Y el géminis amoroso te cuenta palabras de alivio, que desvanecen aquellas penurias que todos asumen producto de la paranoia, del masoquismo que pretende dividir la razón de la estabilidad mental con su ejército de fantasmas. Los besos plásticos de la máscara se sentían tan reconfortantes; sus ojos, aunque semiocultos, prometían lechos de rosas y caminatas por el bosque, pero algo seguía inquietando al loco, vanas suposiciones tal vez.
Por suerte para la justicia, el géminis es experto en la mentira, más no sabe guardar sus huellas, no hay mejor detective que aquel que practica a ser traicionado todas las noches sin cariño; en el mundo no hay trama más compleja que la tejida por una mente en desasosiego con el mundo. Finalmente, ni el más diestro maestro del engaño es capaz de esconder su nuca para siempre, a partir de ese momento, la confianza forzada se convierte en ingenuidad, y las tribulaciones subjetivas devienen en intuición casi mágica. Más el premio de la agudeza no es otro sino correr el telón que oculta los guiones escritos por todos, finalmente, nuestro don supremo se convierte en un castigo, penetramos el averno y los demonios materializan nuestra prognosis infernal.
Ya sé porque nos llaman locos, después de todo somos capaces de descubrir las nucas costrosas que casi todos ennegrecen fundamentados en la libertad y el gozo; tienen miedo, por eso nos recluyen en manicomios, celdas donde las verdades solo rebotaran en el prístino blanco de las acolchonadas barreras, y mientras ellos afuera, continúan la danza sobre las tablas, con mucha utilería y palabrería.
jueves, 15 de octubre de 2009
jueves, 27 de agosto de 2009
Religiones Encubiertas
Las probetas y las placas de Petri poco a poco se van emplazando en el nuevo púlpito, donde de paso, el predicador substituyó la sotana por una bata blanca. Las liturgias ya no son pasajes bíblicos, sino leyes de la termodinámica, y de nuevo, antiguos revolucionarios son, en boca de otros, multiplicados como los nuevos dogmas por vencer, en contra de su principio originario.
Plantean ecuaciones matemáticas en pretensión de socavar las últimas esperanzas de las masas ennegrecidas por el hambre de sus jefes. Aducen que los males del mundo se deben a las mentiras de la fe, a la autocomplacencia como una conducta humana vergonzosa, solo vista en aquellos indignos e incapaces de pensar por su propia cuenta, los que dan solución a las incógnitas invocando las nubes del cielo…las ovejas…pero, los rebaños también se empapan de órdenes superiores en los auditorios de la Academia, también reflejan un fin, y no precisamente uno muy noble, después de todo, por las venas de la ciencia también corre oro, brillante oro.
Incuestionables los párrafos de sus libros, a pesar de saber bien que no se puede meter al universo en una gaveta, cerrarla y pasar al siguiente problema, como si la Teoría del Todo fuera un crucigrama de domingo. Su verborrea intenta escribir en piedra las palabras que los revolucionarios admitieron en arena, pues tras cada marea baja se necesitan reconstruir las carreteras de nuestra percepción existencial.
Verdaderamente, la línea entre cielo y tierra se desdibuja conforme los cables del titiritero se entrelazan mientras se dramatiza la pelea entre muñecos, finalmente, monigotes del mismo artesano.
Prefiero no escribir mucho al respecto, prefiero que el lector se forme un criterio pero...solo quiero aclarar algo, soy agnóstico, casi ateo. Solo por aquello que confundan mis posturas religiosas.
Plantean ecuaciones matemáticas en pretensión de socavar las últimas esperanzas de las masas ennegrecidas por el hambre de sus jefes. Aducen que los males del mundo se deben a las mentiras de la fe, a la autocomplacencia como una conducta humana vergonzosa, solo vista en aquellos indignos e incapaces de pensar por su propia cuenta, los que dan solución a las incógnitas invocando las nubes del cielo…las ovejas…pero, los rebaños también se empapan de órdenes superiores en los auditorios de la Academia, también reflejan un fin, y no precisamente uno muy noble, después de todo, por las venas de la ciencia también corre oro, brillante oro.
Incuestionables los párrafos de sus libros, a pesar de saber bien que no se puede meter al universo en una gaveta, cerrarla y pasar al siguiente problema, como si la Teoría del Todo fuera un crucigrama de domingo. Su verborrea intenta escribir en piedra las palabras que los revolucionarios admitieron en arena, pues tras cada marea baja se necesitan reconstruir las carreteras de nuestra percepción existencial.
Verdaderamente, la línea entre cielo y tierra se desdibuja conforme los cables del titiritero se entrelazan mientras se dramatiza la pelea entre muñecos, finalmente, monigotes del mismo artesano.
Prefiero no escribir mucho al respecto, prefiero que el lector se forme un criterio pero...solo quiero aclarar algo, soy agnóstico, casi ateo. Solo por aquello que confundan mis posturas religiosas.
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dogmatismo,
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religión
domingo, 23 de agosto de 2009
Teórica libertad
Los cables eléctricos cercenaban las nubes algodonadas y de paso servían como estación de reposo para los cuervos durante su tiempo ocioso. Así podían parlotear sobre las últimas novedades en su negro mundo; en esta ocasión, la muerte por inanición de un compañero de especie, hecho que se comenzaba a hacer común.
Todos lanzaban los típicos comentarios de lástima engrandeciendo al difunto, olvidando como en vida más bien le aborrecían y por dentro se decían “ya era hora para ese inútil“. Entonces un ave pensativa que miraba a las nubes se reincorporó a la conversación.
