lunes 18 de mayo de 2009
Chavelazo
Las alcantarillas rebalsadas creaban ríos urbanos, su fauna eran bolsas de plástico y pañales usados. Levantó la cabeza y frente suyo miró aquel eterno terreno baldío, cuya tapia de zinc herrumbrado estaba en gran parte tirada sobre la acera, forrada con propaganda electoral que la lluvia lavaba y descubría capas más viejas de afiches, ninguno de su agrado. – Cada pueblo tiene al líder que se merece – se dijo en un tono apagado y melancólico, después tiró un suspiro irónico
El taxi se estaba tardando mucho, así que decidió abrir su periódico, el último de aquella rutina masoquista diaria de conocer los acontecimientos nacionales. Por unos años dejaría de llenarse los dedos con esa tinta vergonzosa.
“Aplastante derrota a proyecto de ley para Uniones Civiles homosexuales” rezaba el titular, y aparecían la foto de un diputado con la cabeza en las manos sentado en su curul. Otra foto en la portada mostraba a una pueblerina en pocas ropas, medio bizca, con estrías, pero ahí estaba, semidesnuda aumentando las ventas del diario. Una columna a la derecha anunciaba el contenido de esa edición: chismes faranduleros, crónica del último reality, articulos de opinión de derecha conservadora (“…la pobreza es un estado mental, el que es pobre es pobre porque quiere, no permitamos que la retaguardia mental nos amarre al subdesarrollo, tenemos que ponerlos a trabajar…”) –Maldito periódico, la calidad de impresión es horrible, la redacción da lástima, no sé como en este lugar se le llama periodista a semejantes bestias…cada pueblo tiene al periódico que se merece, supongo – y después lanzó el periódico al aire, el cuál se deshojó y se empapó rápidamente en el suelo.
- Malditos taxis, siempre tarde, todos aquí son iguales, no los soporto – seguido golpeó con frustración el portón a su espalda -…no me soporto, me tengo que curar, son como infecciosos. – Se estaba carcomiendo por dentro, se sentía rezagado y quería incluirse en el mundo, ese mundo que veía por la ventana de plasma y le causaba terrible envidia.
Un claxon retumbó e hizo eco por toda la calle, ya se aproximaba el taxi. Rápidamente trató de verificar si no había olvidado algo. Palpó su bolsillo, pasaporte listo, documentos de admisión listos.
- ¿Usted llamó al taxi papillo?
- Si
- Listo, suba.
El auto lo hacía abandonar esas calles que fueron su paisaje, con un taladro de mirada dijo adiós a los drogadictos y sus cartones, a las montañas de bolsas verdes llenas de basura esperando hasta el otro mes cuando las llegaran a recoger, y de la compañía de agua, que estaba rompiendo una calle recién asfaltada porque la Sala Constitucional así lo ordenó. - Apúrese, quiero largarme ya. – dijo al taxista. La ansiedad lo carcomía, el miedo a volar se había eclipsado totalmente, él solo quería estar lejos, necesitaba la dosis de metrópoli, de sensatez, otro sol, al menos uno menos tropical.
El viaje comenzaría ahora, el desligamen de la paria para él. Ansiaba poner pie en los adoquines parisinos y preguntar: “Excuze moi madmoiselle. Quelle autobus j’abord pour aller a La Sorbonne?”.
sábado 9 de mayo de 2009
El Camino Truncado
La transgresión a la totalidad eran rumores de pasos que subían con apuro y el rechinar de clavos con madera podrida le hacía coro. La vía a la apoteosis se hallaba en una escalera de caracol cuyo aspecto distaba mucho del encanto hedonístico de los antiguos panteones.
La puerta ya poco podía privar de la sabiduría amen de sus años, por ende su herrumbrada cerradura no fue mayor reto para aquellos pasos que trajeron al transgresor de estancias polvorientas.
Abrió la puerta rápidamente, creando una ráfaga que se sucedió de polvazales, rompiendo el obsesivo orden que el tiempo había impuesto para todas las cosas. El umbral dejó penetrar así al primer visitante, en quién sabe cuánto tiempo. Aquellos misterios se veían la cara de nuevo con un ser humano.
Por alguna razón la visión se desempeñaba mejor allí que en las nocturnas escaleras, a pesar de que aún no habían fuentes de luz apreciables, excepto la linterna del curioso, que procedió a apagar. Una tenue luz metafísica iluminaba de dorado todo dentro esas cuatro paredes, especialmente al gran armario que yacía justo frente a la entrada.
Aún con la nube de polvo no asentada, se podía distinguir al lado del armario un escritorio bastante viejo, hecho de madera ahora carcomida, y encima un tintero semivacío. Las paredes y el piso estaban formados de tablillas de madera bastante afectadas por el tiempo, con más de un hoyo que suponía nidos de termitas.
Rápidamente volvió al portal y hacia las escaleras gritó: “¡Lo encontré, al fin es nuestro!“. Entonces, por un segundo un escalofrío bajó por su médula y el tenue brillo parpadeó rojo intenso. Pasado el extraño segundo volvió en sí y de inmediato hurgó torpe y rápidamente dentro de los bolsillos de su pantalón. La mano izquierda salió airosa con una extraña llave entre los dedos. Una llave larga, vieja, con una compleja combinación de muescas, relativamente intactas para la edad que atestiguaban con el opaco del metal.
A cada paso hacia lo interno de la habitación, el mortal tenía que lidiar contra las murallas de telarañas que generaciones de bichos construyeron como epítome de la ingeniería arácnida. Temía estar destruyendo una obra de la paciencia que cobrara venganza por la ofensa.
El individuo miró hacia el techo, y encontró explicación a la iluminación: nueve gemas, dispuestas en los vértices de tres triángulos, emanaban de sí aquel dulce fulgor, como si de la madera brotara ámbar. Al mismo tiempo, los escalones más allá de nuevo se estremecieron con presurosos augurios de unas dos personas subiendo por ellos. Y la luz ámbar parpadeaba al son de cada paso.
El venturoso extraño, llave en mano, se dispuso tan rápido como le permitía la percepción del tiempo y las tablillas podridas hacia el armario. Conforme se acercaba, aquella llave sin brillo comenzaba a vibrar, tras cada paso más fuerte. El corazón mortal a penas podía resistir la presión del momento…las llaves no vibran y las gemas no resplandecen.
