Estoy recogiendo los pedazos rotos en el piso, involuntarioso, porque son basura, ya no sirven de mucho, más que para recordar lo que alguna vez fue y ya no es. Los estragos de la tempestad hicieron mella, los costos son altos, las pérdidas irreparables, pero sigo caminando, recogiendo, hincándome a veces, pero solo cuando nadie me ve.
De vez en cuando trato de unir dos piezas, como un rompecabezas, pero los linderos desgastados de las piezas nunca se fusionan, y no son sino una burda evocación de algo que hay que dejar atrás con dolor.
Todo es confuso y me cuesta comprender que no tengo ya que unir piezas rotas y viejas, sino, empezar de nuevo, hundir los dedos en el barro y moldear mi propio destino. La única objeción que mantengo, es que la lluvia sigue sin caer, y la tierra sigue árida y polvorienta.
La misión está cumplida, a medias eso sí, su concreción largó parte de mi esencia a un lugar lejano y nostálgico. El arduo trabajo me apartó de todo lo que tenía, para dislocarme en otra realidad vacua de inspiración pero llena de sacrificios, y mientras caminé, fui dejando partes de mí, regadas por todo lado, amigos y vivencias cuentan entre los muertos.
Me siento exhausto. Quiero sentir el viento en la cara de nuevo, juntarme del suelo, reconstruirme y salir a vivir de nuevo todo lo que no pude. Sin embargo, las constantes inconclusiones me siguen haciendo sentir un extraño dentro de mi propio cuerpo. Vamos a ver qué depara la vida, mientras tanto, voy a dejar estas piezas tiradas, para nada sirven ya.
viernes, 2 de noviembre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
Limbo Salomónico
El margen de experimentación cada vez se estrecha más. Las potencialidades se disminuyen, aunque no me queda claro hacia dónde van. Ya los sueños fueron pisoteados por el tiempo poco a poco. Bien sabía yo, que los planes y las aspiraciones cambian con el tiempo, pero nunca esperé llegar al punto donde los cambios me encajarían en una rutina que se improvisa a sí misma, y ahoga todo fuera de ella, lo vuelve inexistente. Nunca llegué a pensar en matar esa infantil inocencia en el futuro, que era casi mi muleta ante las no concreciones que arrastro hace mucho. ¿Vivir día a día? ¿No tener plan de vida? Ese no soy yo…pero sí lo soy.
Me siento tan aturdido, tan desorganizado, tan desarmado, que renqueo entre un mundo y otro, y no me decido. Malogro mis días en la rutina, puesto que me niego a levantarme cada mañana con expectativas positivas, con ganas. Sin embargo, no me he convencido de abandonarla, mis convicciones por ahí se asoman de vez en cuando, y asfixian los ímpetus pequeñoburgueses, sin erradicar las ilusiones y los contrasten que causan las crisis.
Existo entre un limbo, mientras tomo una decisión de verdad. Soy tan frágil y tan débil, que esto de verdad me carcome, me inhabilita, me deja hecho un saco de potencialidades temerosas de florecer, de casarse irreversiblemente con un camino, y mientras tanto, se extingue poco a poco la pasión hacia todo, estancado en el tiempo, poco logro avanzar dentro del limbo salomónico. Las potencialidades se atrofian conforme pasan las lunas desérticas.
Me siento tan aturdido, tan desorganizado, tan desarmado, que renqueo entre un mundo y otro, y no me decido. Malogro mis días en la rutina, puesto que me niego a levantarme cada mañana con expectativas positivas, con ganas. Sin embargo, no me he convencido de abandonarla, mis convicciones por ahí se asoman de vez en cuando, y asfixian los ímpetus pequeñoburgueses, sin erradicar las ilusiones y los contrasten que causan las crisis.
Existo entre un limbo, mientras tomo una decisión de verdad. Soy tan frágil y tan débil, que esto de verdad me carcome, me inhabilita, me deja hecho un saco de potencialidades temerosas de florecer, de casarse irreversiblemente con un camino, y mientras tanto, se extingue poco a poco la pasión hacia todo, estancado en el tiempo, poco logro avanzar dentro del limbo salomónico. Las potencialidades se atrofian conforme pasan las lunas desérticas.