- Realmente considero a la supervivencia como una cosa sencillísima, consta únicamente de tomar decisión tras decisión. – propuso el filósofo emplumado. – Nuestro corazón siempre nos da pistas sobre el camino correcto, es sentido común, pero siempre somos unos vulgares conformistas que preferimos desperdiciar nuestros días volando pico en estos cables en vez de ir diligentemente a conseguir alimento, tal como lo dictan nuestros instintos y con esto haber tomado la decisión correcta. – sentenció gravemente mientras levantaba el tono de su voz, todos habían hecho silencio total para oírlo – ¡No movemos ni media ala!. Tal vez por esto se haya generalizado el odio hacia nuestra humilde especie. Si van a un parque humano cualquiera y observan, únicamente verán palomas infestando el espacio, y todas siendo alimentadas por esos caprichosos humanos. ¿Acaso han visto ustedes que esos feos lampiños dejen sus mascotas muertas o las sobras de su carne a nuestra merced?. – prosiguió el hábil orador, ahora siendo escuchado atentamente por toda la bandada que comenzaba a emocionarse - En todo caso, la solución está en nuestras manos, todo lo que necesitamos sea agua, carroña, pareja, refugio, está dispuesto en la espesura del bosque justo en las afueras de esta jungla de concreto. Aún así, seguimos muriéndonos de hambre ¡no tiene sentido colegas!. Después de todo, los cuervos son más viejos que la civilización humana, nuestros ancestros no necesitaban reposar en estos malditos cables para hacer su día.
El cuchicheo comenzaba a sobreponerse al silencio y cada vez eran más los cuervos que asentían al escuchar esas palabras, la atmósfera de reivindicación, de acción comenzaba a nutrir los bríos de la multitud.
De pronto una fuerte brisa sacudió el cablerío y con ella vino una intensa peste a muerte, lo que despertó el hambre de algunos.
- No seamos cuervos involuntariosos, con solo el acto de desear se puede obtener cuanto queramos. Así que compañeros, propongo que cumplamos nuestra noble misión, ese olor delata una vaca muerta, suficiente festín para todos. ¡Enrumbémonos hacía allí como nos dicta el corazón!. – finalizó el agitador, cuya habladuría caló el ánimo de la bandada, que unánime se hizo al viento en busca de su carroña indisputable.
A los pocos minutos las decenas de aves divisaron el gran mamífero tendido sin vida sobre el zacate, entre la sombra de un par de cipreses. Los individuos comenzaron a dar vueltas en círculo alrededor del cadáver mientras los primeros aventurados aterrizaban cerca. Pronto, eran todos los que se zambullían sobre el cuerpo.
Poco después, unas gigantes sombras eclipsaron el sol y alertaron al grupo. Los poderosos zopilotes estaban atisbando al mismo animal, únicamente afinaban detalles antes del ataque. En picada cayeron las gigantes aves amedrentando a los cuervos. Cuando extendían la envergadura de sus alas parecían premoniciones de muertes prematuras, con ello rápidamente la pasión se convirtió en pánico y los cuervos volaron despavoridos antes de siquiera imaginarse un enfrentamiento contra tales bestias del aire.
- Huyan escorias, ustedes jamás podrán disputar nuestros alimentos, nuestro abrigo, nuestro territorio. ¿Cómo se atreven a tan solo haberse acercado a nuestra presa?, es una transgresión al orden, ustedes abajo, nosotros arriba. Tal vez en un par de días esta vaca esté putrefacta y ya no nos apetezca, entonces ustedes podrán llenar sus pequeños estómagos con algo de carne y bacterias. – gritó uno de los zopilotes mientras las otras aves huían.
A los pocos días, al menos una decena más de cuervos habían sucumbido al hambre, y había poco que pudieran hacer. Ni las palabras, ni la buena voluntad, ni el querer, ni las fantasías, ni el status quo, ni la teórica potencialidad infinita de todo ser alcanzada a través del deseo y la perseverancia, podían llenarlos y perpetuarlos como especie. Más bien parecía ser la voluntad de los zopilotes de dejarles sobras podridas la que los mantenía con vida.
Todos lanzaban los típicos comentarios de lástima engrandeciendo al difunto, olvidando como en vida más bien le aborrecían y por dentro se decían “ya era hora para ese inútil“. Entonces un ave pensativa que miraba a las nubes se reincorporó a la conversación.
- Realmente considero a la supervivencia como una cosa sencillísima, consta únicamente de tomar decisión tras decisión. – propuso el filósofo emplumado. – Nuestro corazón siempre nos da pistas sobre el camino correcto, es sentido común, pero siempre somos unos vulgares conformistas que preferimos desperdiciar nuestros días volando pico en estos cables en vez de ir diligentemente a conseguir alimento, tal como lo dictan nuestros instintos y con esto haber tomado la decisión correcta. – sentenció gravemente mientras levantaba el tono de su voz, todos habían hecho silencio total para oírlo – ¡No movemos ni media ala!. Tal vez por esto se haya generalizado el odio hacia nuestra humilde especie. Si van a un parque humano cualquiera y observan, únicamente verán palomas infestando el espacio, y todas siendo alimentadas por esos caprichosos humanos. ¿Acaso han visto ustedes que esos feos lampiños dejen sus mascotas muertas o las sobras de su carne a nuestra merced?. – prosiguió el hábil orador, ahora siendo escuchado atentamente por toda la bandada que comenzaba a emocionarse - En todo caso, la solución está en nuestras manos, todo lo que necesitamos sea agua, carroña, pareja, refugio, está dispuesto en la espesura del bosque justo en las afueras de esta jungla de concreto. Aún así, seguimos muriéndonos de hambre ¡no tiene sentido colegas!. Después de todo, los cuervos son más viejos que la civilización humana, nuestros ancestros no necesitaban reposar en estos malditos cables para hacer su día.
El cuchicheo comenzaba a sobreponerse al silencio y cada vez eran más los cuervos que asentían al escuchar esas palabras, la atmósfera de reivindicación, de acción comenzaba a nutrir los bríos de la multitud.
De pronto una fuerte brisa sacudió el cablerío y con ella vino una intensa peste a muerte, lo que despertó el hambre de algunos.
- No seamos cuervos involuntariosos, con solo el acto de desear se puede obtener cuanto queramos. Así que compañeros, propongo que cumplamos nuestra noble misión, ese olor delata una vaca muerta, suficiente festín para todos. ¡Enrumbémonos hacía allí como nos dicta el corazón!. – finalizó el agitador, cuya habladuría caló el ánimo de la bandada, que unánime se hizo al viento en busca de su carroña indisputable.