Entonces, el brillo se apagó, y se oyó desde el umbral de la puerta: “Aquí estamos…ahora saca eso“. La oscuridad era absoluta, hasta que de la llave emanó un brillo azul profundo, y un zumbido rompió en los oídos de todos. Aquel de la llave sintió la unísona frecuencia del zumbido y la vibración del objeto en su mano, pero no se dejó aturdir más y continuó el avance.
Tan solo a un par de pasos más tarde, la llave vibró tan violentamente que los dedos mortales fueron incapaces de sostenerla y la dejaron caer. Mas antes de tocar suelo, la llave cambió su brillo a ámbar, igual que hicieron las gemas, y levitó por un par de segundos antes de volar rápidamente hacia la cerradura, ansiosa por acoplarse hermética después de tantos calendarios.
Las puertas del mueble comenzaron a abrirse; las bisagras estaban tan viejas que polvo de herrumbre caía al suelo conforme se movían. Finalmente giraron ciento ochenta grados cada una y develaron su gran tesoro: nueve libros apilados uno encima del otro. En su lomo de cuero resaltaban escrituras desconocidas.
“Al fin, he aquí los secretos de los cuales nos privan, que utilizan clandestinamente para construir con avaricia torres de marfil y paraísos orgiásticos con lo que nos pertenece, condenándonos a infiernos no merecidos. Malditas sanguijuelas, ahora si devolveremos el balance y os despojaremos de sus egos infinitos y elevaremos a toda una raza a los cielos, la pirámide se ha invertido“
El grito de dolor fue ensordecedor. La sangre bañaba el mango del puñal que se retorcía dentro del cuerpo de aquel hombre con tal de que sus viseras cercenadas le apagaran la vida. Cuando sus párpados pesaron tanto como la muerte, se apagó también la voz con las respuestas que prenderían las llamas en los corazones. El camino a la apoteosis colectiva se llenó de penumbra otra vez.
miércoles 7 de enero de 2009
Asesinato Social
Los trapos mojados eran lanzados violentamente contra la pila. Las gotas de jabón salpicaban en la cara de doña Irma, a veces llegaban hasta su ceño fruncido. Su respiración empezó a acelerarse. Tomó un gran suspiro y...
- ¡David! Bajale el volumen a esa cochinada, estoy harta de oir esos alaridos! - gritó la madre desde el cuarto de lavado.
- Como jode esta señora. No comprende que no son alaridos...es música, mi música. - se dijo en voz baja.
Todo en esa habitación estaba siendo estremecido por las voces guturales que emitían los parlantes de la computadora de David. Hasta el póster con un patrón irreconocible, que se suponía era el nombre de un grupo, rodeado de un pentagrama invertido y una crucifixión donde Cristo parecía tener cuernos y una erección.
- ¡David! Es la última vez que te lo digo. Bajale el volumen a esa cosa, parecen perros y gatos agarrándose.
- Mami es música, entienda, es música. Cuando me pida que le baje el volumen a la música lo hago, pero los únicos alaridos que hay que callar aquí son los suyos.
Inmediatamente, la penumbra y el silencio inundaron el cuarto. Las luces, el telvisor, los alaridos, todo se apagó.
- ¡Suba el breaker! Mami...¡le voy a decir a mi papá! Usted nunca me deja en paz,
David tomó su silla y la lanzó al suelo. Se tiró en la cama y se durmió, para tratar de desvanecer el enojo.
Era viernes, faltaba casi hora y media para el atardecer, las nubes anaranjadas y el aire fresco invitaban a disfrutar el final del día, y como era viernes, de la noche, madrugada, y posterior resaca.
El vaivén del tintineo delataba la presencia del muchacho. Cualquiera pensaría que era el gato y su collar, pero no, David no había terminado de abrochase las botas, y las hebillas bailoteaban sin control.
Ya pactada la reunión social se disponía a engalanarse en sus atuendos imponentes, totalmente negros y publicitando alguna banda de música pesada, botas altas y pulseras con picos y clavos. Era su uniforme, el cual variaba si acaso cuando iba a visitar a su abuela. Su uniforme y el de muchos.
Mientras se ponía delineador de ojos negro, cantaba el coro de la canción que sonaba por todo el cuarto, pero solo se podía entender palabras aisladas como “cunt”, “christ”, “satan”, “fuck”. El adoraba la música con temática satánica, y entre más blasfema fuera, mejor. A pesar de que frente a sus amigos si acaso se consideraba ateo, y ante a su familia nunca se atrevía a negar ni aceptar la fé católica, solo titubeaba y abrazaba el beneficio de la duda.
Sus ojos listos significaban el fin de su ritual estético, y ya estaba presto a verse con su círculo social.
- Bueno mami, ya me voy
- ¿Cuando volvés? - respondió doña Irma con un tono sospechoso.
- Más tarde, en la noche seguro.
- Cuidado viene muy tarde, y nada de hacer loqueras.
- Si si bueno, hasta luego.
- Ay espérese, lo tengo que persignar.
- Bueno bueno.
El corazón de David empezó a palpitar muy rápido justo cuando comenzó a girar la perilla de la puerta, lo cual expondría su escandalosa facha a la juiciosa opinión pública. Sabía que todas las miradas le pertenecerían a lo largo del trayecto hasta el punto de encuentro. Su música no eran alaridos, era una expresión de odio hacia los dogmas de la sociedad, su apariencia era una forma de vida, no una moda adolescente o una blasfemia incoherente, al menos según él, pero pocas veces se había sentado a debatir sobre religión con alguien
La parada del autobús estaba cerca de su casa, así que en pocos minutos lo abordó. Su nerviosismo aumentó y no por nada. Tal si fuera una morena en minifalda, todos clavaron sus ojos en él. Los cuchicheos le botaban la cara por la vergüenza que sentía al imaginar todos los comentarios burlistas suscitados por su presencia, se sentía desnudo.
Se dedicó a buscar asiento rápidamente, pero para su mala suerte, no había ninguno. Fue el único pasajero de pie hasta la siguiente parada.
Al cabo del tiempo llegó a su destino. Estaba a unos pocos pasos de sus amigos, que a lo lejos ya se hacían notar. Una negra multitud había casi que tomado por la fuerza la plaza.
Ellos mismos se hacían espectáculo público. Tenían un soez vocabulario y vociferaban blasfemias contra un grupo cristiano que predicaba la salvación a compás de tres cuartos con acordes de principiantes. Dios no reparó en darles mucho talento.
- ¡Mirá quien viene! Es Balzamuth – dijo un miembro de la negra multitud a los demás. Mientras otro se lanzaba encima de David para darle un abrazo.