El olor a las flores me pone la piel de gallina. Lo siento, está cerca, burlándose de mí, sin embargo, suficientemente lejos para que no pase de ser una insinuación, una provocación bastante intensa. Ese olor me está retando, quiere que lo siga, que me avoque a él con todos mis sentidos, que descubra el campo colorido, y me decida por fin.
Tengo un pie en cada mundo, estoy, no estoy, medio estoy, sin embargo, no puedo dar un paso importante en ninguno. Uno, está ahí, cerca, no sabe tan bien, pero es el único que me llama, que me despierta, es la corriente cada vez más fuerte; hoy amanecí en una parte del río de donde es casi imposible salirse. La otra, cada vez se destiñe más de mis memorias, pudo ser y no fue, la renegué claro, sin embargo puede ser el paliativo a la presión y el estrés. Otro día será.
viernes, 13 de julio de 2012
El Paraguas
Nacimos con un gran paraguas sobre nuestras cabezas. Es tan grande que excede la capacidad de nuestra vista. Con el tiempo, hemos llegado a considerarlo natural, como el tope del mundo, como lo que es y será. Sin embargo, sería iluso afirmar la eternidad de dicho paraguas, y sería prudente tener en cuenta la fragilidad de sus materiales, que cualquier vendaval puede llevarse. Es difícil explicar esto a las nuevas generaciones, que no conocen otra realidad que esta. Algunos queremos volver a ver el cielo, celeste e infinito, ese sí, es imperecedero. Sin embargo, existen aquellos tercos que nos llaman ilusos, nos denuncian por crear falsas esperanzas, y por poner en cuestión aquello que es natural; inercia de la voluntad divina son las varillas y la tela negra que nos cubre. Para ellos, no hay más allá que el paraguas. Ignoran, por supuesto, las marcas de deterioro, el herrumbre en las varillas, los gigantescos hilos deshilachados colgando por doquier. Aún así, reniegan de los pequeños rayos de luz que se filtran de cuando en cuando. Nos acusan de quererlos hacer pensar igual que ellos, de coartar su libertad para elegir sus propias ideas, como si en todo caso tuviéramos elección, sin darse cuenta que ya alguien, hace mucho, les quitó su libertad y los condenó a vivir bajo el paraguas, sin conocer la luz del sol ni la graciosa dispersión de las nubes, o el titilante brillar de las estrellas por la noche, y además, los hizo asumir una sola idea, tan grande, tan avasalladoramente impuesta, que no cabe en sus cabecillas cuestionarlas: el paraguas es el fin del mundo, su inicio y su final, y otra forma de existir no tiene sentido. No ven más allá de sus narices, y confunden lo artificial con lo natural, creando a partir de ello una suerte de moral que solo tiene validez y sentido bajo ese paraguas, que sin embargo, ocupa una pizca miserable de materia en el espacio.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Apilando tragos y remordimientos
Remueve un poco el vaso para que el whisky barato frote el hielo y se enfríe. A veces le pone mucha ciencia a sus actividades mundanas, después de todo, no tiene cosas a las qué ponerle atención e interés. Las canciones de cantina que estaban de moda hace treinta años suenan en la rocola, ni muy duro ni muy bajo. Volvía a ver los calendarios de cerveza del 94, ya un poco amarillentos y con mujeres que probablemente hoy estén arrugadas y poco aptas para repetir esas poses sugestivas (oh dulce juventud que mantiene las carnes firmes). Un afiche celebratorio de un campeonato de Heredia capta su atención, se le ven las marcas percudidas de la cinta scotch que lo sostienen a la pared. Es la misma decoración de siempre, se la sabe de memoria, pero en realidad, cuando posa la mirada sobre alguno de esos objetos, en su mente se desenvuelven tramas muy complejas.