A los pocos minutos las decenas de aves divisaron el gran mamífero tendido sin vida sobre el zacate, entre la sombra de un par de cipreses. Los individuos comenzaron a dar vueltas en círculo alrededor del cadáver mientras los primeros aventurados aterrizaban cerca. Pronto, eran todos los que se zambullían sobre el cuerpo.
Poco después, unas gigantes sombras eclipsaron el sol y alertaron al grupo. Los poderosos zopilotes estaban atisbando al mismo animal, únicamente afinaban detalles antes del ataque. En picada cayeron las gigantes aves amedrentando a los cuervos. Cuando extendían la envergadura de sus alas parecían premoniciones de muertes prematuras, con ello rápidamente la pasión se convirtió en pánico y los cuervos volaron despavoridos antes de siquiera imaginarse un enfrentamiento contra tales bestias del aire.
- Huyan escorias, ustedes jamás podrán disputar nuestros alimentos, nuestro abrigo, nuestro territorio. ¿Cómo se atreven a tan solo haberse acercado a nuestra presa?, es una transgresión al orden, ustedes abajo, nosotros arriba. Tal vez en un par de días esta vaca esté putrefacta y ya no nos apetezca, entonces ustedes podrán llenar sus pequeños estómagos con algo de carne y bacterias. – gritó uno de los zopilotes mientras las otras aves huían.
A los pocos días, al menos una decena más de cuervos habían sucumbido al hambre, y había poco que pudieran hacer. Ni las palabras, ni la buena voluntad, ni el querer, ni las fantasías, ni el status quo, ni la teórica potencialidad infinita de todo ser alcanzada a través del deseo y la perseverancia, podían llenarlos y perpetuarlos como especie. Más bien parecía ser la voluntad de los zopilotes de dejarles sobras podridas la que los mantenía con vida.
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jueves, 30 de julio de 2009
De océanos y distancias, fuego y presagios.
Las marcas en mi cuerpo no son
indelebles recuerdos , sino
tristes resabios que pronto sanaran.
Que mal…
Y es que aún destilo lágrimas
de cuando en cuando
con solo curiosear tu suerte
con suponer, imaginar, inventar
el lugar que te alberga ya.
Esa misma suerte me despelleja,
machaca con sus colmillos
las mariposas de mi estómago
vertiendo ácidos y olvido.
Me incompleta, discurre océanos
entre tu buena suerte y mi desdicha
Sonreís, lloro. Ambos somos felices.
Pero yo sigo aquí. Y mi felicidad
en realidad no existe
Soy feliz por vos, es tu camino
Yo entiendo: es tu cosmogonía
tu renacer, tu nueva vida.
Pero en mi cotidianidad, no es más
que arrancar una página de la vida,
arrugarla, romperla, esconderla,
pero sin antes voltearla, superarla,
agotarla.
Deseo retornar las manecillas
y hacerme masoquista
tomar el bus y verte,
aunque sea una tarde vez más.
Pero a estas alturas
de seguro un océano
ya divide nuestros cuerpos.
Y pensar que ayer
tan solo una mirada nos apartaba.
He acá una poesía. Casi nunca escribo poemas, y usualmente no lo hago muy bien, creo que esta no es la excepción. Más en todo caso, la utilicé como medio para desahogarme un poco. Aunque odio enclicharme y enmarcar la poesía en mi y mis sentimientos, cosa que generalmente no me gusta en otros autores. Pero bueno...
Tampoco me siento tan tan mal. Creo.
indelebles recuerdos , sino
tristes resabios que pronto sanaran.
Que mal…
Y es que aún destilo lágrimas
de cuando en cuando
con solo curiosear tu suerte
con suponer, imaginar, inventar
el lugar que te alberga ya.
Esa misma suerte me despelleja,
machaca con sus colmillos
las mariposas de mi estómago
vertiendo ácidos y olvido.
Me incompleta, discurre océanos
entre tu buena suerte y mi desdicha
Sonreís, lloro. Ambos somos felices.
Pero yo sigo aquí. Y mi felicidad
en realidad no existe
Soy feliz por vos, es tu camino
Yo entiendo: es tu cosmogonía
tu renacer, tu nueva vida.
Pero en mi cotidianidad, no es más
que arrancar una página de la vida,
arrugarla, romperla, esconderla,
pero sin antes voltearla, superarla,
agotarla.
Deseo retornar las manecillas
y hacerme masoquista
tomar el bus y verte,
aunque sea una tarde vez más.
Pero a estas alturas
de seguro un océano
ya divide nuestros cuerpos.
Y pensar que ayer
tan solo una mirada nos apartaba.
He acá una poesía. Casi nunca escribo poemas, y usualmente no lo hago muy bien, creo que esta no es la excepción. Más en todo caso, la utilicé como medio para desahogarme un poco. Aunque odio enclicharme y enmarcar la poesía en mi y mis sentimientos, cosa que generalmente no me gusta en otros autores. Pero bueno...
Tampoco me siento tan tan mal. Creo.
viernes, 24 de julio de 2009
Espíritu Débil
La agilidad era necesaria para sortear el tránsito por la calle peatonal, que a esas horas de la mañana se poblaba de seres dispuestos a nadar en la rutina de un día más de muchos que, sin grandes acontecimientos, se apilarían para contar una u otra biografía relámpago. Los alaridos de comerciantes dispuestos a lo largo de la avenida hacían cacofonías en contrapunto. Cada segundo nacía un nuevo grito publicitando chucherías chinas o películas pirata. Los indigentes se arrellanaban en el lecho adoquinado, costrosos y hediondos parecían esculturas urbanas que, después de todo, eran la concreción del modo de vida citadino.