- ¿Qué pura vida Sucubus? - respondió casi ahogándose.
- Acá en todas, cagándome en Cristo por ser el maldito mesías de los descerebrados cristianos.
- Mejor cuénteme dentro de cuanto nos vamos a la fiesta. Necesito alcohol urgentemente, mis venas están hartas del sobrio amor de Dios en ellas.
- En media hora.
Una carcajada rompió la atmósfera y llamó la atención de ambos.
- ¿Qué, cuál es el chiste? - preguntó el amigo de David
- Mae mae, ojo: Habían un emo, un punk, un metalero y un gótico en un bar... -
- ¡Ah no!, mejor ni me lo cuente, es más viejo que cagar sentado.
- Que amargado, ¿qué es que te gustan los emos? - dijo David
- Nada que ver, a esos malditos los odio. Son un poco de carajillos que solo saben mariquear y cortarse. Es pura moda esa cosa.
- ¿Me va a decir que a usted nunca le han dicho que usted anda de negro solo por moda? - inquirió David
- Si si, pero nosotros somos de verdad, nosotros sentimos el odio en la sangre, no es moda, es un estilo de vida.
- Supongo...pero, ¿para qué blasfemar tanto contra esta gente si lo que buscamos es que nos respeten?.
- Es divertido ¿no?.
De pronto unos silbidos interrumpieron la plática. Un muchacho desgarbado, caminaba cerca de ellos. Su cara era irreconocible, se perdía entre su pelo lleno de productos de salón, y una suéter morada y negra con gorro ocultaba el resto de su cabeza. Tenía el pantalón tan tallado que podían apreciarse las rodillas casi como si estuvieran desnudas.
- ¿Qué hace en la calle a estas horas emo cabrón? Su mama lo va a regañar.
- Si, largo de aquí, vaya córtese a su cuarto si no quiere que lo matemos. - decían los amigos de David.
Un escupitajo le aterrizó en cara y las carcajadas reventaron. El jóven se inmuto y apresuró el paso. Entonces alguien envuelto en una gabardina negra se interpuso en su camino y lo empujó.
- ¿Para donde cree qué va? - dijo
- No me toque – respondió en un tono cortante.
Otra figura de negro llegó a acosarlo y pronto el enjambre se hizo alrededor de la presa.
Primero eran empujones, y cuando cayó al piso, comenzaron las patadas y los golpes, la negra multitud se había lanzado casi en su totalidad encima del emo. David entre ellos. Él solo estaba viendo, cuando de pronto notó que un amigo suyo se salió de la muchedumbre con las manos llenas de sangre y los ojos totalmente descubiertos en asombro.
Pronto todos se apartaron también, asustados por la sangre y dejaron al jóven acosado descubierto con un puñal ensartado en el estómago. Él sostenía el mango con sus manos mientras vomitaba sangre y pedía ayuda, pero la dispersión de todos fue inmediata.
Luces azules dieron vuelta por todos los edificios circundantes y las sirenas empezaron a sonar.
David también corrió lejos, no sabía a donde ir, pero si lo relacionaban con esto sabría que no podría depararle algo bueno.
La adrenalina no daba abasto y David se arrecostó sobre una pared, justo a tiempo para no ser atropellado por la ambulancia que irrumpió en el paso peatonal por el cuál corría.
- Mierda – eso fue lo único que pudo articular, su opinión general del asunto.
Alguien lo tomó por los brazos y tan pronto volvió a ver, se le erizaron los pelos. Un policía, enorme, lo había apresado.
- ¡Al piso ya! - gritó el policía.
- Pero yo, yo...yo no hice nada. - titubeó David, lo cuál fue respondido con un puñetazo en la cara y la pérdida de conciencia.
Un fuerte movimiento lo despertó y golpeó su cabeza contra la puerta del camión de policía que lo transportaba. Sus manos estaban esposadas y todo en sus bolsillos había desaparecido.
Estaba consternado, arrepentido, asustado más que nada. Una persona había sido gravemente herida y el estuvo ahí, no lo detuvo, no lo criticó, tal vez murió, nadie sabe. Pero iba camino a algún lado, probablemente uno no muy bueno.
Se sentía sofocado por el intenso calor que hacía, y ni una gota de agua. Manchas de sangre decoraban el metal y su ferroso olor le daban ganas de vomitar.
El camión se detuvo, sintió alivió y un leve mareo por la brusca forma de manejar del chofer. Escuchó voces por unos segundos, después alguien empezó a abrir la puerta, y el sol del atardecer se introdujo por la rendija cada vez más grande, camuflando las manchas de sangre.
Una figura le indicó que saliera. Por fin pudo estirar las rodillas y ya no tenía que sentarse sobre sus manos. Un policía lo guió dentro de un edificio. Habían otros oficiales custodiando tipos en harapos con un fuerte olor a sudor y otros más pulcros pero con miradas penetrantes, las cuales ningún pasajero de bus prejuicioso podría emular.
- Este es uno de los camisas negras – informó el policía a el oficinista, el cual empezó a rebuscar papeles.
- ¿Su nombre es?
- David Fernández Camacho – respondió cabizbajo y con un tono lento David
- Edad
- Dieciséis
- ¡¿Dieciséis?!, cada día vamos peor. Oficial quítele las esposas, ya conoce la política con menores.
Y así prosiguió hasta que el oficinista obtuvo cuanta información necesitaba.
Lo condujeron hasta un sótano, el área de celdas. Un carcelero comenzó a abrir su celda.
- Espere, ¿no hay agua?.
- Si claro, allí – y señaló un estañón debajo de un grifo herrumbrado y lleno de líquenes que goteaba de vez en cuando.
- Ya no tengo sed .
La celda estaba sola, tuvieron algo de compasión. El servicio sanitario era una pieza de concreto, taqueada. Las heces flotaban desde hacía quién sabe cuándo.
Podía oir el televisor del carcelero, estaban dando las noticias
- Una turba descontrolada de bándalos atacó a un joven hoy, en media plaza central a vista y paciencia de todos. El joven sufrió de varios golpes y patadas y una apuñalada en el estómago. Lamentablemente murió camino al hospital. Hay siete detenidos, los cuales según el jefe de la policía, serán juzgados en las próximas horas. Oigamos las declaraciones del cruzrojista.