Cada compás de la música lo golpea con algún recuerdo de su vigorosa juventud. Bailando pegado enamoró a más de una en aquellos días, a vista y paciencia de su barra de amigos, tan calurosos y fraternales, que en silencio lo vitoreaban con sus miradas y sus sonrisas de aprobación, casi admiración. Ahora dibuja en su mente esas caras, con colores percudidos, derruidos por los calendarios apilados. Solo puede recordar el gozo de la compañía, de la vida con sentido, pero ese sentimiento pronto evoluciona en su antítesis, al darse cuenta que no es sino una re edición mental de algo que no sucederá de nuevo. Las tonadas son oasis de nostalgia, el pasado entierra todo, olvida todo, es implacable, y las únicas heridas que sobreviven, son las del cuerpo, que cada vez soporta menos. Ahora cuesta ver, cuesta caminar. Cuesta encontrar algo de calor, porque el frío llega hasta los huesos. ¿Qué pasó desde entonces? ¿A dónde se fue toda esa gente? ¿En qué hoyo metió todo eso que ahora no tiene?
Toma un sorbo, lo degusta, detecta ese sabor que tanto caracteriza al whisky, y lo envidia, ¡ya quisiera él tener algo de sabor! Después gacha la mirada, y apoya la cabeza en una mano. La luz tenue impone una suerte de ley, donde nadie se vuelve a ver a la cara mientras el manto del soliloquio esté allí. Cada vez que un hombre le exige respuestas a su trago de turno, nadie puede entrometerse, y ese whisky estaba siendo interrogado de un modo tan despiadado que ni los torturadores de Pinochet o Videla podrían igualar el ímpetu de Fernando en la tarea.
Esa noche en particular se sentía diluido, como si un trago se dejara suficiente tiempo como para que el hielo escondiera su personalidad, y nadie distinguiera si es cerveza o ron. Se preguntó si algo de lo que hacía todos los días realmente le gustaba o respondía a alguna pasión; o si alguna de las personas que trataba constantemente era una amistad entrañable, una persona en la que pudiera depositar confianza y afecto, y no una mera relación por compromiso o por casualidad; si tenía algún anhelo, algún camino que seguir; si tenía algo a qué aferrarse para levantarse al día siguiente, para justificarse como ser humano, como digno de ocupar la misma biología de los grandes genios que millones veneran. No encontró nada.
Estaba diluido porque hace mucho el tiempo se tragó todo lo que él quiso ser, el peso de los años aplastó cada una de sus iniciativas, y le tocó asumir un rol pasivo, entregándole el papel protagónico a lo que la inercia del acomodo social quisiera hacer con él. No sabe si estaba predestinado a permanecer en su condición económica, y repetir la vida insulsa que acumularon sus padres, tíos y abuelos, o si nada más fue negligente en exceso. De nuevo ve el afiche de Heredia, su tinte amarillento y desteñido lo delata como una reliquia, y sabe que el papel resquebrajado es un espejo fiel, que refleja no solo su edad, sino algo más importante: el paso del tiempo monótono otorgándole fragilidad al papel y al alma. Lo que vio a color y con sabor, es ahora un rincón donde el polvo se acumula, una nimiedad que hace rato dejó de importarle al mundo. La música que antes era lo máximo, hoy es un remedo lleno de estática de lo que significó entonces, ya no mueve a las masas, ya no es una época, ya no es un sentimiento.
Otro trago llega de manos del cantinero. Ya las palabras comienzan a resbalar un poco. Sentía un tipo de claustrofobia, en el que el pasado poco provechoso le aplastaba la espalda, mientras en el pecho la preocupación sobre el futuro presionaba su corazón (y con futuro, hablamos de mañana, tal vez pasado mañana, ya que, la neblina no permite ver más allá), flanqueado por la casi inexistencia de su ser, solo sabía ya responder a estímulos mecánicos, a obtener un salario para vivir y tener un techo donde al menos no se mojara cuando llovía y pudiera cocinar los embutidos baratos de su nevera.
