido que sella los poros de la insatisfacción.
domingo, 6 de febrero de 2011
Adentrándose en el estanque de pirañas
Yo admito, que en mi caso, la expresividad no es de mis cualidades, ni aún con mis más cercanos amigos. Además, soy bastante sensible a los agravios contra mi persona. No sé si será porque me considero un tipo con buenas intenciones, que no gusta de la insidia y la ponzoña, entonces me siento como objeto de la injusticia cuando me agravian. En el fondo, supongo que todos nos consideramos buenos, inocentes y puros, pero tomando esto en cuenta, sigo sintiéndome vulnerable a aquello que no presupongo, a esas formas de relacionarse tan venenosas y dañinas, que simplemente elimino de raíz al aparecer.
Sumada mi cara de piedra y me sensibilidad (de nuevo, un poco contradictorio) tenemos como resultado a alguien que no puede fingir agrado hacia aquellos que me han ofendido gravemente. Podré subdimensionar el asunto, ignorarlo, dejarlo pasar, pero aún ni mis muchas capaz de intermitente valeberguismo pueden obviar algunas cosas, y cuando eso sucede, no soy capaz de conciliar sonrisas y diplomacias con los que devoran mis espaldas y calumnian mi ser. Dicho de otro modo, la hipocresía es incompatible con mi ser. Podré, consciente o inconscientemente, ofender a otras personas, no lo niego, no soy la madre Teresa de Calcuta, puedo resentir y hasta odiar, pero jamás, fingir normalidad.
Aún así, existen situaciones que nos obligan a verles las caras a esos tipejos, a las comadrejas nocturnas. Peor aún, las relaciones grises que entablamos simplemente trazan superficies para posar más sonrisas falsas y vomitivas conversaciones, en las que puedo apreciar la textura, color y forma de las pieles, todas muy distintas y variadas, que usan muchos que me rodean. Esas situaciones las odio tanto, me cierran las vías de escape que normalmente utilizaría como instinto de supervivencia para defender mi equilibrio mental. Me recuerdan que el mundo de las personas es detestable, y por eso, me detesto a mí mismo y mi cotidianidad. ¿Se sentirán orgullosos acaso de lavar la voluntad de un ser humano y restarle sentido a sus días?
Los suicidas, los asesinos en serie y los tipos que cometen masacres en masa en días de locura, de pronto parecen ser más coherentes que aquellos que llenaron sus días de desgracias y despechos, que apilaron razones para atentar contra la estabilidad. Yo, al menos, me conformaría con ser un ermitaño.
domingo, 30 de enero de 2011
Indagando las fisuras de las puertas cerradas
Este tema del sudor del campesino sentado a la par mía verdaderamente me hizo pensar en muchas cosas. Muchas veces, cuando veo a alguien con una de esas caras arrugadas de tanto entrecerrar los ojos, con la piel y el pelo tostado, y las manos duras solo tan duras como su trabajo, como las herramientas que empuñaron, como la maleza que arrancaron, me avergüenzo un poco por vivir bajo el ala de la pequeña burguesía apostólica romana. Claro está, oler el trabajo, es un mundo totalmente diferente. La vista es uno de esos sentidos que uno puede manejar más a voluntad, desviando la mirada o dejando caer los párpados. Pero en cambio, el olfato, recoge del entorno indistintamente estuviera a nuestras espaldas o sobre nuestras cabezas, y no podemos parar de oler algún hedor específico. Por ende, ese labriego sencillo vino a retar necesariamente a todos a su alrededor. Y a mí, pues, no me perturbó ni un solo receptor olfativo; eso hubiera sido negar la esencia misma de lo que soy, sin mencionar, que desprestigiar ese subproducto (el sudor) de la cosecha de alimentos equivaldría a escupir mi plato o botarlo a la basura.
Claro está. Que un muchacho universitario de veinte años, como yo, no puede decir que no es socialista (a menos que me haya tragado el discurso del éxito aritmético, acumulando papers y patronos en mi currículo), y era inevitable, desde ese punto de vista, cuestionarme un par de cosas.
¿Podría este señor, abstraerse e interiorizar mi discurso filosófico-teórico? ¿Entendería si le digo que ha sido víctima de la proletarización del campo, y que a su familia hace muchos años los despojaron de un medio de producción, y ahora, al ser un vil asalariado, su empleador ignora el pago de gran parte de su trabajo, y que con ese margen, se hace rico, bendita seas entre todas las mujeres, y bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús? Lo dudo mucho. Y no por ser yo parte de una casta de elegidos, capaces de entender las crípticas categorías económicas de Marx, sino, porque simplemente la vida nos tomó por caminos diametralmente opuestos (pero simétricamente alejados, eso significa, complementarios).
Estoy convencido de lo que digo. Mis liturgias tienen algún fundamento, según sé. Pero, ¿recitarlas en los cafetines y en los bares de mala muerte (en el segundo caso, enredándolas un poco y arrastrando las palabras etílicas) comenzaría a oxidar las cadenas, única cosa a perder si este hombre se decidiera a abrazar la revolución? Tampoco.