- Emm bueno, el masculino presenta desfiguración en el rostro, un ojo desorbitado, múltiples hematomas en todo el cuerpo. Una apuñalada letal en la zona de la panza, desangró toda su sangre y bueno emm, heridas incompatibles con la vida. Él murió camino al hospital, en la ambulancia. - dijo con un acento campirano y mala pronunciación un socorrista.
- Es hora de su llamada – dijo el carcelero.
- ¿Aló? Jorge...soy yo, David.
- ¿Que querés ahora?
- Es que...es que...estoy en la cárcel, en la cuarta comisaria, vení, pero no le digás nada a mami.
- ¿¡Qué putas hiciste ahora!? - respondió el hermano de David sumamente enfadado.
- Yo nada, pero mis amigos mataron a alguien.
- Ya voy para allá... - dijo lacónicamente
David no podía hacer más que sentir gran culpa, sentía el remordimiento carcomiendo sus tejidos y sabía que los problemas a penas estaban por comenzar.
- Su hermano está aquí.- anunció el carcelero.
- David...¿Qué hiciste?
- ¡Nada!, se lo juro, no hice nada – dijo David sollozo, a punto de reventar en llanto.
- Si si, no creo que hayás sido capaz. ¿Pero cuantas veces te dije que estas amistades no te sirven de nada? Solo andan juntos para sentirse más fuertes, para sentir que son alguien, porque fuera de ellos no son nadie. Así son todos, y no me refiero a tus amigos metaleros, sino a toda la gente que tienen que definir el mundo y a la gente con palabras cortas: trendie, punk, hip hopper. Critican a todos y no se ven en un espejo, todos son perfectos. No pueden tolerar a alguien que no quepa en su catálogo de estereotipos, y más rápido lo etiquetan y critican. Vos tenés mucho potencial como para que lo gastés con estas parias.
- Jorge pero no todos son así, no generalicés.
- Véalos...corriendo como los seres más miedosos del mundo. ¿Esos son los tipos que enjachan a todos? Blindados en picos y cuero, y no son capaces de afrontar las consecuencias de sus actos. ¿Qué es lo que buscan: a satán o a algún amigo real?
- Bueno pero...
- Listo señores, ya es hora de ir a la fiscalía – dijo un policía interrumpiéndolos.
- Jorge tengo miedo, yo no soy así.
- No, vos no sos así.
lunes 5 de enero de 2009
Comunidad
La oscuridad solo era vencida por la tenue luz que escapaba por los bordes del gigantesco panel de vidrio polarizado ubicado en la pared, como de dos pisos de altura. Allí estaba el cuarto de control.
En la pared opuesta al cuarto de control, se encendieron unos pocos focos, vertiendo una gris luz y a la vez descubriendo una enorme insignia, que pendía unos ocho metros del techo, pero aún así estaba suspendida a casi veinte metros sobre el suelo.
La insignia era una estrella de siete picos y se levantaba encima de todo.
Acomodados en perfecta alineación, totalmente erguidos, habían unas dos mil figuras ahí dentro. Unísonos, todos vestían botas negras altas, camisetas negras con la estrella y pantalón fatigado.
Verlos inspiraba miedo y lástima. Maquinas programadas sin personalidad, alienados de todo lo humano.
Cascos ocultaban las expresiones. Tenían dos lentes de vidrio redondos para permitir la visión, cubría toda la cabeza en aleaciones metálicas, más estaba seccionado para poder levantar la careta y removerlo.
- ¿Cómo se sienten hoy hijos míos? - retumbo una voz por todo el edificio.
- Bien, orgullosos – replicó la totalidad de los hombres, con un tono invariable en la voz y sin exaltación alguna.
- No lo esperaba de otra forma –retumbó de nuevo – Sin embargo, nuestros informes revelan que uno de ustedes ha mostrado signos de inconformidad hacia nuestra acogedora comunidad. Haremos lo siguiente: Daré quince segundos, para que el rebelde pase al frente y exprese sus diferencias con nuestros métodos.
Todo permaneció inmutable, tan silente que solo la respiración coordinada de las filas se oía. La unanimidad fue rota entonces por el pequeño movimiento de cabeza de uno de los hombres, correspondido inmediatamente con la aparición de puntos rojos en la oscuridad del edificio, donde se hacían inciertas sus verdaderas dimensiones. Francotiradores amenazaban al transgresor de la totalidad.
Él desistió y no se movió ni un milímetro más.
Y así pasaron quince segundos, ningún rebelde, si existía, decidió darse a conocer.
- Bien pues, no quería llegar a esto, verdaderamente me apena, pero tendremos que obtener sus sugerencias por la fuerza. Adelante agentes.
Al término de la frase, se abrieron decenas de compuertas, justo debajo del cuarto de control. De ellas brotaba una intensa luz blanca, sobre la cual bailaban las ondas de densa niebla.
Inmediatamente, interminables figuras humanas cruzaron el umbral y se esparcieron por todos los rincones.
Portaban chalecos antibalas negros y enormes rifles. Se colaron entre las filas, inquiriendo indiscrimidamente todo a su paso.
A veces se detenían frente a alguien, vociferaban e increpaban coronando con un culatazo del rifle.
Un agente de control se posó frente a aquel que había perturbado la calma con su cabeza. Lo taladró con el semblante unos segundos y dijo: – ¿Eres tú verdad? Maldita comadreja malagradecida, deberían quemarte vivo.
Furibundo le lanzó un puñetazo al estómago, pero el cadete detuvo su puño. Oprimió tan fuerte la mano del agente que los dedos de éste estaban a punto de escurrirse entre los nudillos como si se tratara de una barra de mantequilla.
- ¡Suéltame sucia rata disidente! - dijo casi implorando, con tono de amenaza vacía.
Un rápido movimiento torció la muñeca, crujió hasta que las astillas de hueso traspasaron el cuero de los guantes del soldado. Su garganta se contrajo para emitir un grito ensordecedor.
El rebelde entonces rompió filas. Caminó y con su moción las luces rojas lo pintaron con amenazas de muerte. Para cuando había traspasado una fila ya todos tenían la atención sobre él. Los agentes se apresuraban a alcanzarlo. Iba ya pisando casi fuera de la formación cuando se oyó:
- Déjenlo, queremos oír todo lo que tenga que decir, somos una sociedad muy inclusiva.
Siguió avanzando, ahora todo se había calmado un poco, más había una gran tensión en el aire. Seguía pintado de rojo. Abandonada la formación detuvo su marcha. Dio media vuelta quedando de frente a todos.