Volvía a ver al cantinero, jugando cartas con Pedro, se cruzaban algunas palabras, algunas risotadas, comentarios sobre el partido del sábado. Sabía bien cuánta basura hablaba uno del otro, y de los demás clientes recurrentes también, quienes todos a fin de cuentas eran solo usuarios de la misma terapia, pero difícilmente amigos que generaran algún tipo de calor. No encuentra sus caras verdaderas en ese manto oscuro, tampoco se encuentra a sí mismo, y por momentos se siente como un saco de órganos que cumple funciones biológicas, en un contexto social donde para sobrevivir necesita trabajar, y obtener un salario, lo que también hace, y asemeja más una función metabólica que una vida. Era una ameba, un protozoario, solo funcionaba, solo existía, pero el regalo magnánimo de la sapiencia humana, capaz de crear, de expresar, de apreciar, no era más que una función atrofiada en él.
La barra se anima con unas cuantas tertulias circunstanciales, para después volver al soliloquio. Ya son las doce, la música cesó y las luces se apagaron, era la invitación a terminar esa noche. El siguiente paso, era acostarse en la misma cama de siempre, probablemente la que vería el lecho de su muerte dentro de un par de décadas, ya que, en su vida, no pinta un panorama distinto. ¿Con qué motivo se despertará mañana? Se sentía como una de esas polillas con un tiempo de vida de 24 horas, en el que tienen que reproducirse, y morir. Se partía el lomo, para poder comer, y así tener energías para el siguiente jornal. Era útil, un ciudadano decente, pero la cédula no se acompaña necesariamente de una vida. Su rutina si acaso se rompía en los confines de esa cantina, que a su vez se volvía repetitiva, pero era el único respiro para sí mismo que podía dar, podía destruir su hígado, pero para su propio gozo, y no se estaba sudando la frente para enriquecerse al ingrato patrón. A fin de cuentas, no era nada, nada.
Cada compás de la música lo golpea con algún recuerdo de su vigorosa juventud. Bailando pegado enamoró a más de una en aquellos días, a vista y paciencia de su barra de amigos, tan calurosos y fraternales, que en silencio lo vitoreaban con sus miradas y sus sonrisas de aprobación, casi admiración. Ahora dibuja en su mente esas caras, con colores percudidos, derruidos por los calendarios apilados. Solo puede recordar el gozo de la compañía, de la vida con sentido, pero ese sentimiento pronto evoluciona en su antítesis, al darse cuenta que no es sino una re edición mental de algo que no sucederá de nuevo. Las tonadas son oasis de nostalgia, el pasado entierra todo, olvida todo, es implacable, y las únicas heridas que sobreviven, son las del cuerpo, que cada vez soporta menos. Ahora cuesta ver, cuesta caminar. Cuesta encontrar algo de calor, porque el frío llega hasta los huesos. ¿Qué pasó desde entonces? ¿A dónde se fue toda esa gente? ¿En qué hoyo metió todo eso que ahora no tiene?
Toma un sorbo, lo degusta, detecta ese sabor que tanto caracteriza al whisky, y lo envidia, ¡ya quisiera él tener algo de sabor! Después gacha la mirada, y apoya la cabeza en una mano. La luz tenue impone una suerte de ley, donde nadie se vuelve a ver a la cara mientras el manto del soliloquio esté allí. Cada vez que un hombre le exige respuestas a su trago de turno, nadie puede entrometerse, y ese whisky estaba siendo interrogado de un modo tan despiadado que ni los torturadores de Pinochet o Videla podrían igualar el ímpetu de Fernando en la tarea.
Esa noche en particular se sentía diluido, como si un trago se dejara suficiente tiempo como para que el hielo escondiera su personalidad, y nadie distinguiera si es cerveza o ron. Se preguntó si algo de lo que hacía todos los días realmente le gustaba o respondía a alguna pasión; o si alguna de las personas que trataba constantemente era una amistad entrañable, una persona en la que pudiera depositar confianza y afecto, y no una mera relación por compromiso o por casualidad; si tenía algún anhelo, algún camino que seguir; si tenía algo a qué aferrarse para levantarse al día siguiente, para justificarse como ser humano, como digno de ocupar la misma biología de los grandes genios que millones veneran. No encontró nada.