Irónicamente, este señor podría sentir hambre de tanto en tanto, aunque cosechara suficientes papas como para un regimiento. O sed, después de regar con miles de litros de agua los cultivos, pero al llegar a su casa, no obtener nada del grifo, gracias a la bondadosa acción de los campos de golf y las piscinas de los hoteles a pocos kilómetros de ahí, que traen desarrollo y empleo. ¿Son sed y hambre de sequía? ¿O algo más priva a su familia de bocado alguno? Tal vez, esa yaga es en la que mi dedo deberá entrar, pero solucionarla necesita de la luz que revele los finos y delgados, pero fuertes hilos de la alienación. Y sabemos bien, que entre más delgado es un hilo, más presiona y más duele, y si llegara a presionar mucho, nos cortaría las cabezas.
Aún así. ¿De qué modo llegarle? Estando a la par del campesino me sentía como al lado de una puerta, en una habitación oscura, cuya única iluminación venía de las rendijas del umbral. Y si me acercaba a espiar a través de ellas, solo lograba ver la luz enceguecedora y sentir la brisa que movía mis cabellos y refrescaba mi cara, pero no podía distinguirse nada del otro lado aún. Al parecer, debía yo encontrar una llave, para acceder a esa luz, esa sensibilidad. Y al menos sé, que ningún ábrete sésamo, ni otras palabras cargadas de nada, serían el motor de su apertura. Las palabras transportan conocimiento, pero tienen que apersonarse y concretarse en la realidad, guiar actos verdaderos, y no solo reproducirse como más y más rosarios. Solo así, podrían servir de algo.
lunes, 15 de noviembre de 2010
En el país de los desterrados
Una lluvia caprichosa decidió incomodar al filo del amanecer, evento raro, que sucedía cuando en esa avenida adoquinada si acaso unos pocos desdichados transitaban, cumpliendo algunas de esas labores que son invisibles ante los ojos de la mayoría, pero comúnmente llamaríamos trabajo sucio, ese que alguien tiene que hacer. Uno llevaba ya un par de horas de repartir periódicos entre negocios somnolientos, actitud antagónica al hervor del mercado que pronto propiciarían; otro, un funcionario municipal, limpiaba con una manguera a presión los desechos fecales de los indigentes de la zona, que tendían a hacerlo en media calle solo con el fin de retar el pudor de los simples mortales, sin embargo el ayuntamiento jamás podría darse el lujo de visibilizar síntomas de ese submundo estéticamente incorrecto que pulula en las mismas calles que los niños y ancianos esperan transitar sin contratiempos; todo eso, claro, para no alarmar las percepciones delicadas del ciudadano promedio.
Ese lunes, nublado y borrascoso, significaba que un desfile de caras grises y desanimadas pronto se apoderaría en pasiva e impotente estampida, todos en busca del escritorio que los albergaría 8 horas a cambio de un dinero para sufragar penas económicas, fueran de los acreedores financieros que cobran los préstamos, hipotecas y demás, o los acreedores sociales, que sabían que con el mero hecho de exhibir en vitrinas y pautas publicitarias algunas porquerías mercantiles, habría una vorágine de hechos que desencadenaría en el flujo de miles y miles de esos ínfimos salarios hacia sus arcas. Era un hecho inexpugnable, que los míseros consumidores no podían evitar, puesto que el mecanismo que los exigía vivos, tal si fueran ríos de aceite que lubrica sus máquinas, también los necesitaba consumiendo al otro lado del mostrador. Era el chantaje con el que los mantenían atrapados, la pistola sobre la sien.
Inexpugnable era también el paupérrimo estado en que me encontraba: sentado sobre el piso, mi lecho nocturno, al lado del jardín de algún banco cuyo nombre nunca me interesó. El frío me había inquietado toda la noche, aunque ya me había acostumbrado al constante temblor de mi cuerpo, lo que no pude soportar fue la helada lluvia que se vino con los primeros rayos de luz. Enfrente se erguía uno de esos típicos edificios de los ochentas, totalmente cuadrado y simétrico, cuya única consideración arquitectónica podía suponérsele a algún insípido tecnócrata urbano; la fachada se dividía entre parchones de pintura azul, gris y verde, las distintas capas que alguna vez tuvo, más otras partes sin pintura del todo, puesto que se había descarapelado. A su lado había un antiguo edificio del siglo pasado, que poco despertó el interés de preservación de los distintos encargados de cultura de esa ciudad, y más bien parecía un cine porno de mala muerte. Y así una continuación de estructuras poco placenteras a la vista se conjugaban con los basureros desbordados, las bancas semi destruidas y demás mobiliario urbano en descomposición.
Tengo que admitir que un poco de melancolía me invadía. No puedo negar que el haber pasado dos o tres noches (ya ni recuerdo) en un frenesí de drogas me hace sentirme un poco culpable, aunque de manera pedante a veces me ufano de mi condición, pero eso lo explicaré pronto. El ardor en el estómago, por la falta de comida y la ingesta de sustancias pesadas, el mal olor a orines en mis pantalones, la sensación diarreica en mis intestinos que querían explotar, el dolor de cabeza y la aversión a la luz, entre otras cosas, eran un alto precio físico y moral a pagar por complacer mis más bajos instintos, incomprendidos por mi familia y amigos (y no, en el mundo de las drogas no tengo amigos, jamás podría llamársele así a un adicto). Pero esa es mi libertad, es mi forma de gritarle al mundo que todos están errados y engañados, atrapados por una telaraña de costumbres y repeticiones que los hace vivir una realidad virtual, cultural, que no es sino para beneficiar a otros, aunque a la misma vez, también les digo que me importan un bledo, que soy capaz de ignorar sus criterios prejuiciosos hacia mí y hacia otros, que la humanidad me es indiferente, que son una escoria de la que puedo prescindir.