Un reflector se encendió y de alguna manera le concedio la palabra. De nuevo la voz brotó.
- Ahora si cadete, permítase expresar sus críticas.
Examinó rápidamente su entorno. A los flancos estaban ya formados los soldados, a penas se distinguían, los delataba el reflejo de las luces en los visores de los cascos. Al frente, sus compañeros, varios ya postrados en el suelo, quejándose de algún golpe, otros inamovidos y serios, como siempre. Detrás, la omnipotente ventana del cuarto de control.
- Tengo que admitir que si, estoy en desacuerdo con sus métodos. Estoy harto de que nos impongan dogmas caprichosos, estoy cansado de no poder hablar sin ser espiado, no soporto más. Afuera me encantaba la buena comida, la música, hablar de temas polémicos. En cambio adentro solo nos permiten ver los noticiarios de la comunidad, leer sus periódicos parcializados, practicar sus deportes, me volveré loco...exijo un cambio...
- ¿¡Cambio!? - interrumpió violentamente la voz – El cambio es rotundamente inadmisible en estos confines. Nuestra reputación y éxito se basan en el establecimiento de férreos códigos de disciplina, y estos no son maleables a voluntad del disciplinado. ¡Es ilógico! Jaja, no puedo evitar reírme con la idea de cambiar regímenes por los sometidos a sus códigos. Si quiere también podríamos permitir que elijan el color de sus uniformes o la fragancia de las almohadas.
- Pues señor, difiero – y pronto se llevó las manos a la cabeza y empezó a hacer algo en su casco.
- ¿Qué hace cadete? - preguntó un soldado.
- Existir de nuevo...
- Pero, el casco, se lo está quitando.
- Si, soy alguien, demostraré lo que pienso, verán mi cara, sentirán lo que yo siento. Afuera siempre quise ser artista, pues supongo que al fin lo seré.
De pronto todos los soldados se irguieron y comenzaron a agruparse, y recitaron todos en coro:
- Artículo 57, Canon de comportamiento personal. Los internos en la Comunidad deberán portar siempre, sin excepción, el casco de reglamento. Expresiones corporales que puedan introducir ideas u opiniones subversivas y contrarias al bienestar general, serán reprimidas
- Mi obra maestra – y procedió a levantar la careta del casco, revelando una cara irrigada por abundante sudor y una espesa barba descuidada. Sus ojos mostraban un fuerte cansancio, hartazgo de todo, una intensa decisión de acabar con aquello que le molesta tanto.
-¡Reprimanlo! - ordenó lacónicamente la voz. In so facto a eso, una lluvia de proyectiles abatió al rebelde, cuyo cuerpo se tendió al suelo pintándolo de rojo. Pero su cara estaba expuesta, todos la vieron, ya el daño estaba hecho.
Cuando el eco de los disparos se disipó después de unos segundos, el silencio cubrió el recinto en un manto negro de incertidumbre. Las ideas en todos se acomodaban, nadie se movía a la expectancia de que alguien lo hiciera primero.
Un sonido metálico interrumpió la agitada calma: un casco estrepitándose contra el suelo. Un cadete nervioso veía a todos sin conocer la dimensión de su acto, pero todos podían verlo, sabían que sentía. Se sentía desnudo ante las miradas y las balas, sabía que ambos lo penetrarían juiciosamente sin piedad.
Los lásers se posaron en su cabeza, pero antes de ser asesinado, otro casco retumbó en el suelo, y otro, y otro. Los disparos respondían con rapidez a los rebeldes.
- ¡No toleraré una revuelta! - dijo la voz – Decretaré estado de emergencia.
En menos de un segundo, todas las compuertas por las que salieron los soldados se cerraron, las luces del cuarto de control se apagaron, y el sonido de un gas siendo liberado en el lugar empezó a inquietar a todos, agentes y cadetes.
Ahora contra el piso se estrellaban los cuerpos inconscientes de todo el que estuviera adentro. Pronto cada uno moriría, y nadie conocería nada sobre el episodio ese día. Después de todo nadie preguntaría por ellos, ni siquiera tenían nombre.
lunes 1 de diciembre de 2008
Les presento a mi pene: Leviathan
¿Han notado esa rara tendencia de la gente a ponerle nombre a cosas inanimadas? A mi se me hace un poco ridícula a veces.
Supongo que alguien que nombre a su Ferrari o sus nuevos implantes, intenta darle énfasis a esa posesión material. ¿Será orgullo, alarde, materialismo?. No sé, pero he decidido unirme a esta tendencia.
Les presento a mi pene: Leviathan.
Algunos dirán que suena muy jactancioso, otros que es complicado de pronunciar. En mi defensa, siempre digo que me encanta la mitología.
Pero más allá del nombre, creo que deberían notar lo extraño en elegir ese...órgano, específicamente. Hay manos, ojos, pies, engrapadoras, guitarras, computadoras, pero, elegí mi pene. ¡Pero lo único extraño es el nombre!
He ahí la razón por la cual le puse Leviathan. A nadie parece molestarle tal despliegue de pedantería...¿nombrar el pene? Dios, es algo que solo un verdadero patán haría, un acomplejado machista, que cree que haciendo demostraciones descaradas de virilidad le valdrá estatus social. Pero la única queja que recibo es la rareza del nombre.
Me siento como cuando era niño, jugaba con mis amigos “Guerra de países”. En resúmen, la dinámica consistía en elegir el nombre de un país y lanzar un balón al aire (interesante manera de amenizar los conflictos bélicos) mencionando el país de otro, y esa persona tendría que apechugar el perseguir a los demás. Yo siempre escogía Emiratos Árabes Unidos o Turkmenistán, algo complicado de pronunciar.
La diferencia de entonces, es que cuando tenía ocho años si quería aparentar tener conocimiento infinito y ganar posiciones en el escalafón del barrio (y tal vez atraer la atención de alguna niña, pero posteriormente me tope con la verdad: El conocimiento no atrae mujeres bonitas, a menos que conlleve títulos y dinero). Era tan fácil como abrir el atlas y aprenderme nombres raros de países raros.
Hoy mis actos son en forma de denuncia, mi granito de arena para cambiar a la sociedad. Algunos se apegan al comunismo, otros se convierten en bomberos voluntarios o limpian las playas siniestradas por derrames de petróleo. Pero yo elegí magnificar la imagen de mi pene, y mi porte de macho en sí, a modo de mini experimento social.
Como todo experimento decidí aplicar un poco el método científico. Algo me acordaba de lo que aprendí en el colegio.