Estaba diluido porque hace mucho el tiempo se tragó todo lo que él quiso ser, el peso de los años aplastó cada una de sus iniciativas, y le tocó asumir un rol pasivo, entregándole el papel protagónico a lo que la inercia del acomodo social quisiera hacer con él. No sabe si estaba predestinado a permanecer en su condición económica, y repetir la vida insulsa que acumularon sus padres, tíos y abuelos, o si nada más fue negligente en exceso. De nuevo ve el afiche de Heredia, su tinte amarillento y desteñido lo delata como una reliquia, y sabe que el papel resquebrajado es un espejo fiel, que refleja no solo su edad, sino algo más importante: el paso del tiempo monótono otorgándole fragilidad al papel y al alma. Lo que vio a color y con sabor, es ahora un rincón donde el polvo se acumula, una nimiedad que hace rato dejó de importarle al mundo. La música que antes era lo máximo, hoy es un remedo lleno de estática de lo que significó entonces, ya no mueve a las masas, ya no es una época, ya no es un sentimiento.
Otro trago llega de manos del cantinero. Ya las palabras comienzan a resbalar un poco. Sentía un tipo de claustrofobia, en el que el pasado poco provechoso le aplastaba la espalda, mientras en el pecho la preocupación sobre el futuro presionaba su corazón (y con futuro, hablamos de mañana, tal vez pasado mañana, ya que, la neblina no permite ver más allá), flanqueado por la casi inexistencia de su ser, solo sabía ya responder a estímulos mecánicos, a obtener un salario para vivir y tener un techo donde al menos no se mojara cuando llovía y pudiera cocinar los embutidos baratos de su nevera.
Volvía a ver al cantinero, jugando cartas con Pedro, se cruzaban algunas palabras, algunas risotadas, comentarios sobre el partido del sábado. Sabía bien cuánta basura hablaba uno del otro, y de los demás clientes recurrentes también, quienes todos a fin de cuentas eran solo usuarios de la misma terapia, pero difícilmente amigos que generaran algún tipo de calor. No encuentra sus caras verdaderas en ese manto oscuro, tampoco se encuentra a sí mismo, y por momentos se siente como un saco de órganos que cumple funciones biológicas, en un contexto social donde para sobrevivir necesita trabajar, y obtener un salario, lo que también hace, y asemeja más una función metabólica que una vida. Era una ameba, un protozoario, solo funcionaba, solo existía, pero el regalo magnánimo de la sapiencia humana, capaz de crear, de expresar, de apreciar, no era más que una función atrofiada en él.
La barra se anima con unas cuantas tertulias circunstanciales, para después volver al soliloquio. Ya son las doce, la música cesó y las luces se apagaron, era la invitación a terminar esa noche. El siguiente paso, era acostarse en la misma cama de siempre, probablemente la que vería el lecho de su muerte dentro de un par de décadas, ya que, en su vida, no pinta un panorama distinto. ¿Con qué motivo se despertará mañana? Se sentía como una de esas polillas con un tiempo de vida de 24 horas, en el que tienen que reproducirse, y morir. Se partía el lomo, para poder comer, y así tener energías para el siguiente jornal. Era útil, un ciudadano decente, pero la cédula no se acompaña necesariamente de una vida. Su rutina si acaso se rompía en los confines de esa cantina, que a su vez se volvía repetitiva, pero era el único respiro para sí mismo que podía dar, podía destruir su hígado, pero para su propio gozo, y no se estaba sudando la frente para enriquecerse al ingrato patrón. A fin de cuentas, no era nada, nada.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Apoteósico, nunca más.
A patadas tuvo que encajarlo hoy. Y es que cada año se vuelve más difícil forzar los resultados. La realidad se revela con mayor ferocidad cada vez, y las centenarias fórmulas clericales, son aplicadas a un cuerpo cuyas moléculas se transforman velozmente. El marco que ha de contenernos tiene los bordes ligeramente astillados, pero no crean, nunca falta quien, desde adentro, le aceite un poco, y terminemos introduciéndonos, no sin magullarnos e incomodarnos increíblemente. Y bueno, nunca faltarán, nunca faltaron.