Daniel caminaba presuroso, refugiándose del sol en las sombras de los pocos edificios altos levantados alrededor. A pesar del apuro le parecía imperioso admirar el carnaval donde los vendedores despreciaban a los indigentes, los transeúntes relegaban a los mercantes, y Daniel despreciaba a los que despreciaban…los indigentes repudiaban todo, aún que esgrimieran a Dios y su perdón divino como razón para atenderlos. En una valla en media calle se leía ”Esa mujer amada merece lo mejor para este 15 de agosto, regálele cocinas WomenAid“ y mostraba la imagen de una esbelta modelo cocinando y sonriendo al mismo tiempo, algo distante de su madre amargada y desgastada. Sorprendente que, tan pronto como el calendario hiciera del día del padre un ayer, ya los publicistas forraban la ciudad promocionando el día de la madre. De la nada y por la desatención a la realidad, se tropezó con la prótesis de pierna de un mendigo que cascabeleaba monedas en un vaso. Mientras procuraba equilibrio, el viejo le espetó una risilla pícara.
-Diay muchacho, aunque sea déme cien pesos para mandar la pata al taller – dijo entre risas acercándole el vaso.
Recién incorporado se rebuscó un par de monedas dentro del pantalón y se las dio al hombre.
- Gracias mi hermanito, que Dios lo bendiga.
- Tranquilo, más bien perdón – respondió Daniel suavemente tratando de aligerar el bochorno.
Ese pequeño episodio por alguna razón le despertó el hambre, y recordó no haber desayunado. Debía comer algo para completar sus compromisos, de otro modo se vería atascado en una fila o en un bus y las tripas se retorcerían en amenaza de desmayo . Así decidió dirigirse a una soda que se veía en la esquina. Se sentó en una banca de madera frente a una larga barra cubierta de cerámicas. A su izquierda estaba una vitrina de vidrio desplegando empanadas de queso que vertían grasa sobre el plato, emparedados fríos y enyucados del día anterior. Una mujer de corta estatura, con una red en el cabello y tez oscura se acercó a atenderle.
- ¿En qué se le puede servir muchacho? – preguntó la mujer con un marcado acento extranjero.
Daniel la miró casi con cierta duda y desconfianza.
- Si buenos días, señora. ¿Tiene desayunos? – preguntó con un tono frío y monótono.
Ya tomada la orden, la mujer encendió un televisor situado en un estante esquinero de su lado de la barra. De éste poco se podía ver, ya que una gruesa película de grasa difuminaba las imágenes. Daniel se quitó la mochila que andaba sobre la espalda para colocarla en otra silla, pero antes decidió sacar aquel periódico con editorial de izquierda que tanto le gustaba comprar, ya que él admitía cierta simpatía por la estética socialista, sin haberse comprometido nunca en alguna causa de este tipo.
“Desempleo aumenta al 8%, Sector de la construcción se contrae un 50%“ rezaba el titular del periódico. Tras cada vuelta de página una nueva mala noticia se anunciaba a Daniel,, y el denominador común para todas ellas era la siniestra y negligente administración de parte de un gobierno adicto al capitalismo, los rascacielos y el dinero. En el televisor grasoso se sintonizó el noticiario de las mañanas. “Policía finalmente desaloja a los vendedores ambulantes en Heredia“ contaba el presentador mientras se mostraban imágenes de tres policías apaleando en el piso a una señora cincuentona y con un vestido floreado. “Que se busquen un trabajo de verdad esos vagos. ¡El que es pobre es pobre porque quiere! Trabajos dignos hay por todo lado. “ aseveró un viejo encorbatado al noticiario desde su camioneta negra, ostentosa y lujosa como el carruaje de un noble francés de hace cuatro siglos.
La curiosidad obligó a Daniel a dividir su atención entre ambos medios de comunicación. No era tan fácil asimilar y aceptar las posiciones del papel contrapuestas a la televisión (todo lo que digan allí es cierto ¿no?). Sus dedos arrugaban la esquina de la página para pasar a la siguiente. “Construcción de nueva represa inundará pueblo colonial y reserva indígena“ decían las grandes y rojas letras impresas en el pliego. Daniel trataba de reflexionar un poco el asunto mientras mojaba un poco de pan en la yema cruda del huevo desparramado en su plato. Se llevó el trozo de bollo a la boca dejando sus labios amarillos y llenos de boronas. Entonces le llamó la atención el televisor de nuevo, transmitían la entrevista de un importante ingeniero con su gran casco amarillo, “¡No sé en que mundo viven estos ambientalistas!. Si construimos plantas térmicas, se quejan de la contaminación y el alto costo de la electricidad, y si hacemos plantas hidroeléctricas, ¡inundamos todo!. Pues el desarrollo no es gratuito“. Posterior a eso, los anuncios comerciales atiborraron el televisor de canciones estúpidas, mujeres imposibles y estafas maquilladas como menús económicos de comida chatarra. Inmediatamente después, la pantalla se hizo blanca y apareció una bandera de Costa Rica acompañada de las notas de algún himno entonado solo en alguna fecha patriótica indigna de remembrar, dado que no implicaba regalos y alegría para el mundo entero. Era una cadena televisiva donde el presidente haría gala de sus talentos diplomáticos.
“…algunos me han criticado por ser uno de los hombres más ricos de Centroamérica, por poseer empresas, casas, influencias. Aseguran que soy incapaz de comprender al pueblo, pero creo que los comprendo mejor que nadie, ya que de una u otra forma todos anhelan estar en mis zapatos. Pero les aseguro que soy un hombre honesto, dispuesto al servicio del pueblo, ese es mi único objetivo…“. De vuelta al papel. Siguiente página: “Comisiones millonarias cobradas por el presidente son pagos por clientelismo político“, “Terrenos arrebatados a campesinos son ahora villas privadas de varios miembros del gabinete“
- La verdad es que si, el que es pobre es pobre porque quiere. En este mundo existen demasiadas formas de hacerse rico. – comentó Daniel a la señora que atendía mientras pagaba su desayuno.
- -Si, pero la mayoría no son correctas. – acotó la extranjera mientras le daba el cambio a Daniel.