Varios días habían pasado desde que no iba a mi casa, a ese cuchitril pequeño burgués en la cual mi madre insiste que re haga mi vida. No hay día que yo no pase dentro de esa casa que mi madre no ore por mi alma perdida antes de la cena. Elevando sus súplicas a ese ente ficticio, mitológico y alienante que es dios. Las palabras se desgranan en el aire, de la dureza sólida de las paredes no pasarán, ningún oído celestial intercederá por mí. Es más, yo soy la prueba que dios no existe. Ah sí, soy ateo, he de mencionarlo, puesto que para mí, la única doctrina es aquella que me aleje más de las intrincadas relaciones de la gente, llenas de hipocresía, de traición, de reconciliaciones y conflictos. Si dios realmente existiera, o 1) sería realmente imperfecto al crear un mamarracho tan disfuncional como nuestra sociedad humana, o 2) ha de tener un resentimiento profundo hacia nosotros, o 3) este sería el infierno, y el mismísimo sol, el horno que ha de tostarnos. Pero esos adoquines no me rechazaron, débil y famélico, caí de nuevo en la tentación; no soporté el final de mi primer semestre de universidad. ¿Para qué, al fin?, realmente el ser abogado no me llamaba la atención, pero tenía que tener un título y hacer algo de mi vida, tenía que ser capaz de ofrecerme al mejor postor para poder ser una persona completa y realizada.
Pero bueno, me he encargado de relatar mucho mis nociones del mundo y no tanto la situación en que me encontraba. Ese sentimiento de calma antes de la tormenta me comenzaba a molestar bastante. Sabía que unos minutos más allí y el caudal de personas aumentaría, lo cual incomodaría mutuamente a mi persona y a los transeúntes. Así decidí levantarme del piso, acción que casi me causa el vómito por el intenso mareo y debilidad que sentía; con costos pude no caerme gracias a la ayuda de un árbol sobre el cual me apoyé. Algunos me dirigían la mirada fugazmente, solo como por reflejo cuando uno ve algo moverse con el rabillo del ojo, pero difícilmente lograba capturar la atención de alguien; aunque la tendencia general pronto cambiaría, puesto que individuos menos acostumbrados a las barbaridades del inframundo comenzarían a adueñarse de ese lugar. Así, tenía que aprovechar los últimos haces de sombra que podían encubrir mis pasos (y no de sombra física, porque, como ya dije, el sol había salido hace poco; más bien hablo de esa sombra de percepción, como si la luz la vertieran los ojos ajenos, y así pues a aquellos que se han acostumbrado a mí, les importo poco, son compatriotas del país de los desterrados). Con pasos muy torpes logré alejarme de esa avenida, y me guíe por la acera que iba sobre una calle principal paralela al paso peatonal, donde ya transitaban los primeros buses del día. Mi idea era llegar hasta un lote baldío que distaba algunas cuadras de allí, y poder descansar más plácidamente. Pero entonces, vi al otro lado de la ancha calle un par de siluetas que algo se me hacían conocidas. En la boca de una parada de autobuses de una región a unas tres horas al sur de la ciudad, estaba un compañero de clase de la universidad, fumándose un cigarro y con una maleta negra y rectangular a los pies, esperando un taxi en la despoblada avenida. A los pocos segundos, un amigo de él, que recordé haber visto por los pasillos de la facultad, se le acercó y le pidió un cigarro, tal vez lograban aminorar el frío con esa medida (su hogar era bastante más caliente, por ende la brisa más fresca les arrancaba un tremor en los dientes). Ambos tenían la cara cansada, y hasta se podía distinguir a lo largo sus ojeras. Podía suponer, pues, que se desvelaron varias noches en quehaceres académicos, tal como a mí me lo exigían. Por un momento el estupor comenzó a desvanecerse, y de mi se apoderaban pensamientos de impotencia, me sentí ligeramente negligente por no haber sido capaz de cumplir esas obligaciones. Entonces pasó un taxi, los vio de reojo, y con sus dedos les hizo una seña negativa comunicándoles soezmente que no les pararía. El primero de ellos reclamó alzando los brazos en el aire, y el segundo se inmutó levemente si acaso. Esto nuevamente justificó mis noches de perdición. El taxista les negó el servicio por cuestiones concretas, no por caprichos incuestionables. Era un asqueroso racista que creía que la gente del sur era intrínsecamente mañosa y tacaña, y a esa hora podría hasta tratarse de ladrones de poca monta, que con su tez morena y su acento de campo atormentarían cualquier buen samaritano. ¿Qué mejor forma de celebrar mi conquista inconsciente, la confirmación dinámica de mis teorías, sino con una buena piedra de crack? Me dije a mi mismo que sentir la tentación de volver a la normalidad era común, un impulso inconsciente, que eso era lo que ellos querían que yo pensara; lo malo no era sentirlo, sino dejarse ir, de ese modo, una buena dosis de liberación me pondría de nuevo en el lugar ideal: lejos de las conductas humanas.