La presión del hacinamiento nos impone el contorsionismo como habilidad esencial para sobrevivir, de otro modo nuestras extremidades se fracturarían o nos desangraríamos, tendríamos una muerte lenta, y nos pudriríamos entre la multitud, dejando la peste e infectando enfermedades, como el recato o el desdén, así como el ateo resentido profana palabras venenosas contra la gracia y el pudor. Pero el ateo renace para el próximo ciclo, y no solo él, sino muchos otros que no sobrevivieron. Y los sacerdotes se dan aconvencer a esa gran masa para entrar al cuadrilátero. Los tiempos cambian, ¿no es así?. Cambian los colores del cielo, las formas de las nubes, hasta las cordilleras nacen y mueren.
La incompatibilidad entre el sacerdote y el resto, se zanja cada vez más grande, hasta tal punto, que pronto no podrá tocarlos, no podrá mover ni a uno solo, como si fuera un fantasma, como si ellos fueran granos de arena que se deslizan entre sus dedos decrépitos. La institución que defiende con su sangre, su saliva y su castidad, perderá legitimidad eventualmente. Habrán muerto cien cordilleras y tres colibríes. Pero, los ríos siempre irán al mar, y la gravedad nos atraerá al centro del planeta.
¿Llegará el día en que ese cuerpo se vuelva incontenible y se esparza por una superficie más allá del horizonte, más allá de lo que si acaso imaginamos? Bueno, no todos los clérigos usan siempre sotana ni votan por la castidad. A veces se ponen pieles más acordes, y como buenos arquitectos, nos moldean encierros amorfos, asimétricos, que serpentean en direcciones tan erráticas como nuestra voluntad libre, ¡libre al fin!. Casi estimula nuestros caprichos modernos, y es que los más rebeldes intereses, culminan apoteósicos, se convierten los nuevos paladines. Comenzaron puros en la naciente, arriba de la montaña, pero el devenir los entregó al mar como aguas negras. Son el nuevo Dios®, que ya no será relacionado con túnicas, cruces y vírgenes, sino con dólares, putas y cuanta marca pueda concentrar más poder divino sobre sí.
La presión del hacinamiento nos impone el contorsionismo como habilidad esencial para sobrevivir, de otro modo nuestras extremidades se fracturarían o nos desangraríamos, tendríamos una muerte lenta, y nos pudriríamos entre la multitud, dejando la peste e infectando enfermedades, como el recato o el desdén, así como el ateo resentido profana palabras venenosas contra la gracia y el pudor. Pero el ateo renace para el próximo ciclo, y no solo él, sino muchos otros que no sobrevivieron. Y los sacerdotes se dan aconvencer a esa gran masa para entrar al cuadrilátero. Los tiempos cambian, ¿no es así?. Cambian los colores del cielo, las formas de las nubes, hasta las cordilleras nacen y mueren.
La incompatibilidad entre el sacerdote y el resto, se zanja cada vez más grande, hasta tal punto, que pronto no podrá tocarlos, no podrá mover ni a uno solo, como si fuera un fantasma, como si ellos fueran granos de arena que se deslizan entre sus dedos decrépitos. La institución que defiende con su sangre, su saliva y su castidad, perderá legitimidad eventualmente. Habrán muerto cien cordilleras y tres colibríes. Pero, los ríos siempre irán al mar, y la gravedad nos atraerá al centro del planeta.
¿Llegará el día en que ese cuerpo se vuelva incontenible y se esparza por una superficie más allá del horizonte, más allá de lo que si acaso imaginamos? Bueno, no todos los clérigos usan siempre sotana ni votan por la castidad. A veces se ponen pieles más acordes, y como buenos arquitectos, nos moldean encierros amorfos, asimétricos, que serpentean en direcciones tan erráticas como nuestra voluntad libre, ¡libre al fin!. Casi estimula nuestros caprichos modernos, y es que los más rebeldes intereses, culminan apoteósicos, se convierten los nuevos paladines. Comenzaron puros en la naciente, arriba de la montaña, pero el devenir los entregó al mar como aguas negras. Son el nuevo Dios®, que ya no será relacionado con túnicas, cruces y vírgenes, sino con dólares, putas y cuanta marca pueda concentrar más poder divino sobre sí.