- Pero aquellos que se ven perjudicados hoy pueden ser beneficiados mañana. Es pura astucia.
- No esté tan seguro, llevamos generaciones saliendo por dentro, y siempre somos los mismos – respondió la mujer.
- Quien sabe…nadie conoce a la gente la verdad – dijo Daniel mientras contaba su cambio y fijaba su mirada sospechosa en la señora.
Él se levantó, se puso la mochila y abandonó el local. Se diluyó con el flujo de gente y no se hizo notar más.
Daniel caminaba presuroso, refugiándose del sol en las sombras de los pocos edificios altos levantados alrededor. A pesar del apuro le parecía imperioso admirar el carnaval donde los vendedores despreciaban a los indigentes, los transeúntes relegaban a los mercantes, y Daniel despreciaba a los que despreciaban…los indigentes repudiaban todo, aún que esgrimieran a Dios y su perdón divino como razón para atenderlos. En una valla en media calle se leía ”Esa mujer amada merece lo mejor para este 15 de agosto, regálele cocinas WomenAid“ y mostraba la imagen de una esbelta modelo cocinando y sonriendo al mismo tiempo, algo distante de su madre amargada y desgastada. Sorprendente que, tan pronto como el calendario hiciera del día del padre un ayer, ya los publicistas forraban la ciudad promocionando el día de la madre. De la nada y por la desatención a la realidad, se tropezó con la prótesis de pierna de un mendigo que cascabeleaba monedas en un vaso. Mientras procuraba equilibrio, el viejo le espetó una risilla pícara.
-Diay muchacho, aunque sea déme cien pesos para mandar la pata al taller – dijo entre risas acercándole el vaso.
Recién incorporado se rebuscó un par de monedas dentro del pantalón y se las dio al hombre.
- Gracias mi hermanito, que Dios lo bendiga.
- Tranquilo, más bien perdón – respondió Daniel suavemente tratando de aligerar el bochorno.
Ese pequeño episodio por alguna razón le despertó el hambre, y recordó no haber desayunado. Debía comer algo para completar sus compromisos, de otro modo se vería atascado en una fila o en un bus y las tripas se retorcerían en amenaza de desmayo . Así decidió dirigirse a una soda que se veía en la esquina. Se sentó en una banca de madera frente a una larga barra cubierta de cerámicas. A su izquierda estaba una vitrina de vidrio desplegando empanadas de queso que vertían grasa sobre el plato, emparedados fríos y enyucados del día anterior. Una mujer de corta estatura, con una red en el cabello y tez oscura se acercó a atenderle.
- ¿En qué se le puede servir muchacho? – preguntó la mujer con un marcado acento extranjero.
Daniel la miró casi con cierta duda y desconfianza.
- Si buenos días, señora. ¿Tiene desayunos? – preguntó con un tono frío y monótono.
Ya tomada la orden, la mujer encendió un televisor situado en un estante esquinero de su lado de la barra. De éste poco se podía ver, ya que una gruesa película de grasa difuminaba las imágenes. Daniel se quitó la mochila que andaba sobre la espalda para colocarla en otra silla, pero antes decidió sacar aquel periódico con editorial de izquierda que tanto le gustaba comprar, ya que él admitía cierta simpatía por la estética socialista, sin haberse comprometido nunca en alguna causa de este tipo.
“Desempleo aumenta al 8%, Sector de la construcción se contrae un 50%“ rezaba el titular del periódico. Tras cada vuelta de página una nueva mala noticia se anunciaba a Daniel,, y el denominador común para todas ellas era la siniestra y negligente administración de parte de un gobierno adicto al capitalismo, los rascacielos y el dinero. En el televisor grasoso se sintonizó el noticiario de las mañanas. “Policía finalmente desaloja a los vendedores ambulantes en Heredia“ contaba el presentador mientras se mostraban imágenes de tres policías apaleando en el piso a una señora cincuentona y con un vestido floreado. “Que se busquen un trabajo de verdad esos vagos. ¡El que es pobre es pobre porque quiere! Trabajos dignos hay por todo lado. “ aseveró un viejo encorbatado al noticiario desde su camioneta negra, ostentosa y lujosa como el carruaje de un noble francés de hace cuatro siglos.
La curiosidad obligó a Daniel a dividir su atención entre ambos medios de comunicación. No era tan fácil asimilar y aceptar las posiciones del papel contrapuestas a la televisión (todo lo que digan allí es cierto ¿no?). Sus dedos arrugaban la esquina de la página para pasar a la siguiente. “Construcción de nueva represa inundará pueblo colonial y reserva indígena“ decían las grandes y rojas letras impresas en el pliego. Daniel trataba de reflexionar un poco el asunto mientras mojaba un poco de pan en la yema cruda del huevo desparramado en su plato. Se llevó el trozo de bollo a la boca dejando sus labios amarillos y llenos de boronas. Entonces le llamó la atención el televisor de nuevo, transmitían la entrevista de un importante ingeniero con su gran casco amarillo, “¡No sé en que mundo viven estos ambientalistas!. Si construimos plantas térmicas, se quejan de la contaminación y el alto costo de la electricidad, y si hacemos plantas hidroeléctricas, ¡inundamos todo!. Pues el desarrollo no es gratuito“. Posterior a eso, los anuncios comerciales atiborraron el televisor de canciones estúpidas, mujeres imposibles y estafas maquilladas como menús económicos de comida chatarra. Inmediatamente después, la pantalla se hizo blanca y apareció una bandera de Costa Rica acompañada de las notas de algún himno entonado solo en alguna fecha patriótica indigna de remembrar, dado que no implicaba regalos y alegría para el mundo entero. Era una cadena televisiva donde el presidente haría gala de sus talentos diplomáticos.