Sí, yo sé que es una liberación contradictoria. Pero para mí, liberarme es que nadie sea dueño de mi destino, es una nueva forma de ser egoísta, en la que prefiero no darle ni un solo ápice de mi persona a nadie más, aunque eso me cueste desposeerme de mí mismo; es como arrancarme totalmente de la existencia y que sea imposible sacar partida de mis facultades, eso es libertad: autoterrorismo. Y no me tienen que decir que yo vivo atrapado. Yo sé que vivo atrapado, y que mi captor no es un humano (lo cual me conforma). ¿Pero acaso los demás no viven atrapados también? Que mis grilletes sean más evidentes y repudiados no los hace mejores a ellos, ni aunque me señalen mil veces, ni aunque crucen la calle cuando me ven, ni aunque mi aparición en la luz del día signifique un insulto a la patria… ¡Ja! ¡Como si los padres de la patria no fueran en gran parte los mecenas del narcotráfico, la prostitución, la guerra y el hambre! Tampoco pueden echarme la culpa de ser así, es más, en parte me siento bendecido por que se me haya impuesto semejante condición humana. Sí, así es, la mayoría de drogadictos no escogimos serlo, como tampoco el gran concertista compró por internet su talento en el piano, ni el filósofo nació con las obras completas de Kant en su acervo lógico. Esa estúpida ideología de la voluntad omnipotente es pura mierda, los que la propagan no hacen sino sacudirse las manos de la sangre que las tiñe y la mugre que las ensucia, es desentenderse de la culpa que tienen en que todo lo malo se materialice. Cada asesinato, cada violación, cada robo, cada transacción de drogas, cada desfalco financiero y cada político corrupto no son sino manifestaciones distintas del mismo monstruo, cuyas células constitutivas somos nosotros mismos, pero somos tan pequeños e insignificantes que fallamos en distinguir ese hecho fundamental, y apelamos a esa voluntad omnipotente, como los más ingenuos, creyendo que realmente tenemos autonomía de acción, olvidando que dentro del monstruo cumplimos funciones específicas que no podemos dejar atrás, sino nos enfermaríamos y nos castigarían. Así, el pobre tiene sobre sí presiones muy fuertes que lo compelen a seguir siendo pobre; el drogadicto también es víctima de fenómenos biológicos que lo condenan a la ansiedad eterna del vicio, que genera un vacío más profundo e insaciable que cualquier dimensión cósmica pueda calcular.
Cómo y cuando llegué a ese punto: no importa. Pero me encontraba tirado sobre el altísimo zacatal de un lote baldío. El lugar en sí no me era desconocido, pero en aquel momento la lucidez no era mi mejor cualidad. Logré incorporarme torpemente, para dar unos cuantos tumbos hasta lograr recostarme sobre la pared de un edificio contiguo. Los efectos de la droga dominaban aún mi percepción y mi conciencia. Aquellos treinta segundos de placer se habían esfumado hace mucho, mismo lapso de tiempo que se yuxtaponía perfectamente con un momento de libertad absoluta, en el cual podía volar, sentir esa vorágine interna expulsando en violenta centrífuga toda la ansiedad, las preocupaciones, los miedos, las inseguridades, los arrepentimientos y demás consideraciones inútiles que me hicieran dudar de mi decisión. Ahora el cuerpo me cobraba sin piedad la intoxicación de que fue víctima (es como una relación de odio entre mi espíritu y mi cuerpo, son tan incompatibles como el infierno o el cielo, que tienen que habitar la misma existencia y repartirse almas bajo las mismas leyes bíblicas); mis sentidos estaban sobre expuestos al mundo, cualquier cosa a cien metros la oía con total perfección, tanto así, que me apabullaba el ruido meridiano de la ciudad; la vista también se encontraba doliente por la excesiva luz que entraba a ella. Pero ningún síntoma físico podía aplacar mi orgullo, cualidad que me hacía distar de un adicto común, ese que simplemente permite que la ansiedad ensombrezca y potencie sus arrepentimientos. Saber que en ese momento no tenía que subsumir mi propia vida a los deseos de otros, me absolvía de todo crimen contra mi corporeidad.
Decidí salir de ese matorral, para volver a la calle, y contemplar con dicha todo lo que no era yo, y navegar impío y antitético entre las personas corrientes, sentirme como la negación de todo lo que sus ínfimas vidas significaba, retar su decencia y decoro, y simplemente ser, sin ataduras ni cadenas impuestas. Esa miseria antiestética, alcanzaba mi máxima belleza interna, era mi gran obra de arte, mi pequeña rebelión escandalosa. Un buen curador vería en mis harapos y mi mal olor, la más solemne expresión de libertad y pureza, puesto que ni un átomo de prejuicios o construcciones sociales habitaba en mis actos. Cada paso que daba sobre la ruinosa acera afianzaba más y más mi expulsión rebuscada de ese espacio cultural del que nunca pedí ser parte. Las miradas todas seguían mi tormentoso andar. ¿Tan poco les importo que soy capaz de arruinar su día? ¿Soy más pequeño que la nada? ¿Y la nada es todo? Soy el vacío que absorbe al todo por mera inercia física.