Empecé por plantear una pregunta: ¿Qué tanto la magnificación y ostentación pública son caminos válidos para obtener beneficios en la sociedad?
Procedí a la investigación de fondo, que en realidad fue hablar del tema en bares con amigos, y preguntarle al psicólogo de mi mamá que pensaba al respecto. Y llegué a la conclusión de que la manifestación más obvia de este fenómeno se da en el campo sexual, el cual termina siendo la culminación de casi todo acto social.
Formulé la hipótesis: El concepto del bigger better es tan campante en los componentes de la sociedad, inclusive en aquellas élites “intelectualmente superadas”, como cuando éramos niños de ocho años. En nuestra infancia claro, era más obvia, no teníamos ni tacto ni sutileza, pero cumplía la misma función que en todas las etapas de nuestra vida: Impresionar, batallar por esa hembra en celo, por ese puesto de trabajo, por ser el macho alfa del grupo de matones, o en su defecto, escalar más alto en la sociedad.
Pensé en muchas cosas para poner a prueba la hipótesis: Comprar ropa nueva y fingir ser un joven empresario; decir que soy asesor legislativo y cautivar con una verborrea poseedora de total irracionalidad, más la cual sería imperceptible para la rubia despampanante que estaría a la par mía. Al final como ustedes ya saben, decidí hacer algo más sencillo y opté por hacer de mi pene una prosopopeya machista.
Leviathan y yo fuimos entonces de gira, con una misión importante bajo el brazo.
Siempre que se presentaba la posibilidad, hacía mención del bautizo de aquel miembro masculino, ya fuera en clases de historia, en la carne asada familiar, frente a mis amigas, hasta con la cajera del banco.
He recibido muchos comentarios. Un amigo, tipo promedio de la sociedad me dijo “Mae, le hubieras puesto 'Cuello de jirafa' o 'Perling'”. Un snob compañero de la universidad más bien opinó “Ciertamente suena jocoso, más la referencia a un monstruo bíblico tan conocido solo me hace pensar en su falta de creatividad y soez, reduciendo el erotismo a una vulgaridad carente de mística. Personalmente le llamaría tras algún titán griego” (de nuevo, ¡desplegando su sabiduría para que me rinda a sus pies!, ya me acordé porqué no le hablaba. Su pene tal vez sea una gigantesca biblioteca llena de libros que nunca ha leído, de la cual se ufana cada vez que lleva a una pseudo bohemia a sus sábanas.).
Al final, las pruebas lanzaron resultados un tanto extraños. No era exáctamente lo que esperaba. Pero bueno, después de todo simplemente hablar de mi pene no me brindaría un harén de féminas per se, pero como todo, con la interpretación adecuada pude leer lo que andaba buscando.
El sentido de normalidad en darle cara al pene era lo mismo, a su debida dimensión, que considerar normal a un viejo de sesenta años en un descapotable rojo con una esbelta mujer de unos veinte. El hecho de que se llamara Leviathan es como que el viejo tratara de conquistar a la mujer comprando una excavadora, es raro, pero al final ella sabrá que esa excavadora es síntoma de dinero, ergo, sex appeal.
Entonces obtuve mi resultado. Nadie puede escaparse de la dinámica social que pretende subir y subir, figurar. Algunos tratarán de exprimirle un jalón más al puro que el resto, otros de tener la decoración hogareña más exótica (pero inútil).
Podremos tener ingeniería genética e internet, pero seguimos comportándonos como cavernícolas, es más, a veces veo algún documental de chimpancés en National Geographic cuando me aburro de los tontos realities. Los monos son más simples, es como “psicología para tontos”.
En fin; nombrar mi pene va más allá de poder sustituir la frase “Voy a mojar la sardina” por “Voy a mojar al Leviathan”. Es una manera de burlarse de todos, desnudando su superficialidad (a pesar de que muchos creen haber vencido esa etapa).
El problema es que únicamente yo entiendo el chiste, y no tiene sentido reirse solo. Es como ver una comedia un jueves en la noche sin nadie cerca, no tiene la misma gracia. Es más divertido estar rodeado de gente en un cine con la que se pueda lanzar carcajadas, y mirar al otro con cara de “Ves, entendí el chiste”.
Ni yo me escapo de estas conductas. Pero para terminar déjenme reformar una frase popular que reza Tanto tienes, tanto vales. Tengo que admitir que el materialismo no es la única forma de figurar en la sociedad. Recordemos que hay hippies que rechazan a priori cualquier manera de consumismo, o gente que con costos puede costearse comida y un par de láminas de zinc para vivir, pero al fin y al cabo, todo mundo se circunscribe a círculos sociales, los cuales tienen jerarquías y conductas que las llevan a encabezarlas. Reformo la frase a: Tanto ostentas, tanto vales.
sábado 29 de noviembre de 2008
A penas era septiembre
Hace tres semanas estaba de camino a la parada de bus, atravesando una avenida peatonal adoquinada, y como siempre, observaba el patrón del piso, y sus rupturas, como las costras de quien sabe qué cerca de los basureros, o los espacios vacíos, donde alguien por alguna razón removió un adoquín.
Había una bandera de Costa Rica hecha de papel, mojada y destruida en el suelo, y como no. hacía cuatro días se celebró la independencia, y todos fingieron tener fervor por el país y pegaron banderitas en la ventana, hasta el 16 de septiembre, cuando ya había pasado de moda eso de amar a su patria.
Subí la vista; alguien me ofrecía un volante, y por cortesía siempre los acepto. Aunque gracias al hecho de pasar de lunes a viernes a las 7 a.m y a las 5 p.m por ese mismo trayecto, ya casi podía predecir el encabezado del volante. Lo tomé y dije “gracias”.
Lo observé rápidamente y tuve que contener las ganas de decir en mi mente “¿Qué cabrones cursos baratos prostituyen ahora?”...estupefacto leí: “Cursos de personificación de Santa Claus, tan solo 25.000 el mes. Aprenda a sacarle sonrisas a los niños en sus regazos en un curso corto que le abrirá oportunidades laborales”.
Normalmente me hubiera sacado una pequeña risilla interpretar el mensaje pedofílico de doble sentido, o la demagogia en prometer oportunidades laborales para imitadores de Santa Claus. Pero lo que más me impresionó, es que, ¡a penas es septiembre!.