“…algunos me han criticado por ser uno de los hombres más ricos de Centroamérica, por poseer empresas, casas, influencias. Aseguran que soy incapaz de comprender al pueblo, pero creo que los comprendo mejor que nadie, ya que de una u otra forma todos anhelan estar en mis zapatos. Pero les aseguro que soy un hombre honesto, dispuesto al servicio del pueblo, ese es mi único objetivo…“. De vuelta al papel. Siguiente página: “Comisiones millonarias cobradas por el presidente son pagos por clientelismo político“, “Terrenos arrebatados a campesinos son ahora villas privadas de varios miembros del gabinete“
- La verdad es que si, el que es pobre es pobre porque quiere. En este mundo existen demasiadas formas de hacerse rico. – comentó Daniel a la señora que atendía mientras pagaba su desayuno.
- -Si, pero la mayoría no son correctas. – acotó la extranjera mientras le daba el cambio a Daniel.
- Pero aquellos que se ven perjudicados hoy pueden ser beneficiados mañana. Es pura astucia.
- No esté tan seguro, llevamos generaciones saliendo por dentro, y siempre somos los mismos – respondió la mujer.
- Quien sabe…nadie conoce a la gente la verdad – dijo Daniel mientras contaba su cambio y fijaba su mirada sospechosa en la señora.
Él se levantó, se puso la mochila y abandonó el local. Se diluyó con el flujo de gente y no se hizo notar más.
lunes, 18 de mayo de 2009
Chavelazo
La lluvia azolaba la tarde y los charcos aparecían poco a poco. Él golpeteaba el piso para chapotear el agua, le gustaba ver su cara deformada por las ondas del charco incipiente. Mientras, se mantenía bajo el pequeño techo en la entrada de su casa, esperando ese taxi que le pondría fin a una etapa.
Las alcantarillas rebalsadas creaban ríos urbanos, su fauna eran bolsas de plástico y pañales usados. Levantó la cabeza y frente suyo miró aquel eterno terreno baldío, cuya tapia de zinc herrumbrado estaba en gran parte tirada sobre la acera, forrada con propaganda electoral que la lluvia lavaba y descubría capas más viejas de afiches, ninguno de su agrado. – Cada pueblo tiene al líder que se merece – se dijo en un tono apagado y melancólico, después tiró un suspiro irónico
El taxi se estaba tardando mucho, así que decidió abrir su periódico, el último de aquella rutina masoquista diaria de conocer los acontecimientos nacionales. Por unos años dejaría de llenarse los dedos con esa tinta vergonzosa.
“Aplastante derrota a proyecto de ley para Uniones Civiles homosexuales” rezaba el titular, y aparecían la foto de un diputado con la cabeza en las manos sentado en su curul. Otra foto en la portada mostraba a una pueblerina en pocas ropas, medio bizca, con estrías, pero ahí estaba, semidesnuda aumentando las ventas del diario. Una columna a la derecha anunciaba el contenido de esa edición: chismes faranduleros, crónica del último reality, articulos de opinión de derecha conservadora (“…la pobreza es un estado mental, el que es pobre es pobre porque quiere, no permitamos que la retaguardia mental nos amarre al subdesarrollo, tenemos que ponerlos a trabajar…”) –Maldito periódico, la calidad de impresión es horrible, la redacción da lástima, no sé como en este lugar se le llama periodista a semejantes bestias…cada pueblo tiene al periódico que se merece, supongo – y después lanzó el periódico al aire, el cuál se deshojó y se empapó rápidamente en el suelo.
- Malditos taxis, siempre tarde, todos aquí son iguales, no los soporto – seguido golpeó con frustración el portón a su espalda -…no me soporto, me tengo que curar, son como infecciosos. – Se estaba carcomiendo por dentro, se sentía rezagado y quería incluirse en el mundo, ese mundo que veía por la ventana de plasma y le causaba terrible envidia.
Un claxon retumbó e hizo eco por toda la calle, ya se aproximaba el taxi. Rápidamente trató de verificar si no había olvidado algo. Palpó su bolsillo, pasaporte listo, documentos de admisión listos.
- ¿Usted llamó al taxi papillo?
- Si
- Listo, suba.
El auto lo hacía abandonar esas calles que fueron su paisaje, con un taladro de mirada dijo adiós a los drogadictos y sus cartones, a las montañas de bolsas verdes llenas de basura esperando hasta el otro mes cuando las llegaran a recoger, y de la compañía de agua, que estaba rompiendo una calle recién asfaltada porque la Sala Constitucional así lo ordenó. - Apúrese, quiero largarme ya. – dijo al taxista. La ansiedad lo carcomía, el miedo a volar se había eclipsado totalmente, él solo quería estar lejos, necesitaba la dosis de metrópoli, de sensatez, otro sol, al menos uno menos tropical.
El viaje comenzaría ahora, el desligamen de la paria para él. Ansiaba poner pie en los adoquines parisinos y preguntar: “Excuze moi madmoiselle. Quelle autobus j’abord pour aller a La Sorbonne?”.
Las alcantarillas rebalsadas creaban ríos urbanos, su fauna eran bolsas de plástico y pañales usados. Levantó la cabeza y frente suyo miró aquel eterno terreno baldío, cuya tapia de zinc herrumbrado estaba en gran parte tirada sobre la acera, forrada con propaganda electoral que la lluvia lavaba y descubría capas más viejas de afiches, ninguno de su agrado. – Cada pueblo tiene al líder que se merece – se dijo en un tono apagado y melancólico, después tiró un suspiro irónico
El taxi se estaba tardando mucho, así que decidió abrir su periódico, el último de aquella rutina masoquista diaria de conocer los acontecimientos nacionales. Por unos años dejaría de llenarse los dedos con esa tinta vergonzosa.
“Aplastante derrota a proyecto de ley para Uniones Civiles homosexuales” rezaba el titular, y aparecían la foto de un diputado con la cabeza en las manos sentado en su curul. Otra foto en la portada mostraba a una pueblerina en pocas ropas, medio bizca, con estrías, pero ahí estaba, semidesnuda aumentando las ventas del diario. Una columna a la derecha anunciaba el contenido de esa edición: chismes faranduleros, crónica del último reality, articulos de opinión de derecha conservadora (“…la pobreza es un estado mental, el que es pobre es pobre porque quiere, no permitamos que la retaguardia mental nos amarre al subdesarrollo, tenemos que ponerlos a trabajar…”) –Maldito periódico, la calidad de impresión es horrible, la redacción da lástima, no sé como en este lugar se le llama periodista a semejantes bestias…cada pueblo tiene al periódico que se merece, supongo – y después lanzó el periódico al aire, el cuál se deshojó y se empapó rápidamente en el suelo.