Enfrente mío iba una señora de unos cuarenta y cinco años, medio rechoncha, con un perfume de por sí espantosamente dulce, pero que ante mi olfato potenciado, era como una peste incesante. Su caminar era un poco lento dado su ligero sobrepeso y torpeza, por ende, íbamos a una velocidad parecida, aún así nos distanciaban unos seis metros. Sabía cómo inquietaba a la pobre señora, que seguramente se sentía profundamente ofendida por mi existencia. Yo era una aparición de un mundo oscuro que normalmente no vería frecuentemente, pero yo decidí llevar esa mierda hasta ella y todos los demás, para que dejen de creer en sus fantasías diurnas, cuando todo está poblado de gente y aparentemente funcional. Pero de un momento a otro, alguna fuerza impredecible facultó a esta mujer para huir corriendo de la desdichada escena, gritando desesperadamente cosas que en mis oídos se desdibujaban como alaridos saturados. Poca importancia le di al hecho y seguí mi andar turbulento. Seguía absorbiendo la atmósfera alrededor mío, sintiendo que esa ciudad era sólo mía. Cuando la señora, por la esquina de esa cuadra, aparece de nuevo, ahora con una cara jactanciosa, vengativa, pero acuerpada por dos grandes policías. El dedo índice de su rechoncha mano se dirigió hacia mí, como tal vez antes señaló juiciosamente a otras personas, e inmediatamente las dos masas de carne acéfala y uniformada corrieron hacia mí en actitud agresiva. De pronto estaba siendo apaleado en el piso sin impronta alguna. Definitivamente no era la primera vez que me sucedía algo parecido, pero tampoco era placentero recibir semejante paliza. Los puñetazos en la cara eran casi tan dolorosos como los macanazos en las costillas. Era una suerte de venganza de la sociedad contra mí. Ahora el espectáculo se salía de mi control, y un círculo de idiotas se hizo alrededor con el único fin de curiosear, probablemente con un cierto regocijo por verme disminuido y destruido. Acérquese más señora, ¿está segura que este era el piedrero que trató de asaltarla? Creí escuchar de uno de esos cínicos policías, cuyo abuso de autoridad era una ventana que mostraba una gran estepa árida y desierta: su vida incolora y poco gratificante, más bien, tortuosa de tener, casi como si respirara ácido cada segundo que su corazón latía. Podía sentir la cadena de violencia en cada uno de sus golpes, sabía que entre más fuertes eran, más doloroso era el hecho de su vida que desahogaba y cobraba en mí; del cual yo no tenía ninguna culpa, dicho sea de paso.
La vieja asquerosa asintió. El otro policía emitió alguna amenaza hacia mí, que sinceramente no me importó. Poco a poco se comenzó a disipar el público, por cuanto los títeres de la retorcida y humana ley estaban levantando un acta, y al parecer el papel y el lapicero no califican como circo romano para los muy civilizados espectadores. La mujer se me acercó y me profirió improperios bastante estúpidos, y ahí fue cuando comprobé mi teoría: esa tipa era un engranaje más, y cometió un acto totalmente natural y predecible, fue error mío no predecir la posibilidad de que algún día me sucediera hecho tal. Del mismo modo, los policías actuaron en instinto como cuando un girasol da vuelta hacia el sol cada mañana, con la diferencia que la delicada flor lo hace por impulsos biológicos y evolutivos, los viles humanos lo hacen con instintos sociales, fundados culturalmente en su psique. Los prejuicios de la señora la llevaron a un extremo de suposiciones y distopías sobre mí. Aún así, el tono altanero y penetrante de sus palabras me impacientaba, más aún sabiendo que un ser tan inútil podía arrogarse ese cobarde derecho solo bajo la sombra de las macanas y la represión. De nuevo, un acto, digamos, natural, en tan insignificantes personas. Los policías entonces se dirigieron a pie hacia la delegación, sentido opuesto al rumbo que tomó la vieja. Todos me suponían suficientemente maltrecho como para no pararme por un buen tiempo. Pero no contaban con que la naturaleza prevalece, y los instintos que rigen mis actos son más fuertes que cualquier atadura corporal. Y sigo ufanándome de ello, puesto que no es ninguna persona la que me ata, sino, entidades superiores a las que me dispongo en bandeja de plata, aunque eso implique mi propia muerte. Entonces, me levanté del caño y como si nada me hubiera pasado, comencé a caminar, pronto, me encontré corriendo hacia la señora, y ese impulso se manifestó: tenía que negarla, que complacer sus prejuicios, que incomodarla, que arruinar su día, que tomar la más adecuada venganza, y era confirmando la exclusión que ella misma creó, castigo que se buscó de su propia boca, como si los actos de las personas dejaran estelas de destrucción por todo lado, y la misma violencia fuera autónoma e incesante. Le arrebaté el bolso, porque ella, sin saberlo, me lo pidió desde el momento en que pre supuso que yo lo haría. Corrí, tanto como pude. Y logre, como el más grande de todos, recuperar el trono que por unos minutos me habían arrebatado. Entonces, medité una cosa: ¿Cómo sería inaugurar un país donde a nadie le importe nada?
domingo, 24 de octubre de 2010
Alienación Obcecante
Su mirada perdida delata que se ha sumido en aquel mar de signos y no puede entender el mundo sino dentro de los conceptos preconstruidos por un ajeno y dispuestos en su percepción como un lenguaje de programación que la hace útil, mas condiciona todos sus juicios, que tienen tintes de repetición, de usurpación convenida por el usurpado.
Algún ligero rechazo sufrido desde la sociedad la hace creerse distinta. ¿En qué difiere? Si en ella solo se encuentra mismo el apestoso hedor con el que se identifica al resto. Hedor tan distinto como el de quien muere alguien de viejo o por homicidio, vías distintas de sumisión al abismo, pero al final, el viejo como la víctima dejan de respirar, cierran los ojos, su piel se vuelve insensible como el cuero, dejan de ser, y en nuestras mentes no son sino un signo, una reminiscencia de lo que fue carne, hueso y sentidos. Pero a fin de cuentas ¿quién no ha sentido rechazo de parte de otros?. No por haber acogido el rechazo y el aislamiento como eje de vida se ha emancipado del mundo de las apariencias y el consumo, no ha dejado de ser una gota de aceite que lubrica los mecanismos de control. Aún así sigue creyendo que es distinta, que se ha salvado de ser una vulgar etiqueta (ni vistiendo de hippie, ni adorando a Satán, ni criticando con la copa de vino en la mano), pero no entiende que la gran modernidad se vierte sobre cada esquina, rendija y grieta, como un gas necio que se cree omnipresente, así pues para ella también hay lugar en el estómago de la bestia.