sábado, 7 de mayo de 2011
Patéticos choques
Las colisiones de megalómanos son de los fenómenos más desastrosos que existen en el universo virutal de la culturalidad humana. Reptan por esas dimensiones ideáticas los egos en conflicto, hasta que se topan en el espacio y se dan cuenta que su coexistencia es imposible... ¿qué puede provocar más lástima que una manada de engrandecidos clamando su lugar por la cúspide? Eventualmente, hacen pasar sus caprichos por conjeturas maduras y objetivas, por clamores de la patria, por epifanías divinas llamadas a ejecutarse, o demás formas que asumen las mentes, digamos, “que se aprecian un poquito más de lo que consideraríamos sano”.
Gracias a que las mieles de la autoridad en nuestro sistema político-cultural están endulzado por accesorios de lujo como el poder, la fama, el dinero, las piernas abiertas de innumerables meretrices y la compensación de muchos complejos de inferioridad (que de vez en cuando impulsan la búsqueda incesante del protagonismo), allí se hacen converger los cuerpecillos de esos megalómanos. Ellos, aún teniendo dos brazos, un tronco, y una cabeza, como casi cualquier ser humano, parecen pesar más en nuestras mentes...sin embargo lo único que parecen tener en exceso es ego, el cual, sin ser modestos, puede equiparar la masa de algunos astros.
De modo lamentable, sus niñadas incongruentes e ilógicas, finalmente son asumidas como los intereses comunes de grupos de personas, de naciones, del mundo entero. En ese momento, cuando las riendas del mundo la toman los instintos más salvajes y egoístas del ser humano, es cuando la tubería de la mierda se desboca torrentosamente sobre nuestras cabecitas imperceptivas e ingenuas. Y todo, gracias a esas cápsulas de caca, los cráneos de los megalómanos, que dan la receta para que el contenido de su materia gris-café se generalice. Entonces, las semillitas se riegan por ahí, y todos, sin excepción, tenemos partículas fecales en nuestra lengua, en nuestros ojos, en nuestras venas, gracias a que de mierda vivimos y en mierda nos convertimos. ¿Qué pasa entonces, cuando un montón de insignificantes seres son incapaces de coexistir en el mismo espacio sin destruirse los unos a los otros?...¿tenés ventana?, sí, mirá para afuera.
Gracias a que las mieles de la autoridad en nuestro sistema político-cultural están endulzado por accesorios de lujo como el poder, la fama, el dinero, las piernas abiertas de innumerables meretrices y la compensación de muchos complejos de inferioridad (que de vez en cuando impulsan la búsqueda incesante del protagonismo), allí se hacen converger los cuerpecillos de esos megalómanos. Ellos, aún teniendo dos brazos, un tronco, y una cabeza, como casi cualquier ser humano, parecen pesar más en nuestras mentes...sin embargo lo único que parecen tener en exceso es ego, el cual, sin ser modestos, puede equiparar la masa de algunos astros.
De modo lamentable, sus niñadas incongruentes e ilógicas, finalmente son asumidas como los intereses comunes de grupos de personas, de naciones, del mundo entero. En ese momento, cuando las riendas del mundo la toman los instintos más salvajes y egoístas del ser humano, es cuando la tubería de la mierda se desboca torrentosamente sobre nuestras cabecitas imperceptivas e ingenuas. Y todo, gracias a esas cápsulas de caca, los cráneos de los megalómanos, que dan la receta para que el contenido de su materia gris-café se generalice. Entonces, las semillitas se riegan por ahí, y todos, sin excepción, tenemos partículas fecales en nuestra lengua, en nuestros ojos, en nuestras venas, gracias a que de mierda vivimos y en mierda nos convertimos. ¿Qué pasa entonces, cuando un montón de insignificantes seres son incapaces de coexistir en el mismo espacio sin destruirse los unos a los otros?...¿tenés ventana?, sí, mirá para afuera.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