Supuse que simplemente era una premura poco común, pero...analicé un poco más el paisaje, y de las decenas de ventanales habían ya un par con parafernalias verdes, rojas y blancas...muñecos de nieve y gordos arios en traje de esquimal rojo (en medio trópico) saludaban desde el segundo piso a los transeuntes, que a penas y salieron con vida y sin hipoteca del día de la madre.
Pero bueno, en fin, desde septiembre tendrían muy en cuenta las promociones de esa ventana, para cuando su billetera volviera a tener algo para arrebatarle, además de los bauchers de la tarjeta de crédito.
Un par de días después, visité el supermercado, necesitaba unas cuantas cosas para sobrevivir...paté, queso maduro, salchichas importadas, etc etc.
El guarda de seguridad me miró extraño, como todo mundo lo hace supongo. Yo me limité a tomar impulso con el carrito y subirme en el, cada cinco o seis metros volvía a impulsarme, y así me hice a través de la puerta automática (no me gusta envejecer).
El aire acondicionado me tornó la pie de gallina, pero, de mi vista no se pudo escapar, un colosal gordo ario en traje esquimal rojo, bueno, un Santa Claus. Era ridículo, si el en vida hubiera sido luchador de sumo podría haber sido una réplica a escala. Era muy rojo, muy campante, llamativo, navideño, y siempre acompañado de un snowman. Al menos ahora había aire acondicionado.
Captaba muchas miradas ese estante navideño...pero, era septiembre ¿cómo diablos van a mercadear el nacimiento de Cristo a estas alturas? Es más: ¿qué tienen que ver el polo norte, los renos voladores, fábricas de juguetes, duendes y trineos con el nacimiento de Jesús?.
Más bien suena como el cuento que más de un fanático religioso tacharía de satánico, puesto que presenta influencias de “mitologías paganas” y “manifestaciones de magia y oscurantismo”. La verdadera navidad es instalar un portal, llenarlo de musgo, ponerle muchos santos italianizados, ovejas, su respectivo pastor, el ángel y la estrella de Belén, tal vez un río y montañitas...ah y la vaca (las señoras tampoco quieren envejecer y se divierten haciendo maquetas, no solo yo.)
Posteriormente, justo cuando arribe la navidad, se pone al niño Dios en su cuna (bueno yo lo ponía en una caja de fósforos), con la tez blanca como leche, las mejillas ruborizadas, sus rizos pelirrojos y ojos azules.
Servida la cena, se abren los regalos que hicieron fluir el aguinaldo hacia el olvido, se bebe el rompope (más ron que pope) y se hace un rezo. Bueno en mi casa es más como un poco de merengue y Joan Manuel Serrat, con vodka y pierna de cerdo, pero mis padres son ateos y son sinceros: usan las festividades navideñas para hacer fiestas, no para engañarse a sí mismos y mal dar culto a su mesías.
¿Ya ven? No puedo evitar repugnar la significancia de ese maldito aire navideño en pleno septiembre. Es casi como estar en una sala de lobotomía, donde a todos les ponen un casco con un montón de cables y luces, y les empiezan a lavar el cerebro con catálogos de perfumes y tiendas de juguetes.
Pero igualmente, conseguí mis víveres y no me dejé indignar más por la presencia macabra.
Un par de semanas después, ya en octubre, la perdición había comenzado. Y no había mejor forma de darse cuenta que, abriendo el refrigerador y viendo la caja de leche con motivos navideños.
Ya en la calle uno veía un par de autos con un ciprés amarrado en el techo. Las palabras aguinaldo, fin de año, regalos, vacaciones, playa, se oían frecuentemente, lo cual me causaba una nostalgia innecesaria.
La indignación ahora si no la pude ocultar. Los programas matutinos y sus efímeros reportajes sobre donde conseguir las mejores gangas y que tipo de muérdago obtener. Los guardas de seguridad me veían aún con más sospecha, tal vez creían que les iba a robar el aguinaldo, que de todas formas faltan dos meses para que les entreguen.
Parece que todo mundo se abstrae de la realidad poniendo cintas de colores y nieve falsa por toda la casa, pero me sigue pareciendo un acto inverosímil, irónico, hasta sarcástico casi.
Supongo que me dedicaré a seguir mi vida, esperando que el próximo año la gente tenga menos dinero y más hambre como para pensar en esas cosas, y se les caiga el negocio a estos ventanales pomposos.
miércoles 5 de noviembre de 2008
Laberinto Onírico
Que molesto que es todo...ya no puedo sobrellevar mi rutina diaria, he venido en una espiral descendente, no me permite ni siquiera sentarme en mi oficina sin cabecear. Ya no puedo sostener el pulso firme en los dedos, y mucho menos aportar como antes en las juntas de la directiva. Ahora parezco un simple secretario tomando actas, a veces hasta confundo el año en que estamos cuando escribo las minutas.
La fatiga me tiene harto. Cuando a penas son las ocho de la mañana me siento como si la luna estuviera asomándose por la ventana.
Antes no tomaba café, ahora me siento indefenso sin una taza humeante en el escritorio, a las que usualmente les disuelvo una o dos tiaminas, a veces la receta ha comprendido anfetaminas, pero la verdad solo agravan el problema del sueño...todo por no querer dormir.
Anoche por ejemplo, decidí que iba a afrontarlo, trataría de dormir. El cansancio extremo me ingresó al sueño profundo en pocos minutos, a pesar de las dudas que tenía sobre querer soñar.
Y ahí empezó...mi sueño: De pronto, levanto la cabeza, estaba sobre mi escritorio, en mi oficina, pero todo estaba apagado. Al parecer me había tomado una siesta que se prolongó hasta la marca de salida. Supongo que mis compañeros no me despertaron por lástima, ya tenía muchas ojeras y se tornaban antiestéticas.
El reloj marcaba la media noche, y la penumbra completa cubría la planta. Todos se habían ido menos yo, que estaba solo en ese gigantesco espacio, lleno de cubículos, que a excepción de las fotos de uno que otro familiar, eran todos igualmente grises.
Por la ventana solo se veían nubes rojas, diría que eclipsaron al sol del ocaso, pero su color era tan intenso, que no podía ser jamás el sol, es como si las nubes se hubiera cubierto de sangro, que tal vez se evaporó a millones de litros por segundo del suelo empapado. Quien sabe que clase de tormenta podrían desatar.
El resto de la vista no era muy prometedora. Sesenta y siete pisos hacia abajo, en la acera, no se veía ni una sola persona transitando, de hecho, en las calles no habían autos, ni buses, ni nada... la ciudad se había enterrado en el silencio, sus sábanas eran rojas, y solo se oía la respiración del viento ferroso.