- Malditos taxis, siempre tarde, todos aquí son iguales, no los soporto – seguido golpeó con frustración el portón a su espalda -…no me soporto, me tengo que curar, son como infecciosos. – Se estaba carcomiendo por dentro, se sentía rezagado y quería incluirse en el mundo, ese mundo que veía por la ventana de plasma y le causaba terrible envidia.
Un claxon retumbó e hizo eco por toda la calle, ya se aproximaba el taxi. Rápidamente trató de verificar si no había olvidado algo. Palpó su bolsillo, pasaporte listo, documentos de admisión listos.
- ¿Usted llamó al taxi papillo?
- Si
- Listo, suba.
El auto lo hacía abandonar esas calles que fueron su paisaje, con un taladro de mirada dijo adiós a los drogadictos y sus cartones, a las montañas de bolsas verdes llenas de basura esperando hasta el otro mes cuando las llegaran a recoger, y de la compañía de agua, que estaba rompiendo una calle recién asfaltada porque la Sala Constitucional así lo ordenó. - Apúrese, quiero largarme ya. – dijo al taxista. La ansiedad lo carcomía, el miedo a volar se había eclipsado totalmente, él solo quería estar lejos, necesitaba la dosis de metrópoli, de sensatez, otro sol, al menos uno menos tropical.
El viaje comenzaría ahora, el desligamen de la paria para él. Ansiaba poner pie en los adoquines parisinos y preguntar: “Excuze moi madmoiselle. Quelle autobus j’abord pour aller a La Sorbonne?”.
sábado, 9 de mayo de 2009
El Camino Truncado
El eco bailoteaba de pared en pared en la polvorienta estancia. Después de tantos años volvió a vibrar algo, en aquel lugar donde los años se contaban como segundos.
La transgresión a la totalidad eran rumores de pasos que subían con apuro y el rechinar de clavos con madera podrida le hacía coro. La vía a la apoteosis se hallaba en una escalera de caracol cuyo aspecto distaba mucho del encanto hedonístico de los antiguos panteones.
La puerta ya poco podía privar de la sabiduría amen de sus años, por ende su herrumbrada cerradura no fue mayor reto para aquellos pasos que trajeron al transgresor de estancias polvorientas.
Abrió la puerta rápidamente, creando una ráfaga que se sucedió de polvazales, rompiendo el obsesivo orden que el tiempo había impuesto para todas las cosas. El umbral dejó penetrar así al primer visitante, en quién sabe cuánto tiempo. Aquellos misterios se veían la cara de nuevo con un ser humano.
Por alguna razón la visión se desempeñaba mejor allí que en las nocturnas escaleras, a pesar de que aún no habían fuentes de luz apreciables, excepto la linterna del curioso, que procedió a apagar. Una tenue luz metafísica iluminaba de dorado todo dentro esas cuatro paredes, especialmente al gran armario que yacía justo frente a la entrada.
Aún con la nube de polvo no asentada, se podía distinguir al lado del armario un escritorio bastante viejo, hecho de madera ahora carcomida, y encima un tintero semivacío. Las paredes y el piso estaban formados de tablillas de madera bastante afectadas por el tiempo, con más de un hoyo que suponía nidos de termitas.
Rápidamente volvió al portal y hacia las escaleras gritó: “¡Lo encontré, al fin es nuestro!“. Entonces, por un segundo un escalofrío bajó por su médula y el tenue brillo parpadeó rojo intenso. Pasado el extraño segundo volvió en sí y de inmediato hurgó torpe y rápidamente dentro de los bolsillos de su pantalón. La mano izquierda salió airosa con una extraña llave entre los dedos. Una llave larga, vieja, con una compleja combinación de muescas, relativamente intactas para la edad que atestiguaban con el opaco del metal.
A cada paso hacia lo interno de la habitación, el mortal tenía que lidiar contra las murallas de telarañas que generaciones de bichos construyeron como epítome de la ingeniería arácnida. Temía estar destruyendo una obra de la paciencia que cobrara venganza por la ofensa.
El individuo miró hacia el techo, y encontró explicación a la iluminación: nueve gemas, dispuestas en los vértices de tres triángulos, emanaban de sí aquel dulce fulgor, como si de la madera brotara ámbar. Al mismo tiempo, los escalones más allá de nuevo se estremecieron con presurosos augurios de unas dos personas subiendo por ellos. Y la luz ámbar parpadeaba al son de cada paso.
El venturoso extraño, llave en mano, se dispuso tan rápido como le permitía la percepción del tiempo y las tablillas podridas hacia el armario. Conforme se acercaba, aquella llave sin brillo comenzaba a vibrar, tras cada paso más fuerte. El corazón mortal a penas podía resistir la presión del momento…las llaves no vibran y las gemas no resplandecen.
Entonces, el brillo se apagó, y se oyó desde el umbral de la puerta: “Aquí estamos…ahora saca eso“. La oscuridad era absoluta, hasta que de la llave emanó un brillo azul profundo, y un zumbido rompió en los oídos de todos. Aquel de la llave sintió la unísona frecuencia del zumbido y la vibración del objeto en su mano, pero no se dejó aturdir más y continuó el avance.
Tan solo a un par de pasos más tarde, la llave vibró tan violentamente que los dedos mortales fueron incapaces de sostenerla y la dejaron caer. Mas antes de tocar suelo, la llave cambió su brillo a ámbar, igual que hicieron las gemas, y levitó por un par de segundos antes de volar rápidamente hacia la cerradura, ansiosa por acoplarse hermética después de tantos calendarios.