¿Eso es ella? ¿Una reminiscencia que optó por anularse y dejarse llevar por el torrente de almas perdidas?. Alma tan perdida, como el viejo o la víctima, igual de insensibles, igual de ausentes.
sábado, 2 de octubre de 2010
Imposición idílica
Detengámonos a contemplar la lluvia por un rato, tal vez allí obtengamos nuevos elementos de juicio para el análisis posterior; aunque las observaciones más primerizas poco ayudan a dilucidar la cuestión, y más bien acentúan la pizca de melancolía que amenaza con ahogarnos: Entonces, la lluvia no es sino una monótona miríada de elementos homogéneos que, por una decisión unilateral de la física de partículas, se condensó en miles de millones de gotas individuales que se precipitan contra el asfalto, contra el zinc, contra la tierra desnuda también; pero en el fondo no son sino extensión de una nube matriz que las condena a creerse multitudinarias y únicas, como los arrogantes copos de nieve, que dentro de sus delirios estéticos se ufanan de exclusividad, para finalmente ir y venir dentro de cuerpos acuosos. Hasta el rocío más gentil, contra su voluntad de terciopelo, se deja llevar por las emociones, y en algún momento de su vida tomará la forma de un granizo del tamaño (y el ímpetu) de un puño. Todos se engañan, pero no son sino elementos inalienables y englobados de la hidrosfera, de la misma masa cuyo factor común es la composición química, relación que las manejará caprichosamente sin que lo sepan, puesto que eso las condena a la sumisión de la ley de su tipo: siempre que haya sol se evaporarán, siempre que haga frío se congelarán, con la gravedad correrán hacia el mar, y demás imposiciones tácitas que a veces ignoramos. Así pues, el ciclo hidrológico aparenta regalarle ego al lago con más historia y fama, a la tormenta más violenta, al arrogante pero bello copo de nieve, sin embargo sus personalidades incipientes se ven enmarcadas dentro de ser simple y sencillamente agua, no aceite, ni arsénico, sino agua; así pues, cada una puede ser reducida a insulsas gotas (y no de rocío, sino de las vulgares, de las que no acarician las hojas de las plantas o las mejillas de los niños).
¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? Pues lamentablemente todo lo que me rodea sigue el orden lógico arriba expuesto, aunque al mismo tiempo, quisiera que todo eso fuera desterrado de mi vista. Sí, es correcto, las personas, históricamente determinadas en mi contemporaneidad, son reflejos del agua vital que en gran parte somos. Reflejos poco solemnes, igual de desesperados y con una percepción sobre la individualidad también de tergiversada: también somos parte de un todo pero nos hacen de creer que somos únicos a través de nuestros deseos. A fin de cuentas…mi astilla es una cosa muy mundana, y lo expongo a continuación.
Se me plantea inicialmente una dualidad dicotómica: me exigen tomar un curso de vida que sea mercantilmente viable, para poder indiferenciarme los demás miles pobres diablos que se ven compelidos a alquilar su voluntad, para impedirla, contravenirla, y ponerla a funcionar en pos de intereses externos a los propios, y convertirme en un ser deseable para otros, aquellos que pueden hacerme el favor de darme de comer, y al mismo tiempo, y de un modo más grotesco, reconocerme como persona, puesto que parece que el único tacto que puede identificarme en la oscuridad de la inexistencia humana, es aquel del choque agresivo entre pobres diablos compitiendo por una misma cosa, cuyos sonidos de guerra, sus arrebatos caníbales, son oídos por los generales que después decidirán si nos traen al mundo de las personas o nos dejan vagando en la dimensión de las ánimas. Aunque bueno, todo eso es relativo a la satisfacción de las necesidades más básicas de mi ser físico (como ya se sabe, atadas a una viabilidad mercantil laboral, para obtener así las migajas que llamamos salario, pase universal a los bienes de subsistencia), paralelamente, también tengo que mantenerme dentro de los paradigmas culturales, de género, etáreos, y demás, lo que se supone que debo ser, para así poder conseguir la paz psíquica, que se logra al no perturbar el decoro y el pudor de aquellos con los que me relaciono de algún modo, y con ello, no generar un caldo de cultivo para los dedos índices señaladores y las palabras enjuiciadoras que nos delatan como transgresores del orden establecido.