Las grúas, que usualmente adornaban el paisaje en constante construcción, estaban tan herrumbradas que un par no pudieron soportar más su brazo precipitándolo al piso. Muchos rascacielos tenían varias ventanas rotas y estaban en total abandono. Un tramo de la carretera elevada se había desplomado.
Todo estaba pintado con sombras, con un filtro rojo. Excepto la valla publicitaria que promocionaba una pasta de dientes, pero aún así, estaba totalmente empañada en suciedad.
No esperé a descubrir que más había, porque en realidad ya lo sabía...era esa pesadilla de nuevo.
Apliqué las técnicas de sueño lúcido que aprendí hace unos años en aquel curso de meditación...”Esto es un sueño, esto es un sueño...despertate!”
Inmediatamente abrí los ojos, empecé a gritar. Di un brinco fuera de la cama y caí de bruces en el piso...creo que me dio un ataque de nervios o algo así, porque de pronto empecé a arremeter contra mi cama, ese lecho que todas las noches me daba miedo. Primero volqué el colchón, removí una de las tablas que lo soportaba, y la empecé a estrellar contra la pared, hasta que se partió en dos
Por todo ese ruido mi perro llegó y comenzó a ladrar, lo que me hizo entrar un poco en razón, y pues ahí me encontré: Medio enrollado en la sábana, agitado, con los ojos casi desorbitados, y la tabla destruida de una cama en mi mano. Supongo que fue un reflejo...
Esa cama me aterrorizaba cada noche, era como un foso que se escondía bajo el cubrecamas, siendo el sueño la carnada perfecta. Su fondo era un pantano, las paredes llenas de musgo hacían resbalar a cualquier que tratase de escalar. Y si, la traté de destruir para no afrontar más mis miedos, pero evidentemente fue inútil.
Toda la vida tuve mal dormir. Desde pequeño me desvelaba leyendo novelas de ciencia ficción, que provocaban que terminara viendo marcianos con pistolas de desintegración térmica, hombres lobo tratando de saciar su sed de carne conmigo o un cuarto de tortura de la mafia neptuniana, donde las más extrañas bestias del sistema solar me atormentaban por información que yo no tenía.
Tuve que aprender a convivir con ello. Hasta que finalmente, cuando las pesadillas se tornaron incesantes, decidí por...no dormir, o al menos no entrar a la etapa de sueño profundo, lo que implicaría estrés y fatiga constantes.
Los recuerdos sobre la pesadilla de la noche anterior estaban tan frescos que no podía evitar ver constantemente por la ventana para confirmar que las nubes eran blancas y el anuncio de pasta de dientes estaba en buen estado.
A veces cuando alguien entraba a mi cubículo con una de esas típicas torres de carpetas, me lo imaginaba muerto.
Pero no pude evitarlo, caí dormido sobre el teclado...
Tan fresco estaba la pesadilla, que parecí haber ingresado en su continuación, como que si mi fatiga fuera tan grande, que realmente nunca me desperté por completo y el sueño quedó ahí en mi memoria a corto plazo, esperando a ser finalizado.
Levanté la cabeza del teclado, y ahí estaba ese resplandor rojo desangrando el memo que la tachuela fijó en la pared prefabricada.
Por alguna razón sentí que tenía que llegar a algún lugar, y sabía exactamente a donde era: Al otro lado del largo edificio (malditos ingenieros), donde era la sala de reuniones, era.
El terror subió y subió por mi cuerpo, cuando colmó mi pecho llegó a mi cabeza, y la perdí, caí en estado de pánico y acaté a correr como desgraciado a través de ese laberinto prefabricado de murallas incoloras, solo bañados por unos cuantos rayos de intenso rojo.
Cuando aún mi silla daba vueltas, escuché un golpe a unos cubículos a mi izquierda, y mi corazón se aceleró, ya sabía que era.
Seguí corriendo, y a los pocos metros, sentí alguien se abalanzaba a mi espalda. Era uno de ellos...
Nos batimos en el suelo unos segundos, no tuve piedad, lo mordí, lo pateé, y finalmente logré escaparme, no sin antes propinarle una patada en la cabeza.
Esas criaturas eran hombres, o algo así. Tenían todos camisa blanca y corbata negra, el mismo estilo de zapatos y eran calvos. No tenían muchos rasgos faciales, solo pliegues en la piel donde asomaban intentos de labios y nariz, y se hundían unas depresiones donde debían ir las cuencas. La piel que los cubría asemejaban tejido de cicatriz. No tenían boca, eran mudos, pero un murmullo fantasmal brotaba como de la nada cuando estaban cerca, indistinguible, sabía que eran palabras solo por el fuerte siseo.
Cuando retomé mi curso vi que dos de ellos me seguían por el pasillo, no eran muy rápidos, pero eran muchos, y creo que podían teletransportarse a voluntad.
Traté de sortear mejor el laberinto, ya lo había hecho varias veces, y pues entonces medité un momento mi ruta, lo que me hizo ir más directo hacia mi objetivo y no golpear contra todas las paredes a mi paso.
Por fin logré llegar a la entrada del cuarto, resguardada por una puerta doble de madera gruesa...y la abrí.
Adentro, el cuarto parecía como el cuarto de control del laboratorio de un científico loco (o proyecto ultra secreto del gobierno), lleno de consolas, paredes llenas de cables y luces, y no había piso ni paredes, solo una malla metálica que permitía ver todo eso. En la pared opuesta a mi, había una mesa ovalada, con una mujer bellísima sentada con las piernas cruzadas en ella, tapándose los senos con el brazo derecho, mientras con el izquierdo me hacía señas para que me acercara.
Yo sabía que si lograba alcanzar a esa mujer, lograría acabar con las pesadillas, al igual que sabía donde quedaba ese cuarto, y como eran los hombres sin cara...ya había vivido eso, era instintivo. Pero, en ningún sueño, logré alcanzar a la mujer, no logré descruzar sus piernas ni quitar su brazo, mucho menos darle un beso, ella era mi salida, pero...siempre me cortaba la garganta uno de esos sin-rostro, siempre...y nunca podía alcanzarla...ese era mi mayor miedo: afrontar la frustración de nuevo, y no tanto el dolor “físico” que me causaba y el terror que me invadía...sino nunca advertir a ese maldito que siempre me degollaba. Era lo que quería evitar cuando dormía, la verdad.