Las puertas del mueble comenzaron a abrirse; las bisagras estaban tan viejas que polvo de herrumbre caía al suelo conforme se movían. Finalmente giraron ciento ochenta grados cada una y develaron su gran tesoro: nueve libros apilados uno encima del otro. En su lomo de cuero resaltaban escrituras desconocidas.
“Al fin, he aquí los secretos de los cuales nos privan, que utilizan clandestinamente para construir con avaricia torres de marfil y paraísos orgiásticos con lo que nos pertenece, condenándonos a infiernos no merecidos. Malditas sanguijuelas, ahora si devolveremos el balance y os despojaremos de sus egos infinitos y elevaremos a toda una raza a los cielos, la pirámide se ha invertido“
El grito de dolor fue ensordecedor. La sangre bañaba el mango del puñal que se retorcía dentro del cuerpo de aquel hombre con tal de que sus viseras cercenadas le apagaran la vida. Cuando sus párpados pesaron tanto como la muerte, se apagó también la voz con las respuestas que prenderían las llamas en los corazones. El camino a la apoteosis colectiva se llenó de penumbra otra vez.
La transgresión a la totalidad eran rumores de pasos que subían con apuro y el rechinar de clavos con madera podrida le hacía coro. La vía a la apoteosis se hallaba en una escalera de caracol cuyo aspecto distaba mucho del encanto hedonístico de los antiguos panteones.
La puerta ya poco podía privar de la sabiduría amen de sus años, por ende su herrumbrada cerradura no fue mayor reto para aquellos pasos que trajeron al transgresor de estancias polvorientas.
Abrió la puerta rápidamente, creando una ráfaga que se sucedió de polvazales, rompiendo el obsesivo orden que el tiempo había impuesto para todas las cosas. El umbral dejó penetrar así al primer visitante, en quién sabe cuánto tiempo. Aquellos misterios se veían la cara de nuevo con un ser humano.
Por alguna razón la visión se desempeñaba mejor allí que en las nocturnas escaleras, a pesar de que aún no habían fuentes de luz apreciables, excepto la linterna del curioso, que procedió a apagar. Una tenue luz metafísica iluminaba de dorado todo dentro esas cuatro paredes, especialmente al gran armario que yacía justo frente a la entrada.
Aún con la nube de polvo no asentada, se podía distinguir al lado del armario un escritorio bastante viejo, hecho de madera ahora carcomida, y encima un tintero semivacío. Las paredes y el piso estaban formados de tablillas de madera bastante afectadas por el tiempo, con más de un hoyo que suponía nidos de termitas.
Rápidamente volvió al portal y hacia las escaleras gritó: “¡Lo encontré, al fin es nuestro!“. Entonces, por un segundo un escalofrío bajó por su médula y el tenue brillo parpadeó rojo intenso. Pasado el extraño segundo volvió en sí y de inmediato hurgó torpe y rápidamente dentro de los bolsillos de su pantalón. La mano izquierda salió airosa con una extraña llave entre los dedos. Una llave larga, vieja, con una compleja combinación de muescas, relativamente intactas para la edad que atestiguaban con el opaco del metal.
A cada paso hacia lo interno de la habitación, el mortal tenía que lidiar contra las murallas de telarañas que generaciones de bichos construyeron como epítome de la ingeniería arácnida. Temía estar destruyendo una obra de la paciencia que cobrara venganza por la ofensa.
El individuo miró hacia el techo, y encontró explicación a la iluminación: nueve gemas, dispuestas en los vértices de tres triángulos, emanaban de sí aquel dulce fulgor, como si de la madera brotara ámbar. Al mismo tiempo, los escalones más allá de nuevo se estremecieron con presurosos augurios de unas dos personas subiendo por ellos. Y la luz ámbar parpadeaba al son de cada paso.
El venturoso extraño, llave en mano, se dispuso tan rápido como le permitía la percepción del tiempo y las tablillas podridas hacia el armario. Conforme se acercaba, aquella llave sin brillo comenzaba a vibrar, tras cada paso más fuerte. El corazón mortal a penas podía resistir la presión del momento…las llaves no vibran y las gemas no resplandecen.
Entonces, el brillo se apagó, y se oyó desde el umbral de la puerta: “Aquí estamos…ahora saca eso“. La oscuridad era absoluta, hasta que de la llave emanó un brillo azul profundo, y un zumbido rompió en los oídos de todos. Aquel de la llave sintió la unísona frecuencia del zumbido y la vibración del objeto en su mano, pero no se dejó aturdir más y continuó el avance.
Tan solo a un par de pasos más tarde, la llave vibró tan violentamente que los dedos mortales fueron incapaces de sostenerla y la dejaron caer. Mas antes de tocar suelo, la llave cambió su brillo a ámbar, igual que hicieron las gemas, y levitó por un par de segundos antes de volar rápidamente hacia la cerradura, ansiosa por acoplarse hermética después de tantos calendarios.
Las puertas del mueble comenzaron a abrirse; las bisagras estaban tan viejas que polvo de herrumbre caía al suelo conforme se movían. Finalmente giraron ciento ochenta grados cada una y develaron su gran tesoro: nueve libros apilados uno encima del otro. En su lomo de cuero resaltaban escrituras desconocidas.
“Al fin, he aquí los secretos de los cuales nos privan, que utilizan clandestinamente para construir con avaricia torres de marfil y paraísos orgiásticos con lo que nos pertenece, condenándonos a infiernos no merecidos. Malditas sanguijuelas, ahora si devolveremos el balance y os despojaremos de sus egos infinitos y elevaremos a toda una raza a los cielos, la pirámide se ha invertido“
El grito de dolor fue ensordecedor. La sangre bañaba el mango del puñal que se retorcía dentro del cuerpo de aquel hombre con tal de que sus viseras cercenadas le apagaran la vida. Cuando sus párpados pesaron tanto como la muerte, se apagó también la voz con las respuestas que prenderían las llamas en los corazones. El camino a la apoteosis colectiva se llenó de penumbra otra vez.
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