Pero al mismo tiempo, el otro lado de la dicotomía se manifiesta: se me reclama por ser conformista si no persigo mis magnas y altivas metas, si no trato de ser un objeto único dentro del mar homogéneo del que me obligan a ser parte para sobrevivir, o en el peor de los casos, se me juzgaría duramente por ser pobre y no tener fuerza de voluntad para acceder a las mieles del éxito. Se me hace sentir único a cada paso que doy, capaz, inteligente, hedonista, me proponen viajes a Europa, autos de lujo, la vida de un rockstar o por defecto, cualquier deseo que alimente la individualidad. Esta situación parece más ser un señuelo que una oferta realista, la máscara que utilizan para que nos dispongamos a las órdenes de la maquinaria que nos desgrana; esto nos comienza a indicar de qué manera, a pesar de presentarse como una dicotomía, tiene una raíz común, y simplemente posee dos caras distintas: la que vivimos y la que nos venden. ¿Raíz común?, pues sí, todo se remite a eso de vivir para otros (las migajas no son casualidad); en nuestra primera faceta de viabilidad mercantil, es bastante obvia la sumisión, mas en la quimera de las ilusiones y las fantasías de televisión, acarreadas por modelos profesionales, maquillaje y estudios de psicología del consumo, es un poco más difuso. Aunque todo comienza a aclararse cuando retomamos aquello de la paz psíquica que obtenemos cuando nos sometemos al hierro de las normas sociales, y así pues, nuestras necesidades (por cuya satisfacción nos esclavizamos a una rutina laboral) terminan por englobarse dentro de ese torrente de signos e imágenes, las cuales, si no son evocadas en nuestras acciones, si no las repetimos industrialmente, seremos castigados. Consecuentemente, el modo en que como seres humanos nos desenvolvemos, y el cómo configuramos nuestras metas, también será motivo de juicio externo…por ende, nuestros sueños e ilusiones devienen en sus utopías.
Claro, hay una forma de librarse de esta contradicción, al menos parcialmente. Será pues, sin chistar, acceder a regocijarse dentro de la enervante rutina laboral, dentro del esquema ético circundante, dentro del concepto de masculinidad (o femineidad, según el caso), practicando la religión dominante, etc. (aún siendo más castrante el trabajo, puesto que no solo compromete nuestras mentes y nuestras percepciones, sino que llega a enclaustrar al cuerpo y al tiempo, desdeñando nuestra calidad humana por varias horas al día). Es un tipo de masoquismo que, por supuesto, yo no practico ni entiendo; es la capitulación a la servidumbre (no tan) encubierta, a aceptar la supresión de la libertad real, y cambiarlo por toneladas de libertad aparente (y mediatizada). Tal vez acá nos demos cuenta que yo he enfocado este problema de un modo un tanto egoísta, puesto que la gran mayoría de los tristes mortales, no ven ninguna dicotomía, han optado por consumarse en los placeres superficiales que resaltan como única opción a la hora de llegar al hogar tras una larga jornada, de esas que disponen todas las facultades de una persona al servicio de otra, a la espera de algún beneficio residual, dando por un hecho la categoría moral de sabandijas que portan a cuestas, sabiéndose imposibilitados de acceder a los vinos y a las putas con las que sus superiores ejercen y materializan su posición social (aunque las corbatas de unos cuesten diez veces más que las de otros, siempre hay formas cada vez más extravagantes y desfachatadas de hacer valer). Y ya cuando en sus billeteras reside aquel beneficio famélico que obtuvieron tras besar el piso, tratan desesperadamente de lavarse el lodo que cubre su apellido criollo y su apartamento barato, cuyo motor es el afán de ser como los de arriba, ese es su impulsor: su inconformidad, la sistemática baja autoestima, implantado tras años y años de ver como le restriegan las hipotéticas y hedónicas quimeras, que poco a poco nos van desnudando sus propósitos homogenizadores y utilitarios.
Así pues, me niego a ser parte de ese individualismo truncado, ficticio. Solo rasga tímidamente las capas exteriores del alma, empero esta sigue sin ver la luz del sol, sin alimentarse, sigue sin oxígeno, y por ende, empequeñecida y ensombrecida. Que alcanza solo sonrisas fugaces, que se ven espaciadas por momentos de angustias para poder alcanzar de nuevo esas felicidades transitorias. Me declaro una gota que quiere dejar de ser agua, que sabe que ser el glaciar o lago es indistinto y falaz; aspiro a abandonar las coercitivas leyes de las personas, que funcionarán como destino, futuro y perdición para la mayoría. Pretendo no dejarme chantajear más por las amenazas de aislamiento y relegación, ni tampoco supeditaré mi vida a los deseos de aquellos con votos de consumo, capaces de disponer de mis esfuerzos. Esos terroristas que blanden sin asco los avatares de miles de negros muertos de hambre, mujeres arrodilladas con moretes en la cara, extranjeros vapuleados por la policía migratoria. O los desvergonzados que con una mano en la biblia (a veces para agregar peso divino a sus retorcidas palabras, otras para jurar contar únicamente la verdad sobre el banquillo de los acusados) me avizoran torturas infinitas en el infierno, pero que por otro lado, me prometen una vida eterna de gozo y gloria si me relego a una realidad ascética y frugal, si me arrepiento, perfecto complemento para poder soportar los embates interiores que suscita el ver a los jefes tomando vino y follando putas…la miseria del fracaso se mata con una ostia cada domingo. Tampoco me dejaré convencer por los que me dicen que tener como prioridad el crecimiento y prosperidad de este sistemita de engranajes que llaman economía, es la única vía para poder elevar la sacrosanta civilización al lugar primordial que se merece, y cualquiera que atente contra los valores de la nación y la democracia, será perseguido tal si fuera el criminal más atroz. Eso no es una vida, es una tregua.
miércoles, 14 de julio de 2010
El Averno
La noche era fría y lluviosa. Las gotas suicidas ejecutaban una sinfonía somnífera, que junto a la baja temperatura, se predisponían condiciones para un sueño plácido. Aún así, estaba sentado al borde de la cama, viendo por la ventana, admirando las ramas mecerse suavemente. Tal vez eso me podía tranquilizar.
Contrario a la lógica del entorno, no logré descansar mis párpados, algo me inquietaba, como un escozor, pero no estaba en mi piel, ni en mi cuerpo, simplemente algo no estaba en su lugar. Entonces hice a tomar del vaso con agua en mi mesa de noche, cuando sentí un extraño mareo, y noté el agua vibrar...¿será la inevitable verdad?. Oh, alucinaciones nocturnas tal vez…no, no era eso. Caminé hacia la ventana y sentí la misma frecuencia de mi cabeza vibrar en el vidrio. Abrí la ventana y una fuerte ráfaga de viento húmedo y gélido penetró en la habitación. Las trepidaciones de sus pasos agitaban violentamente la tierra e inquietaban el aire. Esa anunción en decibelios terroristas que hacían delirar a los incautos. Eran ellos, los transgredidos, los que ofendí con mis actitudes de fuero irreverente, los evadía, me iba a la deriva lejos de sus miradas críticas y su látigo, que con un golpe podían sacudir el mundo de cualquiera.
Yo sabía, maldita sea, las señales estaban en todo lado, pero no lo quise aceptar...¿Yo perseguido?¿Me estaban cobrando a estas alturas de la vida? ¿En serio tendría que acudir al exilio de mi propia identidad para saldar la deuda?. Mi esencia, mi don se transmutó en esporas, se incomodaron habitando mi carne y mis huesos, arrastrando mi infamia y mis derrotas, tachadas por mi inoperancia y mi negligencia, y se filtraron entre los poros para hacerse al vendaval invernal. Me sentí vacío, con la mente en blanco e incapaz de hilar pensamientos coherentes. Los pequeños remolinos de mi propio polvo danzaban con las gotas de lluvia, felices, ya no eran parte de mi, esa escoria sin honor.
Me precipité y grité, salí corriendo en ruta a el exterior de la casa, chocando contra cuanta pared me encontraba. Ya afuera, las ramas de los árboles parecían captar de la atmósfera pesada energías oscuras; se retorció forzosamente la madera de los troncos y formaban rostros tenebrosos, con sonrisas irónicas que irradiaban la satisfacción cínica de verme desposeído en el estrado. De pronto, parecía que todo se comenzó a disponer alrededor mío, en mi nublada vista veía los árboles moverse y disponerse en círculo, dejándome en el centro, a expensas de sus miradas. Hasta los más hábiles búhos parecían ser gárgolas expectantes en las copas, querían ver mi desfiguración inmaterial, querían ver como mi mente era sobrepasada en su capacidad, como era obligada a pensar lo impensado hasta entonces, lo pospuesto...
Pero los árboles eran si acaso lo más notorio del gran movimiento que poblaba la escena: más allá de la lluvia pesada y oscura, como torrentes de petróleo caídos de nubes pesimistas, bailoteaban sombras que volaban sobre mi cabeza, como carroñeros espectrales que se transfiguraban en medio vuelo, arrastrando sus borrosos cuerpos tras su cabeza fugaz, también se escuchaban risas y se veían ojos luminosos por acá y por allá, y demás consciencias que estaban allí para cumplir el contrato. Eran las 11:59, simplemente lo supe. Toda esta irrealidad me despertaba recuerdos de un pasado anterior a mi nacimiento, de pactos, de concordatos, de concesiones, de donaciones, del don…
Mi ideario y mi filosofía eran vanas suposiciones hasta entonces, me había traicionado día a día, mintiéndome a mi mismo. Vaciando las nubes, lloviendo siempre con sueños insulsos los campos a fertilizar, pero la semilla seguía guardada, no había arado aún el campo, diciendo, procrastinando el hecho, la tarea…lo pospuesto… Pues los mercaderes de la expectación no estaban muy de acuerdo con mis métodos en la agricultura de metas, me buscaban para cobrar, para cobrar las cosechas desperdiciadas a la infatua creencia injustificada de constancia y superioridad que yo siempre profesé.
El bosque ya era merecedor de un exorcismo. La tierra se tornó árida, gris y los árboles dejaron caer sus hojas, las cuales se volaron por todo lado, junto con las esporas y la lluvia, y tras un rugido omnipresente formaron una magna aurora en el cielo. Las ramas desnudas daban una idea esquelética de longevidad tortuosa, de senilidad, pero sus fornidos troncos aún estaban riéndose de mi, mientras las sombras danzaban contrapuestas a la mortecina luna, cuyo tenue fulgor rojizo moría poco a poco...
“Has pecado por última vez. Castigaremos las reiterantes transgresiones y burlas al balance universal, y haremos de justicia. Cobraremos la deuda de las promesas que no se cumplieron jamás.” – dijo la voz que se confundía con truenos.
Entonces toda la escena macabra empezó a reunirse en un solo punto: las hojas, el polvo, la lluvia, la tierra, todo, se arremolinó frente mío, alimentado por la luz de fuego se fundieron en un solo ente. Ni si quiera había suelo firme, solo una dimensión oscura que me rodeaba,...entonces de nuevo, se abrió el umbral.
Ya era hora...
Los avernos de mis tempestades se abrían de nuevo
La lava del infierno burbujeaba emanando pesadillas
Recalcitrantes recuerdos, de cuando me sumergí en esos ríos rojos
Como sentía que mi carne era cocinada en su propia inmoralidad
Tenía que entrar